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Juan Jesús Vivas lo había vivido casi todo en un cuarto de siglo al frente de Ceuta, pero nunca un verano como este. A sus 73 años, el presidente de la ciudad autónoma se ha convertido en la figura que concentra la resistencia de un territorio desbordado por la crisis migratoria, irritado con Madrid y cada vez más desconfiado de Rabat. Un veterano político de formas discretas que, casi sin buscarlo, ha acabado asumiendo el papel del hombre que se queda de pie cuando a su alrededor todo se tambalea. A Vivas estos días le cuesta caminar por Ceuta sin que alguien lo detenga. Lo abrazan, le besan, le cogen la mano, le dan las gracias. Después de 25 años en el poder, el presidente ceutí se ha convertido en una especie de héroe local inesperado. En una ciudad sacudida por la crisis, enfadada con Madrid y desconfiada de Rabat, Vivas proyecta la imagen del viejo protagonista de un western: cansado, veterano, poco amigo de los grandes discursos, pero todavía de pie cuando parece que todo el mundo a su alrededor retrocede. La imagen le sienta bien porque Vivas nunca ha sido un político de grandes gesticulaciones. Su estilo ha sido tradicionalmente lo contrario: moderación, administración, negociación y una idea repetida durante años casi como un mantra, la de la lealtad institucional. Precisamente por eso su durísimo enfrentamiento actual con el Gobierno español resulta especialmente significativo.

Vivas ya tiene edad de vivir una jubilación bien merecida, pero sigue al pie del cañón. Se ha encontrado este verano interpretando este papel del veterano que conoce cada palmo del territorio y que, cuando todo se complica, se queda a defenderlo mientras mira de reojo hacia una capital que considera demasiado lejana. Vivas proyecta esta imagen mucho más próxima a Gary Cooper en Solo ante el peligro. Pero Juan Jesús Vivas no está solo en la calle. Su pueblo está con él y lo aclaman al grito de "presidente, presidente". Vivas se ha convertido en la esperanza y en la voz de una Ceuta que se siente abandonada por un Gobierno que ha reaccionado tarde y mal, y un presidente miedoso con Marruecos que prefirió seguir de vacaciones que afrontar el problema de cara.

Más que un barón del PP

Y es que hay políticos que llegan al poder con vocación de hacer historia y otros que llegan casi por accidente. Juan Jesús Vivas pertenece a la segunda categoría. Cuando en febrero de 2001 asumió la presidencia de Ceuta, nadie podía imaginar que aquel funcionario municipal de perfil gris, economista y sin una trayectoria política especialmente larga, acabaría convirtiéndose en el dirigente territorial más longevo de España. Veinticinco años después, continúa allí. Y probablemente nunca había estado tan expuesto como ahora. La crisis de este verano lo ha convertido en algo más que un barón del PP: en la voz de una Ceuta que se ha visto desbordada por la ola masiva de migrantes que cruzó la frontera el 30 y 31 de julio sin que nadie, a ambos lados de la frontera, hiciera nada para evitarlo.

Un presidente que debía durar dos años

Vivas no llegó a la presidencia después de una victoria electoral. Lo hizo a raíz de una moción de censura contra Antonio Sampietro, dirigente procedente del GIL de Jesús Gil. PP, PSOE y otros diputados buscaban una figura de consenso para recuperar la estabilidad institucional y encontraron a aquel economista y funcionario que parecía tener justamente el perfil contrario al del político profesional. Él mismo explicaría años después que lo que se buscaba era "un perfil técnico, un burócrata 100%". La idea era que fuera una solución transitoria hasta las elecciones de 2003. Y la transición ha durado un cuarto de siglo. Aquellas primeras elecciones convirtieron el accidente en fenómeno político: el PP de Vivas consiguió 19 de los 25 diputados de la Asamblea de Ceuta. Desde entonces ha ganado seis elecciones consecutivas, cuatro con mayoría absoluta, y ha sabido conservar el poder también cuando estas mayorías desaparecieron.

El secreto de la supervivencia de Vivas no ha sido solo electoral. Ha sido su capacidad para pactar. Cuando ha necesitado votos, los ha buscado. Cuando ha necesitado al PSOE, se ha entendido con él. Cuando ha podido gobernar solo, lo ha hecho. Y cuando Vox creció en Ceuta, evitó quedar atrapado hasta el punto de acabar rompiendo con ellos. Esto explica que sea uno de los presidentes del PP que lleva más años gobernando y que sea también uno de los menos identificables con la política de trincheras del partido.

Ceuta antes que el PP

Para entender a Vivas hay que entender que su principal lealtad política siempre ha tenido una particularidad: antes que Génova está Ceuta. Esta forma de entender el cargo se vio con especial claridad durante la crisis migratoria de mayo de 2021. Cuando unas 10.000 personas entraron en la ciudad desde Marruecos en pocas horas, Vivas no convirtió a Pedro Sánchez en el enemigo. Hizo exactamente lo contrario: cooperó estrechamente con la Moncloa y reivindicó la coordinación entre administraciones a pesar de las incomodidades que esta actitud provocaba en sectores del PP. Aquella crisis le dio proyección estatal. El presidente casi invisible de Ceuta se convirtió en un político al que se oía hablar de sentido de Estado cuando esta expresión empezaba a escasear en la política española.

