Cuando en 1979 la Generalitat, acabada de restaurar de manera provisional tras la muerte de Franco, recibió de Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha (FEVE) el traspaso de Ferrocarriles de Cataluña (FCC) —conocidos popularmente en el Vallès como el eléctrico o sencillamente como los catalanes—, la compañía que unía Sabadell y Terrassa con Barcelona era un poema. No funcionaba nada, los trenes se estropeaban cada dos por tres, las vías y las catenarias se aguantaban por la quietud, las estaciones estaban dejadas de la mano de Dios, los retrasos eran habituales. Nadie habría dado ni un duro por una empresa que era deficitaria y que, en definitiva, era una ruina en todos los sentidos.
El Estado español se quitó el muerto de encima —que le había llegado al quebrar la sociedad privada que explotaba el servicio en 1977— y el 7 de noviembre de 1979 lo endosó a la Generalitat para que se espabilara. Era un traspaso envenenado. Dos meses antes, el 5 de septiembre, se había constituido Ferrocarrils de la Generalidad de Catalunya (FGC) —la primera empresa pública que creaba la Generalitat— para gestionar precisamente los ferrocarriles de vía estrecha de titularidad pública en Catalunya. En aquel momento, parafraseando a Miquel Martí i Pol, todo estaba por hacer y todo era posible. Y después de muchos años de trabajos y de inversiones multimillonarias, aquella depauperada línea del Vallès se convirtió en modelo de buen funcionamiento de un servicio público, que hoy, si nadie no lo estropea, aún perdura. En paralelo, la empresa que había hecho posible el milagro, FGC, crecía de manera ejemplar y se convertía en una marca referente de éxito reconocida en todas partes por su contrastada buena gestión.
Si FGC hubiera podido gestionar íntegramente la totalidad de la red ferroviaria de Catalunya —que en un Estado auténticamente descentralizado es lo que correspondería a la Generalitat como gobierno regional—, nadie duda de que el servicio de Rodalies, de regionales y de media distancia, que ahora tan deficientemente presta Renfe, funcionaría mucho mejor. Pero ni los diferentes gobiernos españoles han querido transferir nunca esta competencia ni los diferentes gobiernos catalanes han tenido nunca la habilidad de conseguirla. Entre el traspaso fantasma de 2009, que solo sirvió para catalanizar el nombre de Cercanías a Rodalies, y el supuesto traspaso actual pactado entre ERC y el PSOE, que de integral no tiene nada en la medida en que el nuevo gestor es una empresa mixta en la que la mayoría la tiene Renfe y no la Generalitat, han pasado diecisiete años en los que el servicio no ha hecho más que deteriorarse. En este tiempo, en España han mandado tanto el PP como el PSOE y en Catalunya han gobernado JxCat (antes CiU y PDeCAT), ERC, Comuns (antes ICV) y PSC.
Los responsables principales son los titulares de las infraestructuras afectadas, en ambos casos el Estado español
¿Qué ha sucedido de verdad durante todos estos años? Pues que el Estado español no ha cumplido ninguno de los compromisos adquiridos de inversión en infraestructuras en Catalunya —los datos de ejecución presupuestaria no llegan ni a la mitad de lo que se había acordado— y que la Generalitat ha sido incapaz de cuadrarse y forzar a que los cumpliera. Entonces, cuando ocurre un accidente ferroviario como el de Gelida, que, además de causar un muerto, deja al país sin los servicios que presta Renfe y obliga a cerrar una de las principales vías de comunicación con Europa como la autopista AP-7, es cuando queda claro que la culpa es de la falta de inversión en mantenimiento, en conservación, en hacer las cosas bien hechas y que los responsables principales son los titulares de las infraestructuras afectadas, en ambos casos el Estado español y, por tanto, los gobiernos españoles de turno y, por tanto, el PP y el PSOE, incluido también el PSC como mera gestoría en Barcelona de la sede central de la calle Ferraz de Madrid.
