En teoría, de aquí a 2050 se triplicará el número de enfermos de Alzheimer y eso, sin duda, es un desastre, porque no hay nada peor que experimentar en primera persona un deterioro que te lleva a no reconocerte ni en el espejo o, si eres familiar de un enfermo, experimentar como la persona que conociste y amaste se va y su cuerpo se queda. Es, sin duda, una de las grandes epidemias actuales pero, de un tiempo a esta parte, parece que da tregua: la incidencia se ha reducido un 30% en Europa y estados Unidos durante los tres últimos lustros.

Escáner de cerebro, Alzheimer   Imperial College London
 

¿Cómo puede ser?

Los especialistas vinculan la cifra al efecto de los medicamentos contra el colesterol y los trombos que consumen prácticamente todos los que pasan de 50 años: eliminan problemas vasculares relacionados con el cerebro y, al tiempo, parece ser que reducen también el número de demencias diagnosticadas. Si a eso le combinamos que la cantidad de hipertensos se ha reducido, que el tabaquismo mengua entre los mayores de 40 y que la obesidad, la depresión y la inactividad física se están combatiendo con un poco más de éxito, disponemos de una coyuntura algo más favorable que hace unos años. Todo esto funciona, eso sí, en el primer mundo

Sólo ganamos tiempo

En sí, si algo se ha hecho es ganar tiempo o, si se prefiere, retrasar la aparición de las demencias en los países más desarrollados. Al iniciarse más tarde, quienes la padecen fallecen antes de alcanzar grados elevados de deterioro cognitivo y, por eso, los diagnósticos son menos, pero el enemigo sigue ahí: ahora, se centrará en los países más probres y, si seguimos aumentando nuestra esperanza de vida, volverá a atacar al Occidente más desarrollado. ¿Qué podemos hacer? Pues muy simple, asumir que sólo hemos ganado tiempo y que ese señor alemán que, más pronto o más tarde, empezará a esconderte las cosas, es todavía un enemigo formidable.