Cuando llegas a La Rambla lo primero que ves es una multitud de cabezas y caras que se va fundiendo en una masa pixelada de colores borrosos. Las copas de los árboles refrescan el camino, que tiene una pendiente de torrente, panzuda y torcida. Hay turistas que van medio desnudas y las hay que llevan bolsas de comida de Burger King. En las sillas un hombre duerme abrazado a la mochila. Cuatro jubilados contemplan el paisaje mientras miran la hora como si esperaran que llegara alguien.

La Rambla tiene historia, está bien comunicada y es un sitio ideal para pasear, para sentarse y para disfrutar del espectáculo. La Rambla lo tiene todo para gustar. Lo pienso mientras constato que los quioscos ya tienen el aire sudamericano que se temía Josep Maria de Sagarra. Lo pienso mientras observo el pavimento y veo pasar, bajo la roña acumulada, las olas que algún noble alcalde del franquismo ordenó estampar para recordarnos que somos una ciudad mediterránea.

Desde Canaletes busco el edificio de las Artes y de las Ciencias donde mi abuelo ponía el reloj a la hora con Suiza, cada mañana antes de entrar en su despacho, y recuerdo que me lo tapa un hotel que se llama Royal. En los años 20, justo al otro lado del paseo, había un café alegre y refinado, lleno de señores inteligentes y bien vestidos, que tenía exactamente el mismo nombre. Este Royal es hijo de otras ideas, no tan sofisticadas y optimistas -por decirlo suavemente.

No es casualidad que después de haber sufrido el franquismo, La Rambla haya sido durante tanto tiempo el símbolo de un turismo que hace pipí en la calle. Quizás la herencia era demasiado pesada y no se podía afrontar de golpe, como ocurre con estas casas ruinosas que, después de años de okupaciones o de un abandono muy largo, son heredadas por un familiar que no sabe si vender el edificio o tratar de arreglarlo a costa de los ahorros, con la mirada puesta en los hijos.

Hasta ahora los intentos para volver a hacer de La Rambla una calle cosmopolita han dado unos resultados ficticios. Es verdad que el paseo hace tiempo que ya no produce aquella angustia de calle prostituida, que daba cuando la dictadura lo convirtió en la manifestación turística perfecta de aquel dicho europeo que reza que África empieza en los Pirineos. Es verdad que el Ateneu tiene mucha vida y que las universidades y los museos que se han instalado a su alrededor le han lavado la cara.

Aun así, hasta el atentado del 17 de agosto, cuando un barcelonés oía un elogio del paseo no podía evitar fruncir el ceño. La Rambla nos seguía recordando que somos un país que no defiende lo que es suyo. Hacía más patente que ninguna otra calle que Barcelona prefiere explotar recursos fáciles, como la bondad del clima y los negocios chabacanos, que jugar en la liga de las grandes ciudades, tratando de elaborar una idea de sofisticación que ligue con su historia y cultura.

Hasta 1714, La Rambla no pasó de ser un patio trasero en el que Barcelona metía todo lo que no sabía dónde colocar. Entonces llegaron los Borbones y, con su fanatismo vengativo, destruyeron el barrio de La Ribera, que era el corazón de la ciudad. La nueva dinastía quiso convertir La Rambla en una calle propagandística de estilo parisino, que exaltara la nueva España militar y absolutista, y diera a la aristocracia colaboracionista un espacio para pasear.

El invento no funcionó. Los cuatro palacios que se construyeron y los cuarteles militares que se plantaron en Canaletes y Drassanes pronto quedaron sobrepasados por la actividad de la ciudad. Recluida dentro de sus propias murallas y vigilada por la Ciutadella, Barcelona impulsó la revolución industrial. El crecimiento de la ciudad, que llegó a tener la densidad de Calcuta, hizo que La Rambla se convirtiera en el único espacio donde se podía respirar y disfrutar de la vida.

Poco a poco, la calle que tenía que glorificar a los Borbones se convirtió en un espacio interclasista que recordaba la historia de la ciudad. A medida que nos adentramos en el siglo XIX, La Rambla pasa de ser un paseo que destaca en el conjunto de Barcelona, a ser la calle Mayor de Catalunya. Como todas las calles capaces de poner a un país en el mapa, se convirtió en uno de aquellos espacios que despiertan el orgullo de una nación y las ambiciones de los indígenas y los extranjeros que pasean por él.

Lentamente, el paseo se irá convirtiendo en una calle civilizadora, capaz de transformar arquetipos y de adaptar la identidad catalana al mundo moderno contra la resistencia oscura del Estado. En un país desarmado, las floristas y los puestos de la Boqueria, así como el mercado de pájaros exóticos alimentado por el comercio marítimo, y los cafés o los diarios que empiezan a proliferar en el último tercio del XIX, convirtieron a La Rambla en la expresión de un pueblo renaciente que buscaba una voz propia.

