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"Todavía estamos, y siempre estaremos". Con estas palabras, cargadas de perseverancia, Carles Puigdemont ha recordado este sábado uno de los episodios más extraordinarios de sus años de exilio: el regreso fugaz a Barcelona del 8 de agosto de 2024, hoy hace exactamente dos años. Aquella mañana, coincidiendo con el pleno de investidura de Salvador Illa, el president reapareció ante miles de personas en el Arc de Triomf después de casi siete años sin poder pisar la capital catalana. Puigdemont lo rememora ahora en una carta abierta que acompaña con varias fotografías de aquellas horas. Imágenes personales, algunas casi cotidianas, que muestran la retaguardia de una jornada que concentró todas las miradas y que terminó con el president regresando al exilio después de haber desafiado el dispositivo policial desplegado para detenerlo. "Hoy hace dos años que me dirigía a Barcelona y en persona a los miles de personas congregadas en el acto del Arc de Triomf", comienza Puigdemont la carta compartida a través de sus redes sociales. No lo hacía en la capital desde el 29 de octubre de 2017, dos días después de la declaración de independencia y poco antes de emprender el camino del exilio.

Su intención aquel 8 de agosto, recuerda, iba más allá del acto de bienvenida. Puigdemont explica que quería llegar hasta el Parlament y participar en el pleno de investidura de Illa. Quería hablar desde la cámara que lo había investido president de Catalunya en 2016 y dirigirse como diputado electo. "Quería recordar de dónde venimos", explica. Y también quería advertir del rumbo que, según él, tomaría Catalunya bajo la presidencia de Illa. Dos años después, Puigdemont mantiene intacta aquella denuncia y define el actual Govern como "el gobierno más españolista de la historia". A su parecer, esta etapa ha comportado "una agenda voraz de deconstrucción nacional", tanto de los elementos simbólicos como de los pilares sobre los cuales se ha construido la prosperidad del país.  

Una entrada por La Jonquera, sin maleteros ni disfraces

La carta también permite reconstruir las horas previas a aquella reaparición. Puigdemont revela que había llegado a Barcelona la tarde del 6 de agosto, dos días antes de la investidura. Entró en el Principado por La Jonquera, cruzando la frontera por la autopista y sentado en el asiento trasero de un coche. Una de las fotografías que comparte lo muestra junto a Jordi Turull poco después de haber cruzado Les Alberes. Puigdemont aprovecha la imagen para responder con ironía a algunas de las especulaciones que circularon aquellos días sobre cómo había conseguido volver: "Ni vamos en el maletero, ni vamos disfrazados, ni entramos camuflados en la oscuridad de la noche".

Carles Puigdemont y Jordi Turull, después de cruzar la frontera. Una imagen mala pero cargada de simbolismo (Junts)

Es una fotografía sencilla, mala y casi desenfocada, pero cargada de significado. Después de casi siete años de exilio, Puigdemont volvía a cruzar la frontera que separa administrativamente Catalunya Nord del Principado. Lo hacía sabiendo que había una orden de detención contra él y que su aparición desencadenaría un dispositivo policial extraordinario.

Y así fue. Puigdemont recuerda el "feroz dispositivo de seguridad" que blindó el entorno del parque de la Ciutadella. Critica el trato dispensado a los diputados y denuncia la represión policial contra ciudadanos que habían asistido al acto del Arc de Triomf. En la carta tiene también un recuerdo especial para los tres mossos —"tres personas que aquel día decidieron asistir al acto del Arc de Triomf", afirma— que acabaron investigados por su presunta participación en la fuga y que han sido enviados a juicio.

Las notas antes de salir

Otra de las fotografías compartidas por Puigdemont corresponde a primera hora de aquella mañana. Antes de salir hacia el paseo de Lluís Companys, el president repasaba las notas que había escrito la noche anterior. Es quizás una de las imágenes más íntimas del relato. Mientras fuera ya se activaba el dispositivo policial, Puigdemont preparaba las palabras que quería pronunciar delante de la gente que le esperaba. A aquellas horas, explica, ya sabían que llegar hasta la tribuna del Parlament sería prácticamente imposible. Pero comparecer personalmente en Barcelona tenía otro objetivo político de fondo: poner delante del espejo la situación judicial que le había obligado a mantenerse en el exilio a pesar de la aprobación de la ley de amnistía. "A la vez, era importante salir en persona para poner en evidencia lo que, dos años después, es todavía más escandaloso: la actitud de rebeldía del Tribunal Supremo español que se negaba y todavía se niega a aplicar la ley de amnistía", escribe Puigdemont.

Carles Puigdemont, repasando las palabras que pronunciaría en el Arc de Triomf (Junts)

Para el president, aquella aparición sirvió precisamente para internacionalizar una contradicción que considera intolerable: la existencia de una ley aprobada con la voluntad de poner fin a la persecución judicial derivada del procés y la imposibilidad, en su caso, de beneficiarse de ella por la interpretación que ha hecho el Supremo. "Ponerlos en evidencia delante de todo el mundo forma parte de la lucha que podemos hacer desde el exilio", afirma, admitiendo la desigualdad de fuerzas delante de los recursos del Estado.

Hablar en Barcelona y volver a Waterloo

Aquella mañana del 8 de agosto, finalmente, Puigdemont apareció en el Arc de Triomf. Subió al escenario, habló delante de los miles de personas que le esperaban y, después, desapareció de la vista pública mientras todas las miradas se dirigían hacia el Parlament. No pudo entrar en la Cámara catalana. Pero tampoco fue detenido. "El propósito principal era poder hablar y, si esto era posible, volver sano y salvo a Waterloo", revela ahora. Una frase que resume la dimensión personal y política de aquellas horas, vividas bajo una enorme presión y con el riesgo evidente de que el regreso acabara con su detención después de casi siete años de exilio. "Nada fue fácil ni exento de riesgo y tensión", recuerda.

Dos años después, Puigdemont continúa en Waterloo. Y es desde el exilio que mira atrás y reivindica aquel regreso fugaz no como una anécdota ni como una operación espectacular, sino como un acto de persistencia política. Volvió para hablar, para hacerse presente en Barcelona y para recordar que, a pesar de los años, las causas que lo llevaron al exilio continuaban abiertas. La carta acaba mirando menos hacia el pasado que hacia el futuro. Porque detrás de las fotografías, de los recuerdos de la Jonquera, de las notas escritas la noche antes y de la tensión de aquella mañana hay sobre todo una idea que Puigdemont ha convertido en una constante durante sus años en Waterloo: resistir también es continuar. "Tampoco es fácil ahora", reconoce. E inmediatamente añade la frase que da sentido a toda la carta, dos años después de aquel regreso inesperado al corazón de Barcelona: "Y, sin embargo, todavía estamos, y siempre estaremos. ¡Viva Catalunya libre!"