Ser optimista no significa ignorar las dificultades de la vida, sino centrarse en el aspecto positivo de los acontecimientos, sean de la naturaleza que sean. Cuando ocurre un hecho negativo, una persona optimista tiende a buscar soluciones, a no intentar culparse a sí misma y a no enredarse con pensamientos circulares.
Incluso, con el paso del tiempo llega a pensar que los obstáculos pueden ayudarle a crecer como persona y a saber enfrentarse mejor a los contratiempos que se presentan en la vida de cualquiera.
Desde la psicología, se lleva tiempo analizando las características que definen a una persona optimista frente a una pesimista, y las consecuencias que este tipo de caracteres tienen en sus vidas. Ahora, desde otros ámbitos científicos, se analiza también cómo repercute en la salud y la esperanza de vida.

El estudio más reciente presentado hasta la fecha, llevado a cabo por expertos de la Universidad de Boston, ha concluido que los hombres y las mujeres con los niveles más altos de optimismo tienen un promedio de vida de entre el 11% y el 15% mayor que aquellos que practicaban poco el pensamiento positivo. De hecho, los optimistas con la puntuación más alta eran los que mayores probabilidades de vivir tenían hasta los 85 años y más. Un hecho que se ha reconocido independientemente de la circunstancia en la vida: social, económica, de salud…
La investigación ha sido publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y abre la puerta a que las personas puedan entrenarse para convertirse en optimistas y así mejorar su esperanza de vida.
Según los expertos que han participado en el estudio, las personas optimistas tienden a fijarse una serie de objetivos en la vida y sienten la confianza de que los pueden alcanzar. Y no solo eso. Existe una vinculación clara entre el optimismo y la adopción de hábitos saludables de vida: una dieta más equilibrada, la práctica de ejercicio, una mejor salud cardíaca, un sistema inmunológico más fuerte, una mejor función pulmonar… todos son comportamientos y signos de aquellos que ven la vida con más alegría.

La buena noticia es que el optimismo se puede entrenar. De hecho, los estudios llevados a cabo han demostrado que solo alrededor del 25% de nuestro optimismo está programado por nuestros genes; el resto depende de nosotros. Existen numerosas técnicas para desarrollarlo. Por ejemplo, la meditación. Las investigaciones realizadas en los cerebros de los monjes budistas tibetanos demostraron que las miles de horas que habían pasado meditando habían alterado permanentemente la estructura y la función de los cerebros de los monjes.
Otros métodos consisten en la visualización de situaciones que se nos van a presentar centradas en los aspectos positivos; escribir al final del día los aspectos más positivos de la jornada, centrándose en ellos especialmente. Otra clave importante es el agradecimiento: pensar en qué tipo de cosas deberíamos estar agradecidos porque nos hacen más felices es también un ejercicio muy saludable para el cerebro. De hecho mejora las habilidades de afrontamiento positivo al romper el típico estilo de pensamiento negativo y sustituirlo por el optimismo.
Y, por último, practicar la atención plena. Es decir, centrarse en disfrutar del aquí y ahora y valorar los aspectos positivos del presente en cada actividad que se realiza, sin pensar demasiado en el pasado y el futuro.