Pedro Sánchez subió el miércoles a la tribuna del Congreso y pronunció el nombre de Iker Jiménez. Lo hizo dos veces. Lo acusó de seguir “un patrón habitual de desinformación, de generar odio, de bulos, de tratar de dividir a la sociedad” y remató con un desprecio que le salió del alma: “Es muy triste, porque incluso Iker Jiménez tiene audiencia, hay gente que está dispuesta a creerse cualquier cosa”. Esas palabras, señores, quedan en el Diario de Sesiones. En las actas del Congreso. Para siempre. Como documento oficial del Estado español. Un presidente señalando con nombre y apellidos a un periodista desde la máxima tribuna de la soberanía popular. Díganme en qué democracia europea hemos visto algo así.
Risto Mejide reaccionó ese mismo día desde su programa: “Cualquiera que ataque la libertad de expresión, de información recogida en nuestra Constitución, nos va a encontrar enfrente. Empezando por el presidente del Gobierno. Señor Presidente, hasta aquí hemos llegado”. Susana Díaz, compañera de partido de Sánchez, socialista de carné, dijo algo que debería hacer reflexionar a los suyos: “No me ha gustado. El presidente del Gobierno no debe, ni en la tribuna del Congreso ni en ninguna tribuna, señalar a ningún medio. Es innecesario y no está acorde con la representación que ostenta”. Cuando hasta los tuyos te dicen que te has pasado, quizá deberías escuchar. Pero Sánchez no escucha. Nunca escucha.
Lo de Óscar Puente ya ni sorprende. El ministro que utiliza las redes sociales como patio de colegio respondió a la invitación que Iker le hacía a Sánchez publicando capturas de tuits antiguos del periodista sobre la DANA, acompañadas de un “Creemos mucho en nuestras instituciones” cargado de esa soberbia que le caracteriza. Puente, que bloquea a periodistas que le incomodan y que confunde el sarcasmo con el argumento, actuando como matón digital del Gobierno.
Pero lo verdaderamente escalofriante llegó después. Pablo Iglesias, desde el programa Malas Lenguas de TVE —sí, de la televisión pública que pagamos todos—, soltó esto: “Es un tipo que básicamente hacía comunicación hablando de ovnis, de exorcismos y de milagros. ¿Puede tener sentido que un tipo que ha ganado dinero hablando de ovnis pueda hablar de cuestiones de política serias?”. Y en su perfil de X remachó: “¿Tiene sentido que un ‘comunicador’ especializado en ovnis y exorcismos pueda hacerse pasar por un periodista serio? ¿Tendría sentido que un curandero atendiera en un hospital? Ojalá se hicieran leyes para protegernos de la manipulación”.
Léanlo bien. Iglesias pidió textualmente que los grupos parlamentarios hagan “una ley de medios que nos evite tener que escuchar a los de los ovnis o los curanderos haciendo información política”. Y se quedó tan ancho: “No permitir que se mienta no es censura, es autodefensa democrática”. Autodefensa democrática, lo llama. Legislar para decidir quién puede hablar en televisión y quién no, lo llama autodefensa democrática. Un exvicepresidente del Gobierno pidiendo desde un plató público que el Parlamento determine qué periodistas son aptos para informar sobre política y cuáles deben ser expulsados del espacio público. Artículo 20 de la Constitución: “Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones” y “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. Y añade, para que no quede ninguna duda: “El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa”. Ningún tipo. Ninguno. Ni siquiera el que Iglesias quiere disfrazar de higiene democrática.
Porque recordemos quién es Pablo Iglesias. El mismo que durante la pandemia sostuvo que quienes ejercieran su derecho legal a no inocularse no deberían ser atendidos por la Seguridad Social. El que defendió que había ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda según obedecieran o no. El que salió corriendo cuando la cosa se puso fea. El que montó un partido donde el nepotismo y el enchufismo fueron norma (pregúntenle a los que vivieron aquello por dentro), y el que, junto a Irene Montero, ha protagonizado algunos de los discursos más incoherentes y autoritarios que se recuerdan en la política española reciente. No me voy a extender, porque ya lo conocemos todos. Pero que nadie olvide de dónde viene la lección de democracia.
Y todo esto, ¿por qué? Por Bonaire. Porque necesitaban un culpable con cara. Alguien a quien colgarle el cartel de “rey del bulo” para tapar lo que de verdad pasó. Y lo que pasó merece que nos detengamos, con datos y con fechas, porque ahí está la trampa. El 2 de noviembre de 2024, un reportero de La Sexta se plantó frente al parking inundado de Bonaire y dijo, citando a la UME: “La UME ha entrado, ha reconocido el terreno. Le hemos preguntado sobre la posibilidad de encontrar a gente o cuántos cadáveres puede haber en el interior. Nos hablan de una cifra indeterminada. Lo que están haciendo ahora mismo, después de entrar, visualizar y de ver algunos cadáveres, es anotarlo y esperar la orden judicial para poder moverlos”. La Sexta. No Iker Jiménez. La Sexta, con fuente directa de la UME.
