La acumulación de saraos en la política catalana ha hecho coincidir la conmemoración de los dos años del Govern Illa con la breve (como todo lo que hace el 130) aparición fantasmagórica de Carles Puigdemont en el Arc de Triomf de la capital. En cuanto a lo primero, Illa pudo irrumpir en la plaza de Sant Jaume gracias al artículo 155, a la abstención de los independentistas que ya no creíamos en las formaciones procesistas y también a la ayuda de las élites barcelonesas; pero ni la nueva pax autonómica por la que se desvivían La Vanguardia o Foment le ha servido para esconder las deficiencias de una administración que tiene enfadados a profesores, médicos, bomberos, usuarios de Rodalies, conductores de la AP-7... y una serie inacabable de colectivos. El 133 había entrado con buen pie en el púlpito de los molthonorables, anclado en un perfil de humanista cristiano trabajador; sin embargo, en vodeviles como el desbarajuste de los informes PISA (donde se demostró que la consellera Niubó había mentido a los ciudadanos), su liderazgo estuvo del todo ausente.
Desde su estrepitosa derrota en las primarias de alcaldable que Junts celebró en Barcelona, habíamos anotado pocas palabras de Carles Puigdemont. Hasta hace días, cuando el expresident publicaba fotos inéditas de su pequeña fuga a Barcelona, en compañía de un texto donde todavía justificaba la perpetración del numerito (que, como ya escribí en su momento, acabaría comprometiendo a los Mossos de alguna u otra forma): "Quería recordar de dónde venimos, y desde esta experiencia y perspectiva advertir de la deriva que emprendería el país a partir de la presidencia del gobierno más españolista de la historia". La realidad, como sabe el propio Puigdemont, es que el president volvió muy brevemente (para largarse de nuevo y no presentarse en el Parlament como había especulado que haría, decepcionándonos as usual) no para retratar a los socialistas, que ya lo hacen solos, sino para mantener su poder simbólico y confrontar así a los convergentes que querían acabar de insertar a Junts en el marco autonómico.
Cuando el independentismo baja el listón y se ajusta a las necesidades del Estado al final todo el mundo acaba dependiendo de sus rivales de una forma enfermiza, aunque sea para poder seguir mamando de las sobras del régimen del 78
Últimamente, y gracias a la clarísima sentencia del TJUE sobre la adecuación de la amnistía a la recta ley continental, la convergentada ha vuelto a practicar su deporte favorito: especular por enésima vez con el regreso del president. Servidor conoce muy bien al homo putairamonetensis, y mis doctos lectores podrán comprobar cómo la mayoría de los articulistas de la cuerda ya han comenzado a promulgar la idea según la cual el exilio ha sido un éxito en la internacionalización del procés. Los argumentos son tan delirantes —y, en la mayoría de los casos, pesadísimos— que se los ahorraré, pero ya pueden imaginar que se fundan en intentar hacer olvidar el incumplimiento de los exiliados de defender el 1-O y la posterior minideclaración de independencia, para acabar comprando el marco procesista-español de la amnistía (la cosa vendría a decir lo siguiente: no hemos conseguido la libertad, pero, ay, hemos hecho enrojecer a los españoles ante Europa).
Sea como sea, el relato de los puigdemontistas en cuanto al exilio acaba coincidiendo con aquellos políticos que tuvieron que aceptar la amnistía forzosamente, como el mismo Salvador Illa. De hecho, los caminos del 130 y del 133 están condenados a encontrarse; el primero querría volver al país para reclamar la continuidad de su presidencia, a pesar de la represión, y el segundo querría tener aquí a su antecesor para demostrar que la España constitucional, a pesar de los tropiezos de los jueces, ha sabido tener clemencia con los sediciosos. Pero la ironía de este encuentro de intereses todavía es más cruel; en términos puramente electorales, Puigdemont sabe que Junts solo podría sobrevivir con dignidad si él es candidato (o si anda por el país haciendo meetings), mientras que a Salvador Illa ya le iría bien que Puigdemont lo salvara a base de matizar el auge de Aliança Catalana, un crecimiento que, a medida que pasan los días, pinta mucho más oceánico.
Todo esto no es nada extraño, pues demuestra por enésima vez que cuando el independentismo baja el listón y se ajusta a las necesidades del Estado al final todo el mundo acaba dependiendo de sus rivales de una forma enfermiza, aunque sea para poder continuar mamando de las sobras del régimen del 78. Pero así como cuando aquellos que salen al campo a empatar acaban perdiendo, les aseguro que quien acostumbra a salir solo a salvar el cuello, y más aún si depende de una alteridad cada día más debilitada, acaba enterrado bajo un córner. ¡Vaya si veremos, ya se lo digo ahora, alianzas extrañas y solidaridades misteriosas…!
