Este fin de semana publicábamos un vídeo donde explicaba lo que ha sucedido en el Consejo de Europa 

https://www.youtube.com/watch?v=y4LINfnXzSU&feature=youtu.be  

Esta semana alertaba sobre los derechos de las minorías nacionales, preocupándose seriamente por el retroceso que está habiendo en la protección y respeto de sus derechos en Europa. 

Yo entiendo a quienes oyen hablar del Consejo de Europa o Naciones Unidas y les suena todo lejos. De verdad que puedo ser capaz de comprenderlo porque generalmente, la cultura española vive de espaldas al resto del mundo. Alguna vez me han explicado que esto es propio de los países que provienen de una historia imperialista: España tenía poder en no poca parte del planeta y lo ha ido perdiendo con el paso de los años. 

En nuestra cultura no está lo de conocer la actualidad del mundo. No está, o al menos no lo estaba hasta hace bien poco, lo de ubicar lugares en los mapas, conocer sus conflictos. El general desprecio hacia lo exterior se manifiesta de muchas maneras, salvo en el caso del fútbol o los deportes, ahí sí hay una cierta cultura internacional. Un ejemplo palmario es la aversión generalizada que se ha tenido en España para aprender otras lenguas. Es algo de lo que uno se da cuenta sobre todo cuando vive en otro país. Es cuando te das cuenta de cómo se desenvuelven los compatriotas de otros lugares en lenguas como el inglés. 

Mientras aquí se ha tardado muchísimo en introducir las lenguas extranjeras en el currículo educativo del sistema de enseñanza oficial, en otros países el dominio de lenguas extranjeras como el inglés es generalizado. Basta con darse una vuelta por Portugal para ver cómo es una sociedad prácticamente bilingüe en inglés. ¿He dicho Portugal? ¿Quién es Portugal?

Es sólo un ejemplo. Como la visión bastante generalizada que se tiene de otros países, respondiendo fundamentalmente a la línea de los medios de comunicación —casi todos— que se consumen en este país. No tenemos posibilidad de diversidad en la información, y tampoco accedemos ya con facilidad a análisis públicos sobre temas de interés. La telebasura se ha generalizado, incluso en las cadenas públicas. La cultura, la geopolítica, la ciencia han quedado relegadas a espacios muy específicos. En horarios de máxima audiencia, lo que podría interpretarse como tertulias informativas se ha convertido en un circo que solamente genera desinformación, polarización y un ejemplo de ciertos comportamientos poco aconsejables como modelo para la sociedad. Y cada vez vamos a peor. 

Llevo más de diez años compartiendo charlas-conferencias públicas con miles de personas. En todas partes. Y más o menos he tenido la oportunidad de abordar las mismas cuestiones a lo largo de este tiempo, con planteamientos diferentes, pero siempre girando en torno al mismo eje: las necesidades de cambios en nuestra sociedad, en nuestro país, en el proyecto Europeo y en un contexto también internacional. Casi siempre me he movido en un contexto progresista, republicano donde hemos hablado de igualdad de oportunidades, de derechos y libertades fundamentales. 

Cuando comencé la inmersión en la cuestión catalana, lo hice partiendo de la base de mi postura respecto al derecho a decidir y a la autodeterminación. Pero reconozco que entonces desconocía casi todo lo que iba a aprender y que hizo que me sintiera muy identificada en las reivindicaciones y proclamas del independentismo catalán. 

Yo no soy independentista. Lo digo porque creo que tiene importancia al plantear mis ideas. Yo soy una mujer, relativamente joven, nacida en Madrid y criada en una provincia como es Guadalajara —un lugar que goza de las glorias que conlleva vivir a 50 kilómetros de la capital del reino y que al mismo tiempo se asfixia por ello—. He vivido en Bélgica y en Viena, y he tenido la oportunidad de conocer la mayoría de los países del mundo. He aprendido a sentirme parte del lugar donde he vivido, analizando siempre las cosas desde una visión crítica. Por eso me emociona lo belga, lo vienés y un poco también lo chino, lo cubano y lo boliviano. Son lugares donde he vivido, he aprendido y forman parte de mí. De lo español también aprendí a emocionarme cuando lo eché de menos. 

