Ernesto, vecino de Vallecas de toda la vida, se lo mira un poco desde fuera, como si fuera un voyeur. Primero, observa cómo desfilan desde el metro y desembarcan en el parque infantil. Llegan como si fueran de safari. Eso sí, con sus camisas perfectamente planchadas, sus fachalecos y sus pulseras rojigualdas en la muñeca. Pero no se van a visitar animales en peligro de extinción; como mucho encontrarán vecinos del barrio. Se han desplazado para asistir a un mitin de Vox. La extrema derecha ha decidido convocar un espectáculo de los suyos en la icónica plaza Roja de Vallecas —oficialmente "de la Constitución"—, donde son recibidos por colectivos vecinales en este barrio humilde y de tradición obrerista. Un millar de antifascistas contra un centenar de seguidores del partido fascista. Montan el show, la policía hace el trabajo sucio y vuelven a coger la línea azul del metro, que transporta hasta barrios más opulentos.

Ernesto admite, simplemente, indiferencia hacia la performance ultra. Se lo mira comiendo unas pipas. A sus 71 años, ya no es que se declare "apolítico", sino "antipolítico". Tampoco le convence su antiguo vecino Pablo Iglesias. Si acaba votando, dice, "lo haría por el partido de los cornudos cabreados, si existe este partido". Más bien se mira la campaña con mucha desgana. Pero tiene claro de dónde viene: "No es que Vallecas sea la gran amenaza comunista. Es que aquí hay unas ideas de toda la vida. Somos gente trabajadora, que vino del campo porque no había para comer. Vallecas es Vallecas gracias a eso". Y tiene la sensación que todos les han dado la espalda, también el señor este que rompe el cordón policial para enfrentarse a los vecinos antifascistas.

Blanca, ecuatoriana que vive en Madrid desde hace veinte años, está esperando en otro lugar, en una de las llamadas colas del hambre, muy comunes por Madrid, y especialmente en los barrios más vulnerables. Cuesta encontrar quién quiera dar la voz en estas colas, en parte por vergüenza, en parte por desconfianza, también, hacia los periodistas. Blanca hace cola acompañada de su hija. Hay una decena de personas por delante y eso que acaba de abrir la despiensa. Han aguantado como han podido, pero ya es la segunda vez que tienen que recurrir a las donaciones de comida. "No tengo trabajo. Yo ya hace un año que estoy sin trabajo", relata. Trabajaba en Mercamadrid, concretamente con los espárragos, pero la crisis del coronavirus la dejó sin nada. "He ido a todas partes a buscar cualquier trabajo, y nada", lamenta.

"Tanto yo como los que estamos aquí venimos porque lo necesitamos, porque nadie nos ofrece nada desde las administraciones", critica Blanca, preguntada sobre la gestión que han hecho las administraciones. Está desencantada, pero sigue la campaña electoral: "He escuchado una que dice que los inmigrantes somos los culpables de la pandemia y de todo. Nos dicen de todo... Ya suficiente tenemos nosotros intentando sobrevivir".

Los barrios del sur de Madrid, los más humildes y obreros, se han convertido en un campo de batalla política y social. Y más todavía en plena campaña electoral. Han estado en el ojo del huracán por actos como el de la extrema derecha de Vox en la plaza roja de Vallecas, pero la izquierda también se ha desplegado con todas sus energías. De hecho, en esta campaña, barrios como Vallecas están mayoritariamente empapelados por partidos progresistas, sindicados y, también, para los Bukaneros del Rayo Vallecano.

La brecha entre el norte y el sur de Madrid llega, en algunos casos, a ser abismal

Son un campo de batalla política, que rema contracorriente. Si todo lo que queda dentro de la M30 se tiñó de azul y naranja —y verde en algún distrito—, fuera de este muro invisible lo hizo de color rojo. En algunos distritos de Vallecas o Villaverde, sólo el PSOE consiguió porcentajes de Voto del 45%. Y con Más Madrid y Unidas Podemos superaron umbrales del 70%. Pero hay otros factores que juegan en contra, como la desmovilización mucho más alta de estos barrios o que, simplemente, muchos de sus vecinos no tienen derecho al voto porque son inmigrantes sin la nacionalidad española. Sólo tienen derecho a hacerlo en las elecciones municipales.

