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Faltan menos de tres meses para las elecciones legislativas de Estados Unidos, y el Partido Demócrata intenta lanzar un mensaje de prosperidad económica ante las políticas nefastas del presidente Trump. Ahora bien, los intentos de llegar a la clase trabajadora topan con el lastre de las ideas sociales progresistas que impulsaron durante una década, solo dirigidas a una minoría elitista y creadas al margen de la voluntad popular. Para superar aquella etapa, la congresista —y clara aspirante a la presidencia— Alexandria Ocasio-Cortez ha encontrado un mecanismo excelente: reírse de ello. Hace pocos días, en una entrevista televisiva, declaró que "Woke 1 fue una locura", y soltó una carcajada. También añadió que "la retórica de aquella época no es la retórica que usaríamos hoy".

La era woke en Estados Unidos comenzó hacia 2014, tuvo su apogeo en 2020 con las protestas por el asesinato de George Floyd y se desinfló del todo con la segunda victoria de Donald Trump. El movimiento de justicia social fue un intento de mejorar la situación de las mujeres y de algunas minorías, pero pronto se convirtió en una especie de competición entre los hijos universitarios de las clases medias y altas para ver quién era más virtuoso. Identificarte como miembro de un grupo oprimido hacía que tus sentimientos se convirtieran en una brújula moral universal, y a muchos les motivaba más el exorcismo de psicodramas familiares, o el ánimo de revancha por traumas pasados, que desplegar una ideología coherente. Los dogmas siempre pasaron por delante de los datos y la evidencia científica. Algunos activistas lograron una posición social y económica que solo habían podido soñar, mientras que un grupo de profesionales perdieron la carrera por haber cometido una herejía.

El elemento ausente del movimiento woke fue la lucha de clases, porque al fin y al cabo lo protagonizaban jóvenes de buena familia. Como el objetivo era conseguir una hegemonía ideológica en lugar de obtener cambios materiales, el combate se podía hacer cómodamente desde el móvil y sin salir de casa. Solo hay que ver cómo las multinacionales se apuntaron a ello para demostrar que nunca se puso en peligro la estructura capitalista.

Alexandria Ocasio-Cortez ha cometido el gesto revolucionario de admitir que ha cambiado de opinión

En Catalunya las ideas woke siempre han chirriado, porque se importaron de América sin ningún tipo de adaptación al contexto local. Así, nuestras escenas fueron desde el autoboicot político (la candidata que quería prohibir los gigantes por ser una herencia del colonialismo), la desconexión total con el público (aquella huelga general por Palestina que resultó un fiasco monumental) hasta unos cuantos momentos bastante execrables (la campaña de acoso a la lingüista Carme Junyent). Detrás siempre hubo una gran pulsión, la funcionarización del activismo, y el objetivo de los virtuosos era entrar en alguna de las administraciones como técnicos de diversidad y feminismos, o en uno de los muchos chiringuitos que montaron los partidos. El hecho de que el requisito fuera un máster que cuesta unos cuantos miles de euros aseguraba que los pobres quedaran excluidos.

La consecuencia de los años del wokismo ha sido una derechización general, sobre todo entre los jóvenes. Muchos han visto cómo sus condiciones materiales quedaban erosionadas, y en lugar de tener una izquierda que los defendiera, todavía recibían lecciones morales. Y en cuanto a estos activistas, es complicado vender que eres un rebelde que lucha contra el poder, desde los márgenes, y entonces circular con el mismo discurso que repite cada noche el telediario o cobrar un sueldo de director general.

El nuevo discurso de Alexandria Ocasio-Cortez tiene un componente electoral muy claro, pero a la vez rompe con un consenso: la idea de que es necesario que las figuras públicas mantengan la misma posición, como si toda evolución ideológica fuera señal de incoherencia. Siempre he desconfiado de los movimientos que quieren convencer a los demás pero toman cualquier gesto pasado como un pecado imborrable —aquí encontramos una semilla del totalitarismo—. En un mundo lleno de bandos estancos, y en el que todo perdura en la red, hoy cambiar de opinión es un gesto revolucionario.