¿Qué les ocurre a los españoles que la estelada les provoca tanta urticaria? La bandera estelada es la enseña que se utiliza para reivindicar un Estado catalán independiente y que, por tanto, constata que este Estado independiente todavía no existe. Es la bandera, en realidad, de todo independentista que aspira a dejar de serlo, porque el día que dejará de serlo querrá decir que el Estado independiente ya existe, y que cuando esto ocurra podrá emplear la bandera catalana clásica de toda la vida, la senyera, como símbolo del Estado catalán independiente. A los españoles, pues, debería preocuparles más la exhibición de la senyera, que, aunque ellos no lo sepan y piensen que es el emblema cualquiera de una autonomía cualquiera, es la bandera de una nación con más de mil años de historia —muchos más de los que tiene la entelequia que es España e incluso de los que tiene Castilla— que un día fue independiente y que aspira a volverlo a ser.
Es verdad, sin embargo, que en la medida en que España ha ido cerrando las puertas a las aspiraciones nacionales de Catalunya, primero por la represión de las dictaduras y después por el desprecio de las democracias, la estelada —creada a principios del siglo XX— se ha convertido en el símbolo, el estandarte, de la lucha por la independencia, y cuanto más perseguida ha sido esta causa, más vuelo ha cogido como icono de la reivindicación independentista. Han sido los propios españoles, de hecho, los que, reprimiéndola, le han dado el relieve y la significación que ahora tiene. Esto se ha notado sobre todo a partir del año 2010, con motivo del empuje que toma el movimiento independentista a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional contra el nuevo Estatut, y se ha visualizado de manera especial en momentos como el referéndum del Primer d’Octubre, el 2017; las protestas de Urquinaona, el 2019, y ahora con motivo de la agresión sufrida por un joven seguidor del Barça, que la llevaba, a manos de la policía española antes del partido contra el Elx de hace dos domingos.
La estelada no es un símbolo oficial, pero tampoco está prohibida, por lo que exhibirla es algo perfectamente legítimo
La imagen de la policía española zurrando al joven, menor de edad, dio la vuelta al mundo y provocó una auténtica tormenta política, que obligó incluso al Gobierno a actuar, o al menos a fingirlo, abriendo una investigación sobre una actuación policial impropia de una democracia, que más bien recordaba las cargas de la policía franquista, talmente como si los agentes que la protagonizaron fueran sus herederos. La estelada no es un símbolo oficial, pero tampoco está prohibida, por lo que exhibirla es algo perfectamente legítimo. Ninguna policía, por tanto, puede requisarla y mucho menos golpear a alguien porque la lleva. Hacerlo atenta contra la libertad de expresión y contra la libertad ideológica y es claramente un delito de odio contra un Grupo Objetivamente Identificable de Personas (GOIP), contra una minoría; es una muestra de catalanofobia, de xenofobia, al fin y al cabo, porque es obvio que, si el chico hubiera llevado otra bandera, no le habría pasado nada. Todo lo que no sea una sanción ejemplar del Gobierno a los agentes responsables de los abusos perpetrados demostrará realmente, pues, el tipo de Estado que es España.
Porque mucho criticar los excesos que a veces comete la policía de Estados Unidos, porque es fácil hacerlo desde la distancia y siempre queda bien meterse con el gigante norteamericano, pero al menos esta es la policía de un país inequívocamente democrático, mientras que en el caso de España no queda claro quién no es democrático, si la policía o el Estado o ambos a la vez. El resultado, como es habitual en estos casos, es que la persecución y la prohibición generan exactamente el efecto contrario y, en este sentido, desde los lamentables hechos de Elx, han vuelto a verse más esteladas por las calles, después de que su presencia hubiera descendido ligeramente en los últimos años. Como dice el dicho, si no quieres caldo, tres tazas, y así es como el siguiente partido del Barça, el pasado jueves en casa contra el Atlético de Bilbao, se convirtió en una exaltación de la estelada, con miles de banderas ondeando en el cielo de Barcelona.
El incidente de Elx no fue el primero de estas características que se producía. Hace tiempo que la policía española persigue la presencia de esteladas en manifestaciones deportivas, sobre todo en aquellas que tienen una trascendencia internacional a través de la televisión —los partidos de fútbol del Barça o el Tour de Francia, por ejemplo—, y las requisa para intentar impedir que la reivindicación de independencia de Catalunya llegue al mundo entero. El incidente de Elx no fue el primero, pero, en la medida en que la víctima de los abusos policiales era un menor, habrá que ver qué efecto tendrá, si es que tiene alguno, sobre unos responsables políticos españoles que hasta ahora siempre han mirado hacia otro lado, porque, en el fondo, la imagen de la policía española zurrando a un seguidor del Barça, es decir, un catalán, y encima regodeándose, es el resumen perfecto del trato que España dispensa a Catalunya.
Nada, sin embargo, hace pensar, a pesar de buenas palabras y cuatro palmaditas en la espalda y el movimiento tan oportunista como de cara a la galería de ERC de promover una iniciativa en el Congreso para evitar la censura y la persecución de las esteladas en espacios y eventos públicos, que algo tenga que cambiar. El Barça, en todo caso, además de promover el espectáculo masivo de esteladas en las gradas, suspendió, con buen criterio, el homenaje a los jugadores del equipo que habían ganado el Mundial de fútbol de este año jugando con España ante Argentina, que estaba previsto llevar a cabo en los prolegómenos del mismo partido contra el Atlético de Bilbao —el problema es a quién se le había ocurrido que un homenaje a la selección española pudiera ser bienvenido en el Camp Nou—, y todo ello se convirtió en una fiesta redonda del independentismo. Sin más repercusión, eso sí, que la de la imagen ofrecida.
Pero solo por la urticaria que la estelada provoca a los españoles y a los españolistas —basta con ver la reacción desaforada que tuvieron grupos ultras como ciertos sindicatos policiales o Sociedad Civil Catalana—, solo por esto, ya vale la pena exhibirla y mostrarla a todo el mundo.
