El espacio es peligroso. Un vacío frío e inhóspito alejado del oxígeno. Un precipicio abismal que ensalza la incapacidad humana ante las leyes de la gravedad. Un desierto infinito plagado de amenazas como asteroides que viajan a velocidades supersónicas, agujeros negros que lo engullen todo y estrellas masivas devoradoras de planetas. Es por ello que los astronautas que viajan al espacio necesitan un plan B. Y la NASA lo tenía cuando envió a sus astronautas a la Luna.
El plan de rescate de la misión Apolo
La compañía encargada de diseñar las misiones Apolo, la Aviación de Norteamérica, planeó un programa de un astronauta que debería rescatar a los viajeros espaciales que quedasen abandonados en la Luna. Un evento de emergencia con configuraciones "modificadas" que permitirían a un astronauta acoplarse al módulo lunar de la misión Apolo.
Esta propuesta también incluía un espacio adicional para los astronautas rescatados y algunas conexiones que facilitarían el suministro de oxígeno, dado que no tendría ningún sentido rescatar a los astronautas si luego no podían respirar en el viaje de vuelta hacia nuestra perlada esfera azul.
La idea era la de mantener un módulo de rescate en espera durante cada misión, colocado sobre un cohete Saturn V, y que estuviera listo para ser lanzado hacia el espacio en cualquier momento.
Había dos programas dispuestos para construir los módulos de rescate necesarios. Uno de ellos consistía en convertir dos módulos y tenerlos listos para el año 1969. El otro programa implicaba la construcción de nueve módulos cada año.
Aunque las descripciones de las naves de rescate son un tanto vagas, la organización tenía una idea muy clara sobre cuánto costaría producir estos módulos. El presupuesto oscilaba en torno a 86 millones de dólares, en adición a los 20.600 millones de dólares empleados en la misión Apolo. Justo la misma cantidad de dinero que se empleará en la construcción de una base lunar durante los próximos años.