Y son un campo de batalla social. Como pasa en el planeta Tierra, la brecha entre el norte y el sur de Madrid llega, en algunos casos, a ser abismal. Según datos del Ayuntamiento de la capital española, por término medio, un hogar del acomodado barrio de Valdemarín ingresa 112.321 euros anuales. En cambio en San Cristóbal, en el distrito de Villaverde, esta media baja más de 90.000 euros, hasta los 19.587. Lo mismo pasa con la esperanza de vida, con una horquilla de diez años. La más baja, en Amposta (distrito de San Blas), con 78,4 años; la más alta, en El Goloso (Fuencarral-El Pardo), con 88,7 años. Según un informe reciente de Cáritas, en Madrid hay un millón de personas en riesgo de exclusión social, una situación que se ha visto agravada por la pandemia. Es la tercera comunidad más desigual de todo el Estado.

Yolanda Juarros es maestra y miembro de la Asociación de Vecinos de Aluche, uno de los barrios más humildes de la capital española. Durante la pandemia, han tenido que detenerlo todo para ayudar a sus vecinos. Ahora cuentan con 150 voluntarios y reparten comida a unas 600 familias, pero han atendido muchas más. "Es un abandono político e intencionado", denuncia la vecina de Aluche, que lamenta que esta tarea tendría que corresponder a las administraciones, no a las asociaciones. "Es que las donaciones ya no nos dan para llegar a todas partes", avisa.

La vocal de la AV Aluche asegura que el abandono institucional es estructural. Hace años que piden un hospital. El más próximo es el Hospital Clínico, a 15 kilómetros. Hay que coger dos autobuses para llegar. Pero falta otra estructura básica, ni que sea un centro de personas mayores o un centro de jóvenes. La pandemia lo ha agravado todo: la mayoría de vecinos tienen contratos muy precarios, si los tienen, porque muchos también trabajan en negro. Por eso no todos se han podido acoger a un ERTE. "¿Qué pedimos que sea tan extremo?", se pregunta Yolanda Juarros.

Las asociaciones vecinales denuncian "un abandono político e intencionado"

Estos son los problemas, y no los menores migrantes no acompañados que ha sacado Vox en su versión más racista. La inmigración no es ningún problema para estos barrios madrileños, que han crecido en el mestizaje; más bien lo contrario. Sí que lo son, en cambio, las condiciones del CIE que justamente acoge el barrio de Aluche. Yolanda Juarros, como maestra, ahora trabaja en una comisión de servicios de inserción laboral. Explica como trabajo con tres tipo, que son "maravillosos". Y rebate el discurso del odio de la extrema derecha: "Sí, quizás hay 10 que monten jaleo, pero la gran mayoría tiene unas ganas enormes de aprender. Conocerlos es el más bonito que me ha pasado a la vida. Se me rompe el alma escuchando sus historias".

Lo mismo pasa la asociación Somos Tribu, nacida en Vallecas, uno de los barrios más castigados por la crisis, justamente por la pandemia. Tienen hasta cinco almacenes por todo el distrito, desde donde reparten comida. Además, reparten puerta a puerta más de 500 paneras de comida semanales. Atienden a más de 1.3000 familias. El año pasado recibieron el Premio Ciudadano Europeo, que otorga la Eurocámara. Este proyecto se ha convertido en un símbolo de muchísimas iniciativas nacidas de la solidaridad vecinal, pero que también pone de reflejo un grave problema: el abandono de las administraciones.

Alejandra es una de las voluntarias de Somos Tribu, y este viernes está repartiendo comida junto a sus hijas, también voluntarias. Se ha encontrado con todo tipo de situaciones, desde gente que ya lo necesitaba, que ya eran vulnerables —no atendidos por los servicios sociales—, hasta personas que se han encontrado en paro y en una situación de pobreza sobrevenida. "Este trabajo no lo tendríamos que hacer nosotros, es un poco vergonzoso. Son los gobiernos los que lo tendrían que hacer, pero todo esto lo estamos haciendo gracias a donaciones y voluntarios", admite Alejandra.

