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Hasta hace no mucho, las razones para que un presidente o primer ministro convocara elecciones anticipadas eran la pérdida de la mayoría parlamentaria o, lo que es lo mismo, la incapacidad política de aprobar unos presupuestos. Es decir, que en las condiciones que antes se consideraban normales, Pedro Sánchez debería haber convocado elecciones hace más de un año. Si no lo ha hecho es porque la correlación de fuerzas parlamentarias impide construir una mayoría alternativa que le haga caer. Ningún líder convoca elecciones anticipadas para perderlas. Si hasta ahora Sánchez ha resistido como ha podido, también evitará tanto como pueda convocarlas ahora que es su peor momento para hacerlo.

El estallido del caso Zapatero y el caso Leire Díez, además de todo lo demás, deja claro, pese a la ley de Murphy, que a Pedro Sánchez, surja lo que surja, que surgirá, desde el punto electoral las cosas ya no le pueden ir muy a peor, así que resistir parece la opción más probable, dado que mientras hay vida hay esperanza.

No hace falta decir que, desde un punto de vista democrático, la situación es escandalosa. Con todo el sarcasmo del que es capaz, Pedro Sánchez argumentó, justo después de reunirse —no de confesarse— con el Santo Padre, que no convocará elecciones porque la estabilidad es un bien que hay que preservar. Lo que no aclaró es de qué estabilidad habla, si no es capaz de llevar a cabo ninguna iniciativa política, ni ninguna ley o reforma que el Congreso no le tumbe. Gobernar, en estas condiciones, consiste en aprovechar el poder ejecutivo y dedicar todos los esfuerzos a la propaganda, ahora con Gaza, ahora con Irán y con lo que convenga.

Si hasta ahora Sánchez ha resistido como ha podido, también evitará tanto como pueda convocar elecciones ahora que es su peor momento para hacerlo. Una rebelión interna en el PSOE, instigada desde fuera, es lo que definitivamente obligaría al presidente del Gobierno a adelantar los comicios.

Esto sería insostenible en cualquier circunstancia, así que lo que lo hace posible es que estamos en una circunstancia insólita, sin precedentes. La derecha y la extrema derecha han intentado organizar protestas en la calle contra Pedro Sánchez que no han tenido demasiado éxito. La campaña “de acoso y derribo” contra el presidente del Gobierno es brutal, por tierra, mar y aire, no solo por parte de los partidos de la oposición, también de los poderes del Estado, jueces, policías y, sobre todo, medios de comunicación. No todo es verdad absoluta, pero hay que decir que han encontrado suficiente material al que aferrarse.

A pesar de ello, y con todo lo que está cayendo, las encuestas mantienen todavía a Sánchez como un líder político mejor valorado que sus contrincantes directos. Ciertamente, su Gobierno supera el 60 % de desaprobación, más o menos el mismo rechazo que genera una posible mayoría alternativa. Sánchez aguanta no por sus méritos, sino porque, pese a la consigna de José María Aznar, una parte considerable de la sociedad, aun con su insatisfacción política, no está dispuesta a mover un dedo para que vuelvan las derechas al Gobierno. Estamos, pues, ante una crisis global de un sistema que tampoco tiene una alternativa factible, porque la República tampoco está al caer.

La incógnita inmediata es la capacidad de resistencia de Pedro Sánchez. Los hasta ahora aliados parlamentarios marcan distancias para no contaminarse, incluso seguirán rechazándole leyes y decretos, pero tampoco harán nada para hacerle caer. Lo que dice ahora el PNV responde a intereses estrictamente vascos y Junts no tiene nada que ganar en esta partida. PP y Vox seguirán exigiendo elecciones como han hecho desde el inicio de la legislatura, pero Sánchez no les hará caso. El principal adversario Sánchez lo tiene en la UDEF, en la UCO y podría surgirle desde dentro de su propio partido.

La UDEF ya ha demostrado con el informe del caso Zapatero su voluntad persecutoria con una estrategia mediática inequívocamente inculpatoria. La divulgación mediática de las fotografías de unas joyas, que de momento no aportan ninguna novedad sólida a la investigación, tiene como intención hacer llegar a la opinión pública la idea, gráficamente impactante, de que Zapatero escondía un botín como suelen hacer los atracadores. Si esa es la intención policial, puede esperarse cualquier otra maldad en cualquier momento.

Si las conspiraciones no prosperan, la hipótesis más factible es que el presidente adelante las elecciones solo un par de meses, convocándolas para el 23 de mayo del año que viene, coincidiendo con las municipales y algunas autonómicas, lo que sería la manera de movilizar a todas y cada una de las agrupaciones del partido para librar la gran batalla contra la derecha en todos los rincones del país

Por ahora, el caso Zapatero ha servido para que Felipe González vuelva a intervenir para pedir elecciones anticipadas y Emiliano García Page actúe a remolque. González fue fundador principal del sistema acordado en la Transición para que quedara “todo atado y bien atado”, como previó el dictador y tan bien les fue. Ahora considera que Sánchez ha roto la hoja de ruta del 78 con los pactos con Podemos y los independentistas. González y la vieja guardia del PSOE ya descabalgaron a Sánchez una vez y no han dejado ni dejarán de volver a intentarlo.

Page y otros exdirigentes socialistas forman parte de una conspiración interna en toda regla, cuyo éxito dependerá también del trabajo de la UDEF y de cómo se mueva la correlación de fuerzas dentro del PSOE. De momento, los críticos son pocos y con escasa influencia. A Sánchez no le fallarán los aliados y ya se ha preocupado de asegurarse un grupo parlamentario de fieles, pero suele ocurrir que las ratas abandonan el barco antes de que se hunda y nunca puede descartarse que algunos diputados sueñen con un futuro más garantizado cambiando de bando. Pero las bases socialistas ya saben que González y su corifeo prefieren que gobierne Feijóo en vez de Sánchez.

Una rebelión interna, instigada desde fuera, es lo que definitivamente obligaría al presidente del Gobierno a adelantar los comicios. Si eso no prospera, la hipótesis más factible es que Sánchez, si puede, aguante y adelante las elecciones solo un par de meses, convocándolas para el 23 de mayo del año que viene, coincidiendo con las municipales y algunas autonómicas, lo que sería la manera de movilizar a todas y cada una de las agrupaciones del partido para librar la gran batalla contra la derecha en todos los rincones del país.