La AfD quiere dar en Berlín —y en Mecklemburgo-Pomerania— un paso más: dejar de ser solo el partido que protesta contra los demás y demostrar que también puede gobernar. Su candidata, Kristin Brinker, ha presentado un programa centrado en la inmigración, la seguridad y la vivienda. Pero cuando sus promesas se confrontan con las competencias de un gobierno regional, con sus propias posiciones y con la realidad parlamentaria, aparecen algunas contradicciones.
La inmigración es probablemente el mejor ejemplo. La AfD defiende una política mucho más dura que la de los partidos tradicionales y habla de "remigración", pero muchas de las decisiones sobre asilo y deportaciones dependen del gobierno federal. Berlín puede actuar en ámbitos como la administración de extranjería o la policía, pero no puede aplicar por sí sola todo el programa migratorio que la formación plantea durante la campaña. Su discurso, por lo tanto, promete más de lo que un gobierno regional puede ejecutar.
La vivienda presenta otra tensión. La formación de extrema derecha dice que quiere dar prioridad a los "berlineses" en el acceso a las viviendas públicas, con un sistema que tendría en cuenta factores como los años de residencia, tener hijos o haber nacido en la ciudad. La propuesta responde a una preocupación muy concreta —la dificultad de encontrar una vivienda asequible—, pero añade un criterio identitario: ¿quién es lo suficientemente "berlinés" para tener prioridad? El partido convierte así un problema social en una política de preferencia a los residentes.
En seguridad, la AfD tendría más margen de actuación. La policía de Berlín depende del gobierno del Land y la formación propone más presencia policial y más videovigilancia en determinadas zonas. Pero también aquí aparece una paradoja: el partido denuncia a menudo el exceso de intervención del Estado y, a la vez, reclama más capacidad de control y vigilancia cuando habla de seguridad e inmigración.
Alice Weidel, la líder que vive en Suiza
Las contradicciones también aparecen en la misma cúpula de la formación. Alice Weidel, copresidenta federal de la AfD, vive en Suiza con su pareja y sus dos hijos. Su situación personal contrasta con el modelo de familia tradicional que defiende el partido. Según ha explicado la prensa alemana, la misma Weidel ha admitido que su vida familiar no encaja con el modelo de "padre, madre e hijos" que reivindica la propia AfD. La dirigente, sin embargo, constata que esto no entra en contradicción con su posición política.
Y después está el problema más difícil de resolver: llegar al poder. La AfD quiere presentarse como una fuerza preparada para gobernar, pero sigue sin tener aliados entre los grandes partidos. La CDU, el SPD, los Verdes y Die Linke mantienen el cordón sanitario y rechazan cooperar con la ultraderecha. Esto significa que crecer electoralmente no garantiza poder aplicar el programa.
¿La izquierda apoyando a un partido de extrema derecha?
Sajonia-Anhalt es un ejemplo. La AfD obtuvo un 43,8% de los votos, pero no consiguió la mayoría absoluta. El resto de fuerzas tradicionales han descartado formar gobierno con ella. El BSW, el partido de izquierdas populista de Sahra Wagenknecht, ha introducido un matiz en este bloqueo: está dispuesto a hablar con la AfD y apoyarla en cuestiones concretas, aunque de momento descarta una coalición. Según destaca el diario Die Zeit, el resultado ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre hasta dónde puede llegar el cordón sanitario.
En Berlín, sin embargo, el candidato del BSW, Alexander King, ha marcado distancias y ha calificado de limitadas las coincidencias con la AfD. La CDU también ha reiterado que no cooperará con la formación. Brinker, en cambio, interpreta el crecimiento de la AfD como la prueba de que una parte del electorado quiere romper con los partidos tradicionales.
El dilema de la AfD es, por lo tanto, más complejo que conseguir un buen resultado. Cuanto más quiere demostrar que está preparada para gobernar, más tiene que demostrar que sus consignas se pueden convertir en políticas aplicables y que existen mayorías dispuestas a sostenerlas.