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Carles Puigdemont ya se atreve a imaginar el regreso. Todavía con prudencia, sin darlo por hecho y después de casi nueve años en los que ha aprendido a convivir con la posibilidad de que el exilio pudiera durar toda la vida. Pero ahora, cuando por primera vez la vuelta a Catalunya parece una posibilidad más tangible, el 130 president de la Generalitat sabe qué querría hacer antes que nada: volver a sentir en el 2026 el país que dejó atrás en 2017. Asegura que tiene un plan, que todavía no quiere desvelar. Pero ya tiene en la cabeza que cuando pueda volver recorrerá el país para "tocarlo, olerlo, sentirlo y reencontrarse con su gente" y, solo después de haber tomado el pulso a la Catalunya que encontrará, decidir cuál debe ser su futuro político. Así lo explica en una entrevista excepcional en The Sunday Times, la primera que concede a un medio en un año, hecha en su casa en Waterloo, donde se fotografía con su gato Nino y desgrana sus pensamientos, pero también sentimientos más personales, sin obviar los aspectos más candentes de la actualidad política, como el momento actual del independentismo, las relaciones con Sánchez, la corrupción, Ceuta o Palestina.

Volver a un país que ya no es el mismo

Este verano, Puigdemont ha leído Goodbye to All That, del novelista británico Robert Graves, que se podría traducir como "Adiós a todo eso". El libro explica, entre otras cosas, el regreso del escritor británico después de la Primera Guerra Mundial y la sensación de encontrar un país diferente del que había dejado. La lectura le ha hecho pensar. Cuando Graves volvió, explica Puigdemont, "no podía volver a la Inglaterra que había dejado porque ya no existía". El lenguaje, el debate público y la sociedad habían cambiado. "No quiero decir que esto me haya pasado a mí", puntualiza, pero inmediatamente admite la evidencia: casi una década deja huella.

The Sunday Times asegura que Puigdemont podría estar de regreso a su "querida Catalunya" por Navidad. El president en el exilio sueña con el día que podrá volver a pisar tierra catalana, abrazar a los suyos, reencontrar y reencontrarse con un país que sabe que será muy diferente del que dejó. No habla de un gran acto político, ni de un discurso, ni de una entrada triunfal. Habla de cosas mucho más sencillas: ir al mercado, volver al fútbol, sentir los olores del Mediterráneo. Recuperar, en definitiva, una cotidianidad que el tiempo y el exilio le han quitado. Porque Puigdemont es consciente de que no podrá volver exactamente al país que abandonó. "Han pasado nueve años", admite. A pesar de sus esfuerzos por mantenerse informado y conectado con Catalunya, reconoce una distancia imposible de superar desde Bélgica: "No respiro la realidad de allí. La Catalunya actual no es la misma que cuando me fui". Por eso ya se ha fijado una primera misión en caso de que pueda volver: "Sumergirme en la Catalunya de hoy". Y lo resume con una frase que convierte la vuelta en algo casi físico: "Esta es mi primera intención: respirarla, tocarla, escucharla y verla por mí mismo, sumergirme en la realidad y sentir la esencia del país". Puigdemont quiere escrutar la Catalunya de 2026 con sus propios ojos.

 

"No me arrepiento de nada"

La dimensión humana de la entrevista no impide que Puigdemont revise políticamente lo que ocurrió en otoño de 2017. Al contrario. Cuando The Sunday Times le pregunta si se arrepiente, la respuesta es taxativa: "No me arrepiento de nada". "Estoy orgulloso de lo que hizo el pueblo de Catalunya. Derrotamos a España democráticamente", sostiene sobre el referéndum del 1 de octubre. "Hubo un referéndum. Lo ganamos, lo organizamos y, a pesar de la violencia policial, lo celebramos. Y eso quedará en la historia porque subimos algunos escalones en nuestro camino hacia la independencia".

El diario británico recuerda que Puigdemont ha sido detenido durante estos años en Alemania y en Cerdeña, pero que ha podido seguir viviendo y moviéndose por buena parte de Europa. En España, en cambio, continúa vigente la orden nacional de detención porque el Tribunal Supremo mantiene que la malversación que se le atribuye no queda amparada por la ley de amnistía. El juez instructor Pablo Llarena volvió a rechazar esta semana aplicarle la amnistía por malversación y mantuvo la orden de detención, a pesar de dejar claro que la decisión puede revisarse en función de lo que resuelva el Tribunal Constitucional. El Constitucional tiene encima de la mesa varios recursos sobre esta interpretación de la malversación, en un debate que puede acabar determinando también el futuro judicial de Puigdemont. Es este movimiento judicial el que hace que la posibilidad de un regreso, todavía incierta, ya no sea solo una hipótesis lejana. The Sunday Times presenta a Puigdemont, de hecho, como un hombre que empieza a contemplar que la puerta de Catalunya pueda abrirse después de casi nueve años.