Cuando estás fuera ves y comparas. Descubres lo que te parecía “normal” y te das cuenta de cómo se ve a tu país desde otra perspectiva. Analizas y entiendes que te hace falta “humildad” para ver cómo somos, cómo nos comportamos y cómo aparecemos frente al espejo. 

Es bastante generalizado sentir que hay muchas preguntas que no te habías hecho hasta ese momento. Y ves que España todavía está pintada en blanco y negro. Porque los colores de la democracia y de la justicia social brillan más fuerte en otros lugares: porque cuando conoces el Estado de Bienestar sueco, cómo están estructurados ciertos derechos fundamentales en el norte de Europa alucinas. 

He hablado antes de Portugal. Un país que tenemos al lado y del que nadie habla. Del que nadie tiene ni idea. Y nos parece tan normal. Como el pollo que tenemos montado con vascos y catalanes y la realidad es que la gente, en términos generales, tampoco sabe de qué va todo esto. ¿Nadie se pregunta realmente qué sucede en realidad para que haya semejante tinglado montado?

No es tan simple como que los “catalanes son unos egoístas supremacistas, que se creen más que el resto y se quieren ir para no aportar nada”. Tampoco creo que sea, por otro lado, todo una cuestión de “nos queremos ir porque España es fascista y todo está podrido”. No. Todo tiene un punto medio. Lo que pasa es que encontrar el punto medio de algo donde te faltan trozos de realidad enteros es muy difícil. 

Cuando te vas lejos lo ves mejor. Y ves los bocados a la realidad que le han ido pegando a la Historia de España, a su democracia, a su justicia. No solamente han ido desapareciendo territorios coloniales de la propiedad española, sino que tenemos vacíos que son intangibles pero que desembocan en lo que hoy vemos. 

La situación de España en términos de democracia, justicia y adaptación a la realidad de las necesidades del siglo XXI es alarmante en algunos casos. Evidentemente otros están peor, y hay cosas que no sólo pasan aquí. Claro. Pero resulta que las sociedades solamente mejoran si avanzan y están abiertas al cambio. En España plantear lo evidente te puede costar caro, y esto es claro síntoma de que no tenemos todavía muy bien asimilados conceptos fundamentales en democracia. Siguen algunos siendo los mismos togados que estaban durante el franquismo. Siguen algunos amasando poder cuando debieron haber sido retirados. Tenemos demasiada herencia viva todavía de la dictadura. 

Pretender pasar página cuando a la generación de mis abuelos los fusilaban, los encarcelaban y les sometían a juicios sumarios por pensar diferente, por hablar diferente es una aberración. Y España ha jugado a eso constantemente. Y lo sigue haciendo. Impone silencios, impone sus “verdades” y responde de una manera muy cuestionable cuando se le cuestiona. 

Entiendo que los catalanes defiendan su lengua. Porque además de ser parte de ellos, de su esencia, de su cultura, reaccionan ante lo que ha sido una persecución y una barbarie. Como los vascos, los gallegos. Entiendo que cuando se reprime de manera tan brutal e injusta, se genera un sentimiento de mayor protección de aquello tan perseguido. Y lo veo necesario además. 

El sistema actual en España respecto a los demás, a los que no comulgan con el propio sistema, necesita de un “reset”, de un reinicio. Los que plantan cara lo hacen apelando a Derechos Humanos, a libertades y planteamientos desde una perspectiva ética y en linea con el respeto a la discrepancia democrática. Y en este planteamiento descansan muchos de los planteamientos independentistas. No sólo el catalán, porque aunque se intenten silenciar y tergiversar sus argumentos, movimientos de respuesta al “establishment” siempre ha habido. Lo que pasa es que al ser siempre los perdedores, es como si no hubieran existido. 

Hay que salir fuera para comprobar que desde allí resulta evidente. Como ha dicho esta semana Clare Daly en el Parlamento europeo (https://www.youtube.com/watch?v=Q00ZofL-QIY).

 

¿Qué pasaría si desde fuera cada vez resultase más evidente lo que en realidad está pasando aquí? Tengo la sensación de que no tardaremos mucho en ver la respuesta a esta pregunta. 

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