Dice que en mi país la lluvia no sabe llover. Quizás tendremos que añadir que el viento no sabe soplar. O, más bien, que el Govern no sabe gobernar. Si la ponientada castiga el litoral central, ¿por qué aplicáis restricciones al resto? Cuando en el Ebre o el Empordà casi no podemos caminar ni con piedras en los bolsillos, no recibimos ninguna alarma, ni sectorial, ni general. Poc que ens avisen pas! ('¡No nos avisan!'), como dirían por el norte. Como están acostumbrados —deben pensar los que mandan—, no hace falta decir nada. Sin las quejas del jueves, no sabemos si se habrían llegado a enviar las del sábado. Por experiencia hablamos. Ahora bien, si los vientos van a ser fuertes en Barcelona y el área metropolitana, entonces paremos máquinas todos. Quizás de aquí sale aquel eslogan del "Govern de todos". Todos parados. Riesgos diferentes, medidas iguales. La gestión de la emergencia.
Si el peligro se concentra en una veintena de comarcas, pues alertad a la población de estas comarcas en concreto. Esto nadie lo cuestiona y muy bien que lo hicierais. Igualmente, ¿por qué nos encerráis a todos? Ojo con los avisos indiscriminados que deberían ser selectivos, porque corremos el riesgo de caer en la fábula del pastor mentiroso y que la próxima vez que se diga que viene el lobo, no se lo crea nadie. Y un país serio no se puede permitir el descrédito de sus instituciones. Las alertas deberían estar siempre y donde toca, no solo los jueves y generalizadas. Si no, parece que las medidas son quirúrgicas, siempre que no afecten a Barcelona y a su entorno. Si no, puede hacer sospechar que se hace un uso político de esta herramienta.
Hace un par de semanas, por aquí abajo tuvimos un ventarrón que daba miedo de ver y ninguno de nosotros recibió ninguna alarma en el móvil, ni los niños dejaron de ir a la escuela, ni se suspendió nada del mundo. ¿Que tal vez hubiera hecho falta? Pues probablemente, pero como son vientos habituales... si hay una desgracia sin aviso, todos a correr... Igualmente, no he visto nunca abrir un informativo de TV3 conectando en directo con Figueres porque ha caído un árbol o no he oído nunca Catalunya Ràdio avisando en tiempo real de un muro derribado en Tortosa. En cambio, estos pasados días los informativos iban llenos de árboles caídos allí, donde hizo viento. ¿Era noticia? Sí. ¿Lo es cuando no pasa en el centro? También. Y que conste que la Catalunya independiente que deseo ha de tener Barcelona como capital, por lo tanto la quiero fuerte y valiente. Pero también generosa y ecuánime.
Si el peligro se concentra en una veintena de comarcas, ¿por qué nos encerráis a todos? Corremos el riesgo de caer en la fábula del pastor mentiroso y que la próxima vez que se diga que viene el lobo, no se lo crea nadie. Un país serio no se puede permitir el descrédito de sus instituciones.
Somos conscientes de que aquí una parte no menor de la raíz del problema es la de siempre, que se va repitiendo con situaciones diferentes: el centralismo y su visión egocéntrica de la nación. Se entiende que el 40% de las comarcas afectadas representa el grueso de la población, que son más gente, que no están acostumbrados, que están poco preparados y que había que extremar la cautela. Nadie dice lo contrario. Pero es que en pandemia (tan reciente y tan lejana a la vez) pasó lo mismo y deberíais haber aprendido de ello. Las medidas de entonces no tenían en cuenta la realidad geográfica del país y los cambios de número de las fases se decidían desde un despacho de Barcelona, casi con la misma variable aleatoria del foraster cuando tira los dardos en el mapa para saber dónde hará el siguiente programa.
Para colmo, la consellera Parlon, en sus intervenciones ante la prensa, constantemente se refería al país como territorio. Medidas en todo el territorio. Como queriendo decir: nosotros aquí somos los importantes, los de verdad, y el resto sois territorio, inferiores. Esta visión peyorativa hace años que dura y también se aplica a otros ámbitos, como la lengua: ellos hablan el catalán correcto y el resto somos dialectos. Ay, cuando se entere de que todo el mundo en Catalunya habla un dialecto. Aquí sí haría falta ser el "Govern de todos", en materia lingüística. Pero no se lo digáis muy alto, que se enfadará, como se enervó en la comisión del Parlament cuando el diputado de la CUP le dijo cuatro verdades sobre la acción policial y la tuvieron que llamar al orden. También argumentó que seccionar el territorio (el territorio, ¡eh!, que os quede claro) con fronteras fijas no se puede hacer con un fenómeno como este, que hay riesgo de quedarse cortos. Sí, cortos sí lo son un poco, sí. El viento no entiende de divisiones administrativas, dice. Pero anteayer, con viento en el Ebre y el Empordà, en Barcelona las alarmas no sonaron. Ojalá a las inversiones les pasara lo mismo y el equilibrio territorial no brillara por su ausencia.
Las alarmas de protección civil son imprescindibles, tienen una función clave en la gestión de emergencias y en salvar personas. Desde aquí, ánimo a los afectados y el pésame a la familia de la trabajadora de 46 años fallecida en el polígono Bon Pastor al caerle encima el techo de la nave. Una triste tragedia que también nos hace plantear las prioridades como sociedad. No puede ser que la productividad esté por encima de la vida, y hay empresas de las zonas más afectadas que, a pesar de la recomendación de teletrabajo o cierre, apostaron más por la avaricia que por la prudencia. Aquí sí tendría que hacerse una investigación a fondo.
Precisamente por eso, porque las alarmas son esenciales, debemos cuidarlas y prestigiarles, y eso implica poder criticarlas cuando su papel tambalea y son una veleta del mal tiempo, porque las necesitamos creíbles. Hacen falta avisos mesurados y proporcionales, según criterios por intensidad (de viento, lluvia o nieve) o por densidad de población. Algunos lo negarán, pero el efecto Cecopi-Mazón está muy presente en todo este desorden. En el próximo episodio de viento del noroeste en el Ebre, vete a saber si nos sonarán los móviles, y el jueves nos tomaron el pelo, porque miras el mapa de las actuaciones de los bomberos y la diferencia entre la Catalunya Nova y la Vella vuelve a aparecer, como hace siglos, como en tantos otros mapas y desgobiernos que no saben de dónde sopla el viento. Pero todos tranquilos, que hoy se incorpora a trabajar el president Illa. Estamos salvados.