La expansión de la ciudad más allá de las murallas no le quitó prestigio al paseo. Las contradicciones que se establecieron entre la ciudad vieja y el nuevo mundo del Eixample en las primeras décadas del siglo XX enriquecieron la vida de La Rambla todavía más. El paseo quedó en el ojo del huracán de todos los conflictos del país. Se convirtió en una mezcla delicada y genuina de modernidad y de tradición, de opulencia y de miseria, de grosería y de refinamiento.

Durante los años 20, La Rambla se convierte, junto con el Barça, en el principal símbolo de un país que sueña sin miedo, pero que no tiene suficiente fuerza para cohesionarse en torno a unos ideales comunes. A medida que nos acercamos a 1936, el mito de La Rambla se eleva hasta las nubes, a la vez que la calle pierde capacidad de civilización. Por una parte, el paseo da al país la experiencia de libertad más intensa desde 1714. Por la otra, la burguesía y la Iglesia se sienten en ella cada vez más fuera de lugar.

En una Europa en que todas las grandes calles se habían trazado con tiralíneas -igual que las fronteras políticas-, La Rambla -irregular y despeinada- era el fruto de un país forjado contra pronóstico a través de equilibrios precarios y combinaciones geniales. Aunque su encanto ya era reconocido en todo el mundo, el paseo no descansaba sobre un poso tranquilamente nacionalizado. La guerra civil devastó su magia y los sueños que hervían no volvieron nunca más.

A medida que la aviación de Hitler y Mussolini bombardea Barcelona, La Rambla gargantuesca y musical de los primeros días de la revolución se va apagando. En 1939 Catalunya queda a cero y el paseo, que había sido la punta de lanza del país, se convierte en un escaparate magnífico al servicio de la fachada pintoresca de la dictadura. A partir de 1939, si hay una calle que trabaja para alejar a Barcelona de su historia y dar una imagen amable del franquismo, esa es La Rambla.

A través del nuevo sistema de prestigios, la combinación de picaresca y servilismo típicamente española que el catalanismo y el anarquismo habían impedido que acabara de penetrar en el país se hace reina y señora del paseo. La nueva Rambla es fruto de una ciudad expresamente reinventada para que los españoles se sientan como en casa desde el primer día. La cuestión es enterrar el imaginario de la capital rebelde y plantar una memoria alternativa que la domestique y asegure su dominio.

En ningún sitio queda tan claro como en La Rambla que con Franco se puede vivir pasablemente con la condición de que no te metas en política y, sobre todo, de que no insistas en la cuestión de Catalunya. Con la llegada de la sexta flota americana, el paseo recupera una parte de la vida que había tenido, si bien despolitizada y descatalanizada. Entre 1950 y 1970 el área metropolitana crece un 265% y los suburbios contribuyen a dar a La Rambla un aire de chiringuito.

En una ciudad que se desdibuja, es lógico que la miseria se convierta en el último refugio de la personalidad. No es hasta después de los Juegos Olímpicos que La Rambla recupera la fama mundial. Aun así, lo hace como epicentro de un modelo turistico que profundiza en la misión franquista de borrar la historia, ahora con el intercambio de la violencia fascistoide por una mezcla de argumentos buenistas y hedonistas.

Hasta el día del atentado, el paseo seguía siendo la gran vagina que los turistas penetran cada día desde hace años para que Barcelona pueda mantener su status sin crear problemas políticos insalvables a la unidad de España. Hasta que se convirtió en un escenario trágico, La Rambla más bien nos entristecía porque nos parecía que no representaba los valores de la Catalunya que nos imaginamos cuando nos marchamos de viaje y añoramos a nuestra tierra.

Quizás es conveniente recordar que el mosaico de Joan Miró en el Pla del Os, ahora tapado por los recordatorios del atentado, está ubicado justo en el espacio que la Barcelona medieval reservaba al verdugo para celebrar las ejecuciones. Inaugurado en 1976, poco después de la muerte de Franco, no sé si la elección del lugar tenía un mensaje subliminal o metafórico. Pero La Rambla siempre ha vivido sus mejores momentos cuando Barcelona ha tenido fuerzas para defender una idea de la libertad optimista y ambiciosa.

Todas las grandes calles del mundo son el fruto de la tensión que se establece entre los intereses del poder y los intereses de la gente de a pie. Hasta la guerra civil, La Rambla fue el símbolo de un país que se resistía a dejarse arrastrar por las absurdidades africanistas del oscurantismo español; ahora quizás encontrará el sentido combatiendo al oscurantismo islamista y sus cómplices. Porque como nos explican el cine y las serías de televisión, el terrorismo no es la voz de los débiles y los desposeídos, sino más bien un instrumento de las elites al servicio de sus luchas por el poder.