Venus suele describirse como un planeta infernal. Su superficie alcanza temperaturas capaces de fundir plomo, su atmósfera ejerce una presión enorme y sus nubes contienen ácido sulfúrico. Durante mucho tiempo, además, se pensó que bajo esas condiciones extremas se escondía un mundo geológicamente inactivo.
Esa imagen ha empezado a cambiar. En los últimos años han aparecido indicios de actividad volcánica y movimientos recientes en la superficie. Ahora, un estudio de ETH Zurich plantea que algunos de los grandes valles de fractura de Venus podrían seguir extendiéndose o haberse formado mucho más recientemente de lo que se creía.
La investigación no demuestra que el planeta se esté partiendo en dos. Lo que sugiere es que su corteza continúa deformándose por fuerzas procedentes del interior, una señal de que Venus podría conservar una actividad geológica considerable.
Venus está cubierto por fracturas de miles de kilómetros
Entre las estructuras más llamativas del planeta se encuentran sus enormes sistemas de rift, regiones donde la corteza se estira, se agrieta y comienza a separarse. Existen formaciones parecidas en la Tierra, como el sistema de rift de África Oriental, aunque las venusianas pueden extenderse durante miles de kilómetros.
Algunos de estos valles alcanzan cerca de 10.000 kilómetros de longitud. A sus lados aparecen amplias zonas elevadas conocidas como flancos de rift, formadas cuando la corteza se arquea durante el proceso de extensión.
El problema era determinar cuándo se produjeron esos movimientos. Como Venus no tiene océanos, ríos ni lluvias capaces de erosionar intensamente el terreno, sus estructuras geológicas pueden conservarse durante mucho tiempo. Una fractura bien definida no tiene por qué ser reciente.
Muchos investigadores consideraban que estos sistemas podían ser restos de episodios ocurridos hace más de 100 millones de años. Sin mediciones continuas de la superficie, resultaba difícil distinguir una formación todavía activa de otra que simplemente se hubiera preservado bien.
Para intentar resolverlo, el equipo dirigido por Taras Gerya, profesor de Geodinámica de ETH Zurich, estudió cómo deberían cambiar estos valles después de que la corteza dejara de separarse.
Las simulaciones muestran cómo envejece una gran fractura
Los investigadores desarrollaron modelos tridimensionales de alta resolución capaces de reproducir cómo se estira y se deforma la corteza de Venus. Frente a simulaciones anteriores, el nuevo sistema permitió representar de forma más detallada el comportamiento de las rocas y la relajación del terreno una vez terminada la extensión.
Los resultados mostraron que los flancos de los rifts son altos, anchos y bien definidos mientras la fractura sigue creciendo o poco después de que el movimiento se detiene. Con el tiempo, la corteza estirada comienza a ceder bajo su propio peso y esas elevaciones pierden altura.
En la Tierra, buena parte del relieve desaparece por la acción del agua, el viento y el hielo. En Venus, ese aplanamiento se produciría principalmente por la lenta relajación de la propia corteza.
Las formas generadas por el modelo se parecen a las observadas en las imágenes de radar de la misión Magellan, tomadas durante la década de 1990. Esa coincidencia llevó al equipo a plantear que partes de Ganis, Dali y Devana Chasmata podrían estar activas actualmente o haberlo estado hasta hace relativamente poco.
Las simulaciones también indican que estos rifts pudieron abrirse más rápido de lo que se suponía. Los modelos que mejor reproducen el relieve observado utilizan velocidades de extensión de entre 3 y 10 centímetros al año, comparables a algunos movimientos tectónicos terrestres.
Esa separación podría estar relacionada con columnas de material caliente que ascienden desde el manto. Al acercarse a la superficie, estas plumas empujarían el terreno, debilitarían la corteza y favorecerían la formación de grandes fracturas.
Las próximas misiones buscarán señales de actividad actual
El estudio no permite saber si alguno de estos rifts se está ensanchando hoy. Las imágenes de Magellan ofrecen una vista detallada de Venus, pero fueron tomadas hace más de tres décadas y no permiten medir de forma directa desplazamientos de pocos centímetros al año.
El modelo sí puede ayudar a identificar las regiones más interesantes. Los sistemas con flancos altos y bien conservados podrían convertirse en objetivos prioritarios para buscar deformaciones recientes, actividad volcánica o cambios entre observaciones sucesivas.
Los resultados también refuerzan la idea de que Venus libera el calor interno de una forma distinta a la Tierra. Nuestro planeta lo hace en gran medida mediante placas tectónicas que se desplazan y se hunden unas bajo otras. Venus no parece contar con un sistema global equivalente, pero podría evacuar energía mediante volcanes, fracturas y episodios localizados de extensión.
Las próximas misiones serán esenciales para comprobarlo. La misión europea EnVision, prevista para comienzos de la década de 2030, estudiará el planeta desde su interior hasta la atmósfera y utilizará radar para observar la superficie con mayor precisión.
Las nuevas mediciones permitirán comparar regiones concretas a lo largo del tiempo y buscar modificaciones que Magellan no pudo detectar. También podrían revelar si las fracturas están relacionadas con volcanes activos o con material caliente que asciende desde las profundidades.