Un independentismo que no se da por derrotado

A pesar de los años de exilio y la caída del apoyo a la independencia que reflejan diversas encuestas, Puigdemont rechaza la idea de que el movimiento independentista esté agotado. Ante los datos que sitúan el apoyo a la secesión claramente por debajo de los niveles de 2017, responde que "todo depende de la encuesta que se analice". Según explica, los estudios internos de que dispone Junts ofrecen una fotografía diferente y apuntan que, en caso de un referéndum acordado con el Estado, el "sí" a la independencia podría imponerse. "A veces, nuestros análisis internos indican que, en caso de un referéndum acordado con el Estado español, ganaría la opción de la secesión", afirma. Puigdemont continúa, por lo tanto, situando el referéndum pactado como la prueba definitiva que, a su parecer, permitiría medir la fuerza real del independentismo.

Puigdemont muestra a la periodista de 'The Sunday Times' las encuestas internas de Junts sobre el apoyo al independentismo (Junts)

 

Sánchez, la corrupción y la desconfianza

Puigdemont dibuja también una España marcada, según él, por una "profunda división política y social" y por un problema de corrupción que califica de "estructural" y "sistémico". Admite que hay casos reales que deben ser investigados, pero sostiene que muchas ofensivas judiciales no tienen tanto el objetivo de limpiar el sistema como de desgastar a quien gobierna. En este punto, introduce un matiz significativo sobre Pedro Sánchez. Considera que hay "abusos evidentes" en algunas investigaciones que afectan a su entorno y afirma que el tratamiento judicial dispensado a Begoña Gómez le parece excesivo. "Creo que lo que le han hecho a su mujer es un abuso. Pero existen razones reales para estos casos". Pero esto no se traduce en confianza política. Al contrario: Puigdemont se muestra profundamente escéptico con Sánchez y viene a sostener que no es un dirigente de quien se pueda fiar plenamente, porque actúa sobre todo en función del cálculo político y electoral. Esta desconfianza aparece con especial claridad cuando habla de Palestina. Puigdemont cuestiona la sinceridad del apoyo de Sánchez a la causa palestina y asegura que responde "al cien por cien" a motivos de política interna. "Si obtiene resultados enfrentándose a Netanyahu, llegará hasta el final. No es honesto. Lo hace por marketing electoral", afirma.

Ceuta: "Desde la perspectiva marroquí, es una herida"

Puigdemont también entra de lleno en la crisis de Ceuta y lo hace con una lectura que conecta directamente con el conflicto catalán. El expresident se pregunta qué sentido tiene que un Estado miembro de la Unión Europea mantenga dos ciudades en el norte de África y admite que, "si se mira desde la perspectiva marroquí", la situación puede ser percibida como una "herida". A la vez, reconoce que la población de Ceuta se siente profundamente española, pero plantea que esta pertenencia tendría todavía más legitimidad si pudiera ser ratificada en las urnas. "La gente es muy española. ¿Pero no creéis que su posición sería más legítima si celebraran un referéndum de autodeterminación?", se pregunta. Y añade la conclusión política: España, dice, no lo hará porque "tiene miedo de que nosotros también pidamos un referéndum".

Las heridas que deja el exilio

Es cuando la entrevista abandona la política que aparece el Puigdemont más personal. Dice que no es una persona nostálgica y asegura haber desarrollado una gran capacidad de resistencia durante estos años. El president en el exilio reconoce que echa de menos las cosas cotidianas, como ir al mercado, ir al fútbol, respirar el olor del Mediterráneo, lo que él define como "esas cosas inmateriales, intangibles". Pero hay ausencias que todavía pesan. Las más dolorosas son las de sus padres, que murieron mientras él estaba en el exilio. No pudo despedirse de ellos ni asistir a los funerales. "La última conversación con mi padre fue por Skype", explica. "Y me duele no haber podido ir a despedirme de ellos ni visitar sus tumbas".

También ha visto crecer desde la distancia a sus dos hijas, Magalí, de 19 años, y Maria, de 16, que han continuado viviendo en Gerona con su madre, la periodista Marcela Topor. Puigdemont habla aquí del precio menos visible de casi una década lejos de casa: haberse perdido buena parte de la adolescencia de sus hijas y muchos momentos de la vida familiar. "Hay muchas razones para llorar, pero nunca lo hemos hecho en público", confiesa. "Hemos llorado en casa". Cuando se marchó en 2017, asegura que no sabía cuánto duraría aquella vida lejos de Catalunya. Sí que sabía, dice, que podía ser mucho tiempo. "Estaba dispuesto a pasar toda la vida en el exilio. Y si la tengo que pasar toda, estoy dispuesto", afirma. A pesar de todo, considera que estos años no le han doblegado, y cuando lo explica deja entrever el orgullo de la resiliencia. "He vivido situaciones muy difíciles en el ámbito personal, las he superado y soy fuerte. Todos los intentos de desestabilizarme, de perseguirme, han fracasado".