Además de las coaliciones de doble filo de Alemania, Grecia, Reino Unido y Bélgica, España también podría extraer aprendizajes de Holanda, Portugal, Italia o Dinamarca. Estos casos se caracterizan por llevar con normalidad la inestabilidad de sus alianzas, y porque el potencial enemigo del Ejecutivo no está dentro de él, sino fuera.

Holanda, el consenso antagónico

El sistema político holandés resalta por la convivencia de sus actores, a pesar de las diferencias. Precisamente, el año 2012 la coalición de gobierno fue bastante ecléctica. Estaba liderada por Mark Rutte, del Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD), que encabezaba un gobierno con los democristianos y el partido xenófobo- antimusulmán de Geert Wilders (PVV). Es decir, dos partidos de corte europeísta con uno totalmente contrario a la Unión Europea.

De hecho, tales diferencias generaron la caída del ejecutivo, cuando Rutte trató de aprobar unos ajustes presupuestarios dirigidos a garantizar el 3% de déficit público que dicta Bruselas.

Pero el líder del VVD también había superado otros obstáculos externos. El año anterior, estuvo cerca de una moción de censura, cuando la oposición lo embistió después de saber que el Estado había pasado el blanqueo de 2,5 millones de euros del narcotraficante Cees Helman. El primer ministro se mantuvo en el cargo, pero el ministro de Justicia, el secretario de estado de Justicia y Seguridad, la presidenta del Parlamento dimitieron.

La otra gran crisis vivida por Rutte tuvo relación con la recopilación de 1,8 millones de metadatos por el servicio secreto holandés, que los proporcionó a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos. Washington fue señalado como culpable, generando la indignación ciudadana al saber la verdad.

Es más, las críticas en el gobierno de los Países Bajos también han sido lo bastante elevadas recientemente, después de que diera su visto bueno al rescate de Grecia.

Incluso, por motivos externos, a Jan Peter Balkenende, predecesor de Rutte, le cayó la coalición de laboristas y democristianos. La polémica había versado sobre si había que retirar a las tropas nacionales de Afganistán.

Así, es en el caso holandés, un ejemplo en el que la oposición y los actores internacionales juegan el papel clave a la hora de embestir la –ya de por si– complicada coalición ganadora.

Portugal, minoría peligrosa

Que el partido comunista portugués decida dar su brazo a torcer para formar gobierno, sólo es posible cuando los socialistas se lo piden y evitan líneas rojas en la negociación de ambos programas. Es el caso de Portugal. El extrema izquierda tenía un récord histórico –más de 40 años– de no investir a los socialdemócratas portugueses.

Ahora bien, la idea de desbancar la lista más votada del conservador Pedro Passos Coelho parecía sugerente. Así, cuando Passos llevaba sólo 11 días en el cargo, el socialista António Costa, actual primer ministro del país, consiguió convencer al Bloque d'Esquerda y a los comunistas para hacer una moción de censura al ejecutivo. El gesto colocó a Costa en el poder.

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Italia, estabilidad ingobernable

En la República italiana las coaliciones son norma y no excepción. Sin embargo, su éxito no es demasiado elevado. Desde los años cuarenta, el país se caracteriza por la sucesión de gobiernos de duración de un año y medio de media, acumulando hasta día de hoy más de sesenta ejecutivos.

Esta ingobernabilidad se ha ido forjando durante años. Durante el periodo 1943-2001 solía ser la Democrazia Cristiana (DC), partido de cariz conservador, quien más gobiernos encabezaba. Al par, en la oposición estaba el Partido Comunista Italiano (PCI). Pero cuando ambos se disolvieron a partir de los noventa, se dio paso a una nueva etapa de la política italiana, acompañada de un cambio en el sistema electoral en 1993.

El objetivo era reducir el número de partidos y favorecer la gobernabilidad, pasando de un sistema proporcional a uno que contenía elementos mayoritarios. La estrategia, sin embargo, falló, y la reforma favoreció que se generaran, a partir de entonces, coaliciones de muchos partidos para ser más competitivas.

La Casa de las Libertades era una de estas coaliciones, y comprendía algunas formaciones conocidas como Forza Italia –partido de Silvio Berlusconi-, Alianza Nacional, la Liga Norte –de extrema derecha– y el Partido Republicano Italiano, entre otras. Más tarde fueron entrando y saliendo partidos, como los democristianos e incluso los socialdemócratas. A su vez, L'Olivo fue la otra coalición grande, pero de centroizquierda –verdes y socialistas–, que duró hasta 2005. Entonces fue ampliada, convirtiéndose en L'Unione, que contaría también con los comunistas.

Tal fragmentación y su consecuente ingobernabilidad llevó a investir al tecnócrata Mario Monti en 2011, para remontar el país. Hoy Matteo Renzi es el primer ministro, y entre sus objetivos se encuentra el de garantizar la estabilidad política. Ya ha reformado la ley electoral, para dar un plus de escaños a la lista más votada y asentar la mayoría de gobierno.

Dinamarca, optimismo ejemplificante

Cuando se trata de buscar ejemplos a seguir, el país de los daneses es el más habitual. No solamente están acostumbrados a las coaliciones, sino que las enfrentan con optimismo. Así lo puso de manifiesto su primera ministra, Helle Thorning-Schmidt, cuando afirmó "espero que este equipo de gobierno sea el definitivo". Era el sexto gobierno que Helle presidía en dos años y medio. La coalición de centroizquierda había sufrido varias dimisiones de ministros, que empujaban a reformular el equipo ejecutivo.

Pero desde junio del 2015 Thorning-Schmidt no está en el poder, sino que es la coalición conservadora formada por el Partido Liberal, quien encabeza un gobierno de cinco partidos en la península danesa.

 

En consecuencia, estos cuatro Estados muestran que la diversidad y los cambios de mayorías dentro de la coalición dirigente no son infrecuentes, y es cuestión de gestionarlo a partir de la idiosincrasia del país.

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