Tal día como hoy del año 1806, hace 220 años, el regimiento Miquelets de Catalunya (también y oficialmente, Miñones de Cataluña), formado por 120 voluntarios civiles armados procedentes del barrio catalán de Montserrat, en Buenos Aires, se situaba en el atrio del templo de San Francisco (al sur de la trama urbana de la ciudad colonial y actualmente calle Adolfo Alsina) y completaba el asedio sobre el fuerte Baltasar de Austria (situado a trescientos metros al sur, sobre la actual Plaza de Mayo), tomado por las tropas británicas. Durante la misma jornada —y de forma simultánea—, el resto de milicias civiles de la ciudad (gallegos, canarios, vascos) se habían atrincherado alrededor del castillo con el objetivo de acorralar al ejército británico. Ocho días después (20 de agosto), los británicos, incapaces de romper el asedio, se rendían y abandonaban la ciudad.
Aquel regimiento catalán estaba exclusivamente formado por vecinos del barrio catalán de Montserrat (situado al suroeste de la trama urbana colonial). La gran mayoría de estos vecinos eran comerciantes y se dedicaban a la compra al por mayor de materia prima destinada a la industria textil catalana (algodón en bruto, lana en bruto, cochinillas para tintar la ropa), que enviaban a las fábricas de Barcelona, Reus y Mataró, y a la venta al por menor de la manufactura textil resultante (principalmente, indianas) y de aguardientes de calidad elaborados en Reus. La balanza comercial de esta actividad, claramente favorable a los comerciantes catalanes, generaría las primeras acumulaciones de capitales que impulsarían la posterior revolución industrial catalana.
Este regimiento catalán estaba dirigido por Rafael Bofarull (comerciante de alcoholes de Tarragona) y por Josep Grau (fabricante de alcoholes de Reus y proveedor de Bofarull). Estas dos personalidades tenían un gran ascendente en su comunidad y habían cultivado una estrecha amistad con Martín de Álzaga, en aquel momento, alcalde de Buenos Aires. Álzaga, originario de Bera (Navarra), había llegado unos años antes a la capital del virreinato de Río de la Plata siendo un niño huérfano de 7 años, que el párroco de su pueblo había enviado a Buenos Aires para que unos parientes se hicieran cargo de su crianza. Álzaga había llegado a Buenos Aires sin hablar castellano (solo hablaba euskera), pero, dotado de una extraordinaria inteligencia natural, había sido capaz de construir un imperio comercial.