El trato diferencial entre los barrios del norte y los del sur se ha evidenciado especialmente durante la pandemia de coronavirus. Prácticamente la mayoría de barrios que Ayuso ha cerrado perimetralmente durante meses han sido justamente los más humildes. En cambio, cuando han sido barrios más ricos los que han registrado incidencias muy elevadas, las restricciones han brillado por su ausencia. Lo mismo pasó con la gestión del temporal Filomena, que tapó Madrid con grandes capas de nieve. El primer barrio que vio máquinas quitanieves, el de Salamanca. En Vallecas o Usera, si no salían los propios vecinos con palas, nada de nada.

Yolanda Juarros, de la AV Aluche, lanza una batería de preguntas: "¿Qué es ser comunista? ¿Pedir un hospital? ¿Pedir que no suban los precios del alquiler? ¿Pedir escuela pública? ¿Pedir el ingreso mínimo vital? ¿Decir que eso no es una democracia porque aquí se permiten las exaltaciones fascistas? Pedir unos mínimos?". E insiste en esta idea: "¿Qué hemos pedido que sea tan extremo?".

Juana, vecina de 72 años de Vallecas, también ha ido a la Plaza Roja. Pero lo ha hecho dos semanas después, para ver el mitin de Pablo Iglesias. ¿Sobre el mitin de Vox? "Fue él el que provocó, la gente estaba muy tranquila hasta que se saltó el cordón policial". ¿Qué opina de la gestión de Ayuso? "Sin comentarios, mejor no decir nada". ¿El comunismo es realmente una amenaza, como dice la candidata del PP? "¡Ella sí que es una amenaza!". Juana cree que todas las administacions han olvidado barrios como el suyo, pero tiene claro que irá a votar: "No lo tenía claro al principio, pero después de ver la prepotencia de la presidentísima... Me animó".

La clave, la movilización

Si quiere un cambio en las hegemonías políticas, la izquierda tendrá que hacer lo que no ha hecho en 26 años: movilizar los barrios y municipios más humildes y pobres. Es la clave de estas elecciones. Como demuestran los datos, en un interesante reportaje de eldiario.es ahora hace unas, a Ayuso le basta con el 30% más rico si el 70% restante se desmoviliza. Los barrios ricos tradicionalmente han acudido siempre a la cita con las urnas, a diferencia de los barrios pobres.

Javier Lorente, profesor de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos, lo ha estudiado de bien cerca. Señala que la "brecha" en la participación entre norte y sur es "estable y estructural y se repite elección tras elección". Por ejemplo, en Fuenlabrada la participación se mueve en torno al del 65%; en|a Pozuelo, en torno al 75%. En Vallecas es del 59-60% y a Salamanca del 75%. Ha pasado al menos desde hace veinte años, "y probablemente desde antes". ¿Las razones? Por una parte, "tiene que ver con los recursos y el nivel educativo". Pero también, subraya, hay lo que se denomina "eficacia externa". Es decir, "la sensación de que los políticos no son receptivos a las demandas de los ciudadanos". A la izquierda le ha costado aplicar su agenda, y eso se traduce en unas expectativas frustradas. Pone el ejemplo de Manuela Carmena como caso paradigmático.

Y otro interrogante cierne sobre el aire, el que abre el reportaje: ¿realmente la extrema derecha penetra en estos barrios más trabajadores o es una leyenda urbana? Javier Lorente apunta que es cierto que hay investigaciones en Europa que han asociado cierta sustitución de "partidos obreros por partidos de derecha radical" y que ha pasado en ciertas zonas de Francia, donde el Frente Nacional "ha capturado votando obrero blanco industrial". Ahora bien, el politólogo considera que "se ha tendido a exagerar". En el caso de Madrid, "no hay ninguna evidencia de que haya un voto obrero relevante a Vox". Se ve con encuestas y con resultados electorales. En el distrito de Vallecas, tuvo el 5% de votos; en el distrito de Salamanca, un 12%.