La mañana del 23 de febrero de 1981 se está votando en el Congreso de los Diputados en Madrid. Unos cuantos años antes, esto habría sido impensable porque un golpe de Estado militar había arrebatado hacía mucho tiempo una democracia tambaleante el 18 de julio de 1936. De repente se oyen unos gritos extraños. Poco después entran unos guardias civiles. Nadie entiende nada. Justo después, Tejero, el ínclito teniente coronel de la Guardia Civil, entra en acción. Se produce una situación digna de un sainete de Valle-Inclán. Tejero, pistola en mano, sube a la tribuna y empieza a gritar: “Al suelo todo el mundo”. Las cámaras, en un plano general, muestran el desconcierto del hemiciclo. Se ve a Tejero bajar unos escalones para encararse a un hombre mayor, con el pelo blanco, que sale del banco del Gobierno y se dirige a él increpándole. El hombre que tiene delante Tejero es el teniente general Gutiérrez Mellado, que le exige que se cuadre. Los guardias civiles lo sacuden y empiezan a oírse unos disparos. Duran unos diez segundos. Todo el hemiciclo se ha escondido detrás de los escaños. Todo el mundo se agacha menos dos hombres: el presidente Suárez y el diputado Carrillo. Se instala un silencio extraño. Tejero baja de la tribuna para intentar hacer que Gutiérrez Mellado, que no se ha inmutado ante los disparos, se arrodille. Tejero y algunos guardias civiles lo empujan físicamente, varias veces, pero el general se resiste y finalmente Suárez lo convence de que se siente a su lado. Han pasado poco más de un minuto y treinta segundos. Así empezó y prácticamente terminó el golpe de Estado del 23F. La crónica de los hechos y de las conspiraciones ha quedado descrita de maravilla en el magistral libro de Cercas Anatomía de un instante. Entre realidad y ficción, poca cosa más llegaremos a saber, aunque se vayan desclasificando papeles más o menos trascendentes.

Todo queda resumido en los gestos de aquellos instantes. El agresor, un Tejero precursor de Torrente, triste copia del general Tapioca del Tintín en América, se muestra con una chulería difícilmente creíble en un entorno de golpe de Estado. No hay muertos; ni se esperan. Los disparos son puramente intimidatorios. La graduación de Tejero, bajísima. El número de guardias, irrisorio. Y al cabo de pocos minutos todo el mundo vuelve a estar sentado. Se parece más a una travesura que a un acto de violencia institucional. Pero con la democracia aún incipiente, nadie las tiene todas. Tejero se enfrenta como un quinqui a Gutiérrez Mellado, un auténtico militar vestido de civil, vicepresidente del Gobierno con Suárez, y artífice del cambio de orientación del ejército. Tejero, el rebelde nacido en 1932, no había hecho la Guerra Civil. Gutiérrez Mellado sirvió en el bando franquista como capitán. Ahora opta sin dudas por la democracia. Representa al ejército constitucional que quiere servir al poder civil. Su pugna con Tejero por quedar de pie la gana él. En esta imagen, en este intento de hacerlo caer casi ridículo, se puede resumir el golpe de Estado: el ejército de Gutiérrez Mellado no lo avala. De hecho, el ejército de los “Tejeros” emprenderá poco tiempo después el camino de la disolución bajo la supervisión de la OTAN.

Ni el ejército constitucional, ni el Gobierno, ni el pueblo se arrodillan

Pero hay más simbolismos en aquel minuto, en aquel instante. Dos personajes no se esconderán, continuarán sentados con dignidad. Dos representantes de la democracia: el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y Santiago Carrillo, uno de los más emblemáticos representantes del pueblo, concretamente del PCE, uno de los partidos históricos más beligerantes durante el antifranquismo. La dignísima actitud del presidente del Gobierno simboliza que el Gobierno no se doblegó. Como tampoco lo hizo el genuino representante del pueblo, Carrillo. Ni el ejército constitucional, ni el Gobierno, ni el pueblo se arrodillan. El golpe, desde el primer minuto, está condenado al fracaso. Como así acabó siendo. Unas imágenes, en este caso, que valen más que mil palabras. Unos instantes para la posteridad.

Queda por juzgar el papel del rey Juan Carlos. No toca ni aquí, ni a mí, ni ahora hacerlo. Yo me quedo con la respuesta telefónica de aquella noche a nuestro president Pujol, inmortalizada por La Trinca: “Tranquilo, Jordi, tranquilo”. Hasta aquí puedo leer.

Me resisto a terminar el artículo sin una pequeña anécdota personal que me emociona, y que solo los boomers que hayáis hecho la mili sabréis entender. En el verano del 87 yo estaba haciendo el período de prácticas de alférez en Sant Climent y los fines de semana que podía me iba a la casa de mis padres, en Vilademuls. Me tocaba volver a una guardia y, vistiendo el uniforme, en la puerta de la masía me encuentro a un grupo de amigos de mis padres. Entre ellos, sorpresa…: ¡el general Gutiérrez Mellado! Me faltó tiempo para cuadrarme y dirigirme a él con el formalismo debido: “A la orden de vuecencia, mi general, se presenta el alférez Pedret”. No era sobreactuado, era lo que tocaba. El hombre, muy amable, me respondió: “¡Hombre, muchacho! ¡Descansa! ¡Tú eres el hijo de Adela! ¿Cómo te va por Sant Climent?”. Y tuve el privilegio de hablar con él. Todo esto os puede sonar a batallitas, pero, si tenemos que tener militares para defendernos a nuestro lado, y me temo que no vamos por buen camino, que sean como el general Gutiérrez Mellado.