Del pactista al presidente que dice basta

Pero el Vivas de 2026 es diferente. O quizás es el mismo llevado hasta el límite. La entrada masiva de los días 30 y 31 de julio ha roto algo. La dimensión de la crisis, la presión sobre una ciudad de dimensiones reducidas y, sobre todo, las informaciones que apuntan al papel de agentes marroquíes han hecho que Vivas abandone buena parte del lenguaje diplomático que le había caracterizado. En el discurso del Día de Ceuta de este 2 de septiembre aseguró que lo que había pasado ya no podía ser considerado simplemente una crisis migratoria, sino una cuestión de seguridad nacional y de integridad territorial. Y pronunció probablemente una de las frases más contundentes de sus 25 años de presidencia: "Ceuta no aguanta más". También dirigió el mensaje directamente a Rabat: "Es necesario que digamos a Marruecos, el conjunto de los españoles, que nos tienen que respetar", y advirtió que la presión migratoria no puede ser utilizada con fines políticos. Aquel día el veterano tecnócrata recibió un auténtico baño de masas. Entre los aplausos incluso se oyeron gritos de "tú sí que vales". No es habitual en un hombre que durante décadas ha construido su carrera más sobre la administración que sobre el carisma.  

El puerto, la línea roja

El conflicto con Madrid ha acabado de empujarlo hacia este nuevo papel. La decisión del Gobierno de asumir el control de espacios del puerto de Ceuta para instalar a más de un millar de migrantes ha sido rechazada frontalmente por el gobierno ceutí, que inicialmente dio su consentimiento, pero se echó atrás alegando motivos de seguridad, al considerar que se trata de una infraestructura crítica, y reclama que la prioridad sea devolver a Marruecos a quienes entraron durante el episodio de finales de julio. La Moncloa interpreta que el cambio de actitud de Vivas en el bloqueo del puerto no responde solo a criterios técnicos o locales, sino que forma parte de una estrategia política del PP para desgastar a Sánchez con la crisis de Ceuta.

El presidente de la ciudad autónoma ha pasado buena parte de su carrera intentando que Ceuta no quedara atrapada entre Madrid y Rabat. Ahora denuncia que precisamente eso es lo que ha pasado. Por un lado, acusa a Marruecos de haber dejado de comportarse como un socio fiable. Por otro, exige al Estado que proteja una ciudad que considera llevada al límite. El político que durante años predicó la cooperación con la Moncloa es ahora quien le planta cara.

El hombre que intentó marcharse

La longevidad de Vivas tiene, además, una ironía. Ya había anunciado que se retiraría. En 2021 comunicó su intención de abandonar la política. Dos años después, sin embargo, se volvió a presentar. Ganó una vez más e inició un nuevo mandato. Es difícil encontrar una metáfora mejor para explicar el personaje. Como el sheriff que se sacrifica porque el pueblo lo necesita. Vivas siempre parece estar a punto de irse, pero siempre acaba quedándose. Cuando llegó, tenía que durar dos años. Lleva veinticinco. Cuando perdió las mayorías absolutas, parecía empezar el declive. Continuó gobernando. Cuando anunció la retirada, volvió a presentarse. Y cuando la crisis más grave que recuerda Ceuta ha puesto la ciudad contra las cuerdas, el presidente septuagenario que parecía encaminado hacia el final tranquilo de su carrera ha acabado convertido en la principal figura política de la ciudad.

No tiene el aspecto de Gary Cooper, de Clint Eastwood ni la retórica de un sheriff. Es economista, funcionario de carrera y durante años ha exhibido una moderación casi funcionarial. Pero el héroe de los westerns crepusculares no acostumbra a ser el joven pistolero que llega al pueblo. Es el hombre viejo que ya lo ha visto casi todo, que conoce las reglas del juego y que descubre, cuando las cosas se tuercen, que aquellas reglas quizás ya no sirven. Vivas ha conocido a Aznar, Zapatero, Rajoy y Sánchez en la Moncloa. Ha visto gobiernos socialistas y populares, crisis diplomáticas con Marruecos, llegadas migratorias, mayorías absolutas y gobiernos en minoría. Ha gobernado Ceuta durante prácticamente una tercera parte de la historia democrática española. Pero probablemente nunca había tenido una sensación tan clara de estar solo ante el peligro de Rabat... y de Madrid. Y esta vez ya no habla solo el presidente del PP. Habla un hombre que ha gobernado Ceuta durante un cuarto de siglo y que parece haber decidido que, antes de abandonar definitivamente la escena, todavía le queda un último duelo.