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No puede haber mayor ironía que las imágenes del presidente Trump firmando el memorándum de entendimiento de catorce puntos con Irán en una cena de gala en el palacio de Versalles. Una cena organizada por el presidente Macron con la voluntad de halagar a un presidente de Estados Unidos que cada vez da la sensación de ir más perdido, y que acaba de celebrar los ochenta años.

Y es que hay que recordar que el Palacio de Versalles tiene una historia de tratados que se han convertido en claudicaciones o humillaciones históricas. Para empezar, la más famosa, la firma —en junio de 1919— del draconiano tratado de paz entre las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial y la derrotada Alemania. Un documento que, más que un tratado entre dos partes, fue una imposición unilateral de condiciones de los vencedores a los vencidos, un supuesto pacto que en Alemania se recibió más como un diktat.

Pero tampoco se puede olvidar la tremenda humillación que sufrió Francia en enero de 1871, cuando el canciller Bismarck proclamó el Imperio Alemán —en la persona de Guillermo I— en la mítica Galería de los Espejos de este palacio, después de la derrota francesa en la guerra franco-prusiana.

Pues bien, fue seguramente el gran desconocimiento de la historia que tiene Trump lo que permitió el error —en clave de imagen y de significancia histórica— de aceptar la propuesta de Macron de firmar dicho memorándum en un lugar de tantas connotaciones históricas, no precisamente favorables para lo que iba a hacer el inquilino de la Casa Blanca.

Un acuerdo, o más bien dicho, un memorándum que ha causado un choque, por no decir un escándalo, en los entornos de poder, empezando por los de Washington. Y es que una multitud de congresistas, senadores y opinadores capitalinos —entre ellos muchos Trumpistas— han criticado duramente el pacto, que ven como una claudicación, incluso como una humillación.

Basta recordar cuando, no hace tanto, Trump prometía que no habría acuerdo con Irán más allá de la “rendición incondicional”. Algo que choca completamente con el texto conocido, que no se parece en nada a una rendición iraní, ya que no solo mantiene el régimen de los ayatolás —el mismo régimen que el inquilino de la Casa Blanca prometía derrocar en los primeros días de la guerra—, sino que lo refuerza mucho más de lo que estaba a finales del año pasado, en plena crisis económica y en medio de oleadas de protestas populares.

Un mal acuerdo resultante de un conflicto innecesario

De hecho, no podemos olvidar que hablamos de una guerra que ha causado miles de muertos (por encima de los 7.000), ha costado una fortuna al erario estadounidense (130.000 millones de dólares) y ha disparado los precios del petróleo y del gas en todo el mundo. Y también ha hecho saltar por los aires gran parte del modelo de negocio de los ricos emiratos del Golfo, ya sea por la destrucción y afectación de importantes sistemas de refinerías y exportación de hidrocarburos de varios de estos países, como por la ruptura del supuesto oasis de tranquilidad y estabilidad en el que se habían reflejado tantos expatriados y millonarios que habían optado por convertirse en residentes —sobre todo fiscales— alrededor de los hubs, aéreos y del lujo, de Dubái, Abu Dabi o Doha.

Un conflicto que ha enfurecido a los votantes americanos, ha generado durísimas divisiones en el interior del movimiento MAGA y ha disparado las expectativas de muchos candidatos demócratas de cara a las elecciones de mitad de mandato de noviembre.

Y es aquí donde debemos ver la clave para la aceptación de un mal acuerdo por parte de Trump. De hecho, el presidente estadounidense fue muy franco el miércoles: su gran preocupación era el riesgo de una recesión mundial y que las reservas de petróleo —y de queroseno para el transporte aéreo— se agotaran en cuestión de semanas. Dijo: "El único presidente que no quería ser era el difunto y gran Herbert Hoover", refiriéndose al presidente culpado de la Gran Depresión que volatilizó los ahorros y abocó a millones de personas a la pobreza. "No quería ver una catástrofe económica. De continuar esto, esto podría haber sucedido". Lo que no dijo, pero todo el mundo entendió, es que no solo le preocupaba una posible crisis económica, también —y seguramente sobre todo— le preocupaba el impacto que todo esto podría tener en las mencionadas elecciones de mitad de mandato de noviembre.

Pero, ¿tiene futuro este preacuerdo?

A medida que han ido pasando las horas, sin embargo, el tema ya no ha sido tanto si estábamos ante un buen o mal acuerdo —tanto desde la perspectiva estadounidense como de la global— como si este preacuerdo tiene futuro o quedará en papel mojado.

Una de las derivadas también claves de este conflicto la encontramos en el Líbano. Los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel desde finales de febrero contra Irán reactivaron de nuevo la respuesta de Hezbolá que, a pesar de su debilidad a raíz de los durísimos ataques israelíes de los últimos tiempos, de nuevo ha mostrado resiliencia y una cierta capacidad ofensiva contra el norte de Israel. Esto ha ido acompañado de una ofensiva israelí sin precedentes en el sur del Líbano, que ha puesto a este país al límite, generando incluso dudas de su viabilidad futura.

Pues bien, se supone que el memorándum firmado por Trump en Versalles vincula el acuerdo con Irán con la pacificación del Líbano y el respeto a su integridad territorial, cosa que —hoy por hoy— Israel, y en particular el gabinete de Benjamin Netanyahu, no parecen estar dispuestos a respetar. De hecho, el mismo Netanyahu, que supuestamente mantiene una relación muy directa con Trump, ha optado por no criticar públicamente el acuerdo, pero su entorno y algunos de los medios de comunicación más influyentes del país los han calificado de "capitulación catastrófica".

De hecho, los ataques del ejército israelí en el Líbano no han cesado —en contra de lo que había insinuado Trump— y ahora ya sabemos que estos fueron los responsables de que el viaje del vicepresidente Vance a Suiza —para iniciar las nuevas rondas de negociación con Irán que indicaban en el acuerdo— se tuviera que cancelar ayer a última hora, a causa de este nuevo frente. Tanto fue de última hora que la cancelación se hizo cuando parte del equipo de Vance ya se encontraba en Suiza, y otra parte se encontraba en la base militar de Andrews esperando al vicepresidente para embarcar en el avión que los tenía que llevar al país helvético.

Y a todo esto se le tienen que sumar los enormes retos que la negociación, si se acaba iniciando, tiene por delante: respeto al programa nuclear iraní, el programa de misiles, el estatus final —una vez pasados los sesenta días— del estrecho de Ormuz, de las sanciones económicas o del supuesto fondo de inversión de 300.000 millones de dólares que se tiene que activar…

¿Qué impacto tendrá sobre Trump?

Otro aspecto que también empieza a ser comentado es el impacto que el acuerdo, tanto si fructifica como si no, tendrá sobre Trump.

Y es difícil no pensar en las consecuencias que —políticamente— tuvo para el presidente Carter la crisis de los rehenes de 1979-1980, cuando a raíz de la revolución islámica de Jomeini, más de cincuenta diplomáticos estadounidenses destinados en Teherán fueron capturados y retenidos como rehenes del nuevo régimen persa durante más de un año. Ciertamente, Carter (un humanista defensor de los valores democráticos y promotor de los derechos humanos) y Trump son personalidades completamente antagónicas, pero la ironía de la historia podría hacer que ambos acaben —políticamente— engullidos por el mismo régimen iraní.