La caída de la Unión Soviética hace casi 40 años generó por todo el mundo todo tipo de expectativas y análisis, desde el famoso "fin de la historia" de Francis Fukuyama, que seguía la declaración entusiasta del entonces presidente norteamericano George Bush, según el cual nos encontrábamos ante un "nuevo orden mundial" que traería paz y prosperidad al resto del mundo, sin los enfrentamientos de las tres décadas largas de la Guerra Fría.

Naturalmente, este optimismo que afirma que la humanidad habría superado para siempre sus hábitos milenarios de enfrentamientos y luchas no se ha materializado, y hoy el mundo se encuentra en un cruce de nuevos retos entre las viejas y las nuevas superpotencias.

Porque las viejas superpotencias intentan volver a serlo y las nuevas intentan mantener su influencia. Rusia, la heredera de la Unión Soviética, ha tenido siempre nostalgia de sus tiempos de superpotencia, y la población no parece encontrar suficiente consuelo en la mejora económica que le ha traído un nivel de vida más alto, ni en las libertades democráticas que, a pesar de ser limitadas, han reducido el miedo de su población.

Con respecto a los Estados Unidos, a pesar de tener todavía la fuerza militar más potente del mundo, tiene un poder disminuido: su economía, a pesar de ser la primera del mundo tiene hoy una fuerte competencia china que amenaza con adelantarle y su poder militar recibe más y más desafíos chinos, tanto por las alianzas que la superpotencia asiática va haciendo por todo el mundo, como por el despliegue chino en sus áreas de influencia, como se puede ver hoy en las islas que va poniendo en el mar de China Meridional y que tan poco gustan a sus vecinos como Vietnam, Malasia, Filipinas o Taiwán.

Estas islas son auténticas fortificaciones militares, con túneles y armamento, que le han dado un control marítimo que los Estados Unidos intentan frenar, pero es casi imposible que lo consigan impedir.

Parece como si las que fueron las dos superpotencias del siglo XX hayan entrado en una decadencia paralela y su vacío lo hubiera llenado China, un país que para los analistas occidentales es muy difícil de entender y, en consecuencia, prever lo que hará.

Pero la tradición china, mucho más antigua, es otra y no había que esperar que copiaran nuestros modelos de desarrollo, y todavía menos que consideraran otros países como modelos

Así, por ejemplo, durante muchos años los países occidentales querían ayudar al desarrollo chino, porque aplicaban la lógica de su experiencia según la cual una buena economía traería cambios democráticos, como había pasado en el mundo que conocen en Europa y América.

Pero la tradición china, mucho más antigua, es otra y no había que esperar que copiaran nuestros modelos de desarrollo, y todavía menos que consideraran otros países como modelos: a pesar de los siglos de miseria económica y de colonización, no han perdido el orgullo de su identidad y su historia y, si se han considerado maltratados, nunca han llegado a pensar que sean inferiores.

Para Moscú, que ha dejado de ser el maestro de sus vecinos asiáticos o de la Europa oriental, como para Washington, que también ha perdido el control del mundo árabe y su petróleo, les es cada vez más difícil saber cómo tienen que tratar a China, que no para de crecer y de hacerse más rica y poderosa.

Un elemento común a las dos viejas superpotencias es su limitación económica: en el caso de Moscú, la economía ya le hizo perder la Guerra Fría cuando el presidente Ronald Reagan decidió que la carrera de armamentos traería el hundimiento de la URSS porque los norteamericanos tenían mucha más capacidad económica para desarrollar misiles y los soviéticos quedarían agotados.

Hoy Moscú utiliza la diplomacia en Irán, pero sin la influencia que puede tener China con sus inversiones y ofertas comerciales, que les permiten renunciar a hacer negocios con los occidentales y también a esperar que Pekín les ayude a desarrollar su programa nuclear.

Y hoy a los norteamericanos, que tantos comparan con el viejo imperio romano, también les pasa como como los césares de hace dos mil años, a quienes no les conviene —o no pueden— extenderse tanto: mantener presencia en Siria, Arabia, Afganistán o Iraq es demasiado caro. Mucho menos, en cualquier caso, que enviar tropas o misiles en un caso puntual.

Naturalmente, Pekín aprovecha para llenar los vacíos y no sólo vende su filosofía a los países pobres africanos o sudamericanos, sino que incluso va poniendo escuelas de prestigio en los Estados Unidos para "enseñar" a los norteamericanos cómo entender la vida.

Y no podemos olvidar Turquía, que también tiene aspiraciones para recuperar parte del poder del imperio otomano y hace excursiones diplomáticas al Oriente Próximo, por mucho que no correspondan a un país de la OTAN, y también intenta establecer puentes con África.

Ni Wahsington ni Moscú tienen motivo —ni suficiente dinero— para quejarse: la política, como la naturaleza, no permite los vacíos.

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