Los amigos de lo ajeno, y lo vimos hace poco en Catalunya, le han cogido afición a lo de robar cableado ferroviario y componentes diversos de la red nacional de caminos de hierro, pero Renfe tiene una solución que, además, es tecnológica y moderna: acaba de sacar a licitación un contrato presupuestado en 3,5 millones de euros para adquirir una escuadrilla de drones equipados con equipos de cámaras último modelo.

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Seguridad del tráfico

El objetivo va más allá de evitar las pérdidas, porque los robos de cableado y material diverso ponen en peligro la seguridad del tráfico ferroviario y, por supuesto, la de las personas. Con los nuevos equipos, Renfe protegerá sus infraestructuras día y noche y, tal y como explica en las bases del contrato la propia compañía,  "ejercer un carácter disuasorio sobre todas aquellas actividades que puedan generar un riesgo para los activos, usuarios o personal del grupo Renfe" y articular un "servicio de detección precoz y captación de imágenes que permitan identificar a los autores de dichas actuaciones". En total, la escuadrilla estará formada por un mínimo de siete drones que se moverán por todo el país según las necesidades que se detecten. 

Vigilancia intensiva

Los drones, que permiten controlar enormes extensiones de terreno, deberán estar dotados de cámaras térmicas de alta precisión capaces de vigilar en las condiciones más adversas e identificar las caras de los delincuentes y las matrículas de los vehículos que emplean. Los nuevos dispositivos no comportarán menguas en el volumen de personas equipadas en labores de vigilancia, pero sí cambios en los perfiles: hará falta personal con licencias, conocimientos y habilidades suficientes para controlar estos nuevos dispositivos. La idea es que la escuadrilla empieza a operar, como muy tarde, durante el segundo trimestre de 2023. El contrato, que tendrá una vigencia de tres años, contempla que la empresa adjudicataria se encargue de la gestión del sistema, la formación y contratación del personal, el mantenimiento de los equipos y, por supuesto, de hacerlos volar durante un mínimo de 76.000 horas.