Pero corresponsables lo son igualmente los que durante todo este tiempo han permitido que el PP y el PSOE se pasaran por el forro los compromisos con Catalunya, los que pese a incumplir un año tras otro las inversiones presupuestadas los han vuelto a apoyar una y otra vez, y estos son básicamente JxCat y ERC, más allá del lastimoso papel habitual jugado por los Comuns como equidistantes, de los que cuando llega la hora de la verdad nunca te puedes fiar. Situados en este punto, de nada sirven los aspavientos de Carles Puigdemont y de Oriol Junqueras exigiendo dimisiones y clamando justamente contra el Govern del PSC por la sensación de un país que se cae a trozos que ha quedado en Catalunya a raíz del accidente de Gelida y de las consecuencias que se han derivado, como culminación de un proceso de decadencia que no parece que tenga freno. Que no sufran, que el PSC sale muy malparado de este episodio, después de haber sembrado él solito, como gestoría servil y obediente de la colonia [ver "La gestoría de la colonia" de ElNacional.cat del 16-12-2025], el caos y la confusión en un servicio que de natural ya es pésimo y de haber acentuado la indefensión de los usuarios, porque ha suspendido de manera estrepitosa en aquello de lo que siempre ha alardeado tanto: la gestión.
Los líderes de JxCat y de ERC, sin embargo, pueden ahorrarse el discurso demagógico de volver a reclamar a bombo y platillo el traspaso de Rodalies
Los líderes de JxCat y de ERC, sin embargo, pueden ahorrarse el discurso demagógico de volver a reclamar a bombo y platillo el traspaso de Rodalies cuando resulta que cuando han tenido la sartén por el mango ante los partidos españoles no solo han sido incapaces de plantarse para alcanzarlo, sino que les han dado carta blanca para seguir haciendo lo que quisieran. Está bien que ahora acusen al PSC de incompetencia, de dependencia, de sumisión y de lo que más convenga, pero que vigilen que alguien no les recuerde que son los calificativos que podrían aplicarse ellos mismos cuando gobernaron y cuando no tuvieron ni siquiera la valentía de cambiar de operador y quitarle el servicio a Renfe y pasarlo a FGC. Y que después de esto ahora llamen a la gente a movilizarse y a salir a la calle —la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y el Consell de la República convocan una manifestación el 7 de febrero en Barcelona— para que les saquen las castañas del fuego y hagan el trabajo de oposición a los gobiernos catalán y español que ellos no han hecho, dice muy poco de su capacidad política. El catalán hace muchos años que está cabreado y todavía espera que los partidos que se suponía que tenían que canalizar su malestar y en los que confió, y que tanto lo decepcionaron, como mínimo se disculpen, no que le vengan con exigencias.
Aparte de que, por mucho que sea cierto que en manos de la Generalitat los trenes de Rodalies, de regionales y de media distancia irían mejor, asumir completamente la transferencia en el estado en que se encuentra actualmente la infraestructura y sin la financiación adecuada, sin disponer de los casi 25.000 millones de euros —equivalentes a prácticamente el 10% del PIB— de déficit fiscal que, según las últimas estimaciones, cada año vuelan a las Españas y no regresan, sí sería la ruina definitiva para el país, porque costará Dios y ayuda rehacerla y devolverla a la normalidad. Claro que, en la lógica autonómica en la que están instalados tanto JxCat como ERC, el objetivo es tener el traspaso, pero sin olvidar que, al margen del juego político, quien más se opondrá será, como buen cuerpo funcionarial que se ocupa de mantener el orden establecido de un Estado catalanófobo, el personal de Renfe —como el de Aena se ha opuesto siempre al traspaso de la gestión de los aeropuertos—, como lo demuestra que, con la excusa del fallecido del accidente en Catalunya, los maquinistas se plantaran y, en cambio, con los cuarenta y cinco muertos del accidente de Córdoba, no dijeran ni pío.
Pese a todo ello, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras deben ser conscientes, en todo caso, de que, si ahora el PSC gobierna en la Generalitat, es gracias a su incomparecencia el día después del 27 de octubre de 2017, y que, si hoy Catalunya toca fondo en todos los sentidos, es la consecuencia de no haber construido el país nuevo que habían prometido. Entonces, el 1 y el 3 de octubre, todo estaba por hacer y todo, todavía, era posible, pero después de aquel descalabro no solo todo quedó por hacer, sino que mucho de lo que se había hecho antes se ha destruido. Y ahora todo sigue por hacer, pero, tal y como están las cosas en estos momentos, la realidad es que, al contrario de lo que decía el poeta de Roda de Ter en "Ahora mismo", todo es imposible.
