Esta semana se ha evidenciado que Isabel Díaz Ayuso tiene un plan muy claro sobre cómo debe ser, demográficamente, la Comunidad de Madrid que preside. Ayuso quiere resucitar el sueño erótico de Aznar de convertir España en un país de 60 millones de habitantes nutrido básicamente de una inmigración latinoamericana y con Madrid como macrocapital cefalópoda, que se parecería más a un Madrid DF que a una capital europea. Para llevar a cabo este proyecto, el PP no disimula que pondrá todos los obstáculos del mundo a personas venidas del Magreb, África subsahariana o Pakistán, pero extenderá una alfombra roja a quien proceda de Honduras, El Salvador o República Dominicana.
El gran laboratorio social del PP en Madrid consiste en combinar llegada de inmigrantes para promover el crecimiento económico, pero que sean latinoamericanos porque reúnen una doble condición de gran adaptabilidad a la España que sueña el PP: que hablan castellano y que tienen una fuerte devoción católica. Por eso, el papel de Ayuso con la inmigración, y por extensión arrastrando al PP, está en la equidistancia entre la xenofobia de Vox y la regularización promovida por el PSOE, que no distingue entre extranjeros nacidos en Rabat (los denostados), o los nacidos en Caracas (los deseados).
El sueño del PP no es la prioridad nacional de Vox sino la prioridad hispana
Así las cosas, Vox ha logrado colar con éxito mediático la expresión "prioridad nacional" que, ciertamente, ha calado porque no le hacen falta muchas explicaciones en unos tiempos en los que la extrema derecha ha logrado equiparar brevedad del mensaje con tener la razón y la extrema izquierda aplaude tener un buen tiktok a un buen plan de bibliotecas. La "prioridad nacional", sin embargo, ha chocado con la CEOE y la Conferencia Episcopal, que ven en los latinoamericanos mano de obra unos y feligreses los otros. Y es en estos dos importantísimos actores, la patronal y la iglesia, donde el PP ha encontrado el consuelo argumentativo para transitar en esta equidistancia.
Porque —que nadie se engañe— allí donde se siente cómodo el PP no es con la "prioridad nacional" sino con el círculo inmediatamente superior, que es "prioridad hispana". Este es el auténtico proyecto político del PP para España y este sí que es importante señalar por varios motivos: el primero porque Vox no ganará nunca unas elecciones en el Estado, pero el PP sí y, por lo tanto, tiene más visos para ser aplicado. Y el segundo, y más preocupante para Catalunya, es que el proyecto hispano no es solo para Madrid, sino para todo el Estado, con todas las consecuencias políticas, sociales y lingüísticas que esto puede comportar.
Que en Catalunya se apliquen criterios lingüísticos en la regulación de inmigrantes tiene más consenso social del que dice el relato oficial
Que Madrid se inunde de cientos de miles de personas que tienen el castellano como lengua principal (“a nosotros nos gustan todos los acentos” decía cínicamente Ayuso hace unos días) no supone, antes al contrario, ningún riesgo para la lengua castellana. Que a Catalunya lleguen cientos de miles de personas que hablan castellano y a quienes se les ha dicho, se les dice y se les dirá que con el castellano pueden vivir perfectamente en cualquier punto del Estado, comporta unas dificultades de integración por parte del recién llegado y situaciones de conflictividad con los autóctonos. Por eso, cuando se habla de estructuras de Estado, es lógico que Catalunya quiera disponer junto con la salud, la enseñanza o la seguridad pública, las mismas herramientas que cualquier Estado para decidir con qué criterios se regula la llegada de inmigrantes, una cuestión, la de la regulación, en la que hay más consenso social que el que se exhibe en determinados relatos políticos o mediáticos.
Esta semana se ha estrenado Català fàcil en la plataforma 3Cat, con emisión también por el Canal 33, y sobre todo, por YouTube, Spotify y toda cuanta red llegue a los móviles y tabletas de quien vive en Catalunya. Estructuras de estado también es esto: aprovechar los órganos de decisión política y, con los recursos limitados que haya, posibilitar una herramienta para quienes quieren aprender el catalán. Es evidente que con proyectos como Català fàcil no es suficiente para hacer aumentar el uso social del catalán (y más teniendo en cuenta el multiespectro de lugares de procedencia de los recién llegados), pero todavía es menos constructivo que no se haga nada o —todavía peor— que se haga y que los mismos catalanohablantes (a quienes no les hará falta consumirlo porque ya lo hablan) lo critiquen porque ñi, ñi, ñi. Porque mientras en Catalunya le encontramos peros a proyectos como el Català fàcil, nadie se pregunta por qué motivo a Telemadrid nunca le será necesario tener que hacer un programa que se llame Castellano fácil.