Hoy la opción fácil y cómoda habría sido escribir la enésima columna sobre Gabriel Rufián. Para desnudar sus hombres de paja —TikTok o bibliotecas, lengua o vivienda—, para llegar al fondo de las consecuencias de su demagogia, para poner de manifiesto hasta qué punto sus consignas y sus titulares constreñidos en un marco político español y en un marco ideológico españolista son nocivas para la catalanidad y para la autoestima de los catalanes. Definir la virtud en negativo —es decir, definiendo qué no es virtuoso— abre el camino a medias: señala el desvío incorrecto, pero no dibuja un itinerario. La columna que no escribiré quizás habría logrado más clics y habría garantizado más visitas a esta casa, pero habría sido una columna de un solo uso con menos sustancia y menos voluntad de contribuir al pensamiento del país a largo plazo que la que vais a leer hoy.
Este pasado jueves falleció Pere Lluís Font: filósofo, teólogo, escritor, traductor, Premi d’Honor de les Lletres Catalanes. Descartes, Kant, Spinoza, Montaigne. También los Poemes essencials de San Juan de la Cruz, editados delicadísimamente y publicados el año pasado por Fragmenta Editorial. Pere Lluís Font se encargó a sí mismo el traer a nuestra lengua la filosofía más destacada de Europa porque era consciente de que “la lengua no sirve solo para expresar el pensamiento, sino que lo hace posible y lo condiciona”. Que no bastaba con poder leer a ciertos autores en su lengua original o en una tercera lengua (el español), que no era ni la del autor ni la nuestra, porque para poder hacérnoslos nuestros, para poder incorporarlos a nuestro universo lingüístico, los teníamos que poder leer en catalán. Y porque, a pesar de la paradoja aparente, un acceso completo al mundo en catalán nos facilita el acceso a nosotros mismos.
Pere Lluís Font dibuja un itinerario porque la suya es la vida de quien ha trabajado silenciosa y discretamente, pero siempre con el país en la cabeza. Desde su ámbito y valiéndose de sus talentos, pero consciente de que el fruto de su trabajo no era fructífero si no era para los demás. A menudo, la conversación política del país se embarra con conceptos que acaban volviéndose vacíos porque quien los blande no los encarna, y la falta de coherencia hace que pronunciarlos levante sospechas de deshonestidad: resiliencia, empeño, firmeza, determinación, perseverancia. Son la clase de palabras que se apropian aquellos que pretenden performar grandes gestos heroicos de cara al público, pero que se olvidan de la heroicidad cuando esta es determinante en las cosas que, a primera vista, parecen pequeñas y poco significativas. Cuando la resistencia se ejerce prácticamente contra uno mismo, es cuando se revela cuán sólidos son los lazos con los ideales que nos trascienden. Al fin y al cabo, aquello a lo que decidimos permanecer fieles es lo que nos vertebra.
Una vida dedicada a la filosofía, que en realidad es una vida dedicada a la lengua y al país, es el tipo de ejemplo que nos perfila una resiliencia plena y encarnada. Y una dedicación y honestidad al servicio de algo más grande que uno mismo. La trayectoria de Pere Lluís Font es una trayectoria que nos permite vislumbrar la virtud en positivo, y que nos posibilita entender completamente de qué hablamos cuando hablamos de hacer las cosas con perspectiva autocentrada. Es una postura aplicable a tantos ámbitos y circunstancias como catalanes existen; por eso, el propio Pere Lluís Font explicaba que “todo profesor, al mismo tiempo, debería ser también profesor de lengua”.
A menudo nos referimos a la autoestima y somos capaces de identificar el tipo de discursos encaminados a herirla con el objetivo de que renunciemos a nuestra identidad. A veces, sin embargo, nos olvidamos de distinguir quién o qué alimenta esta autoestima: la conciencia de colectividad, el hilo histórico y político que nos explica, la herencia familiar, el sentido de pertenencia lingüística y cultural. La identificación con una tradición, también filosófica. En último término, sin embargo, la identidad catalana va íntimamente ligada a la voluntad de ser, porque desde hace tiempo todo lo que somos vive bajo la sombra de la amenaza. Quienes a lo largo de los siglos han opuesto resistencia pública o privada a la castellanización —y afrancesamiento— del país son quienes, persistiendo, han legado el mensaje a las generaciones siguientes de que, efectivamente, la catalanidad merece la persistencia. Esta postura es la que alimenta la autoestima que nos permite seguir siendo sin dejarnos llevar por los cantos de sirena. Humildemente y sin hacer mucho ruido, la virtud de Pere Lluís Font ha sido la de vivir con franqueza y desde su lugar los ideales que a menudo la política de nuestro tiempo manosea. Y haciéndolo así, nos ha permitido, nos permite y nos permitirá reflejarnos en él.