Ese mismo fin de semana, El País publicaba que la UME había “constatado la presencia de coches y de posibles víctimas” tras una primera inspección con kayaks y buzos. El Español titulaba sobre los “submarinistas de la UME” que “buscan posibles víctimas” en el parking. Eldiario.es recogía el miedo a que “el garaje se hubiera convertido en una trampa mortal” y mencionaba que en redes se hablaba “sin pruebas, de 250 muertos o más”. El Plural informaba de la incursión de la UME con “zódiacs, buzos y kayaks”. RTVE fue actualizando desde la preocupación inicial hasta confirmar, el 5 de noviembre, que no se habían encontrado víctimas tras explorar el 99% del aparcamiento. Todos publicaron. Todos. Porque las fuentes eran las mismas. Hubo miembros de la UME que se dirigieron a los medios y trasladaron un cuadro dramático de lo que supuestamente estaban encontrando. Algunos de esos testimonios han sido verificados como procedentes de personal militar real. Después, cuando el balance oficial habló de cero víctimas en Bonaire, esas mismas personas dijeron no tener permiso para hablar y se remitieron al protocolo. Y desaparecieron. ¿Alguien ha investigado por qué dijeron lo que dijeron? ¿Quién les dio instrucciones? ¿Qué información exacta trasladaron a cada medio y cuándo? No. Eso no interesa. Lo que interesa es cargar contra Iker.
Porque sí, Iker cometió un error. Escribió un tuit desde su casa, indignado por lo que le estaban contando tres fuentes (UME, Guardia Civil y forenses), en el que decía: “En el parking de Bonaire hay muchos cuerpos, muchos cuerpos. Muchos”. Lo ha reconocido. Ha explicado el contexto. Ha pedido perdón públicamente, mirando a cámara: “Fui un poco irresponsable. He aprendido la lección, intentaré ser mucho más escrupuloso. Intentaré desconfiar de todas las fuentes”. Y ha dejado claro, con la hemeroteca en la mano, que en Horizonte nunca se habló de “1.000 muertos ni 700 muertos”, que lo que trasladó Carmen Porter en antena fue lo que un cámara del equipo había escuchado a guardias civiles, que describían el parking como “un infierno”, y que fue el propio equipo de Iker el que dio las primeras noticias de que se estaban revisando coches y no aparecían cadáveres.
¿Y La Sexta? ¿Ha pedido perdón por lo que dijo su reportero citando a la UME? No. ¿Y Eldiario.es? ¿Y RTVE? ¿Y El Plural, que, como el propio Iker ha documentado, publicó exactamente lo mismo y tres días después se sumó al señalamiento? Ninguno. Lo que han hecho es borrar sus huellas y apuntar todos al mismo sitio al que apunta el presidente. Iker lo dijo con la claridad que lo caracteriza: “No les pongo cortes de televisiones nacionales con los periodistas hablando de que eso era un cementerio. Es que todos los demás también lo han dicho, de eso no se preocupa nadie”.
Siempre funciona igual: se fija un relato, se destruye al que lo cuestiona, y cuando la realidad desmonta la versión oficial, se pasa página sin pedir perdón
Esto es un patrón. Lo vimos con la pandemia, cuando cuestionar la gestión oficial te convertía en negacionista. Lo vimos con los protocolos de las residencias, esos documentos que dejaron morir a miles de ancianos sin acceso a hospitalización, que se aplicaron en toda España y que pretenden cargar sobre los hombros de una sola presidenta autonómica. Lo vimos con los efectos adversos de las vacunas, cuando pedir transparencia sobre contratos o señalar daños documentados era motivo de linchamiento, aunque con el tiempo se hayan actualizado fichas técnicas y revisado recomendaciones en toda Europa. Y lo vimos con Ucrania, cuando quienes investigábamos y presentábamos hechos incómodos sobre los antecedentes del conflicto fuimos tachados de “propaganda rusa”, y hoy muchas de aquellas supuestas conspiraciones aparecen en boca de los mismos que entonces nos insultaban. Siempre funciona igual: se fija un relato, se destruye al que lo cuestiona, y cuando la realidad desmonta la versión oficial, se pasa página sin pedir perdón. Nunca hay consecuencias. Solo hay víctimas a las que nadie repara.
Quiero recomendar un vídeo que considero esencial para entender lo que realmente ocurrió con Bonaire: Parking Bonaire – Cronología, el trabajo de Juan Berrueta, publicado en el canal de Iker Jiménez. Ahí está todo. La secuencia completa de titulares, las imágenes de archivo, los desmentidos, las contradicciones. La prueba de que todos bebieron de las mismas fuentes, de que todos publicaron lo mismo, y de que solo uno ha pagado el precio.
Iker respondió a Sánchez con una elegancia que el presidente no merece: “Lo primero, el respeto absoluto a la institución que representa don Pedro Sánchez, nuestro presidente. Presidente no de un partido político, sino de todos los españoles, piensen lo que piensen. Le tengo tanto respeto que yo le invito aquí, al programa Horizonte. Sin guion, sin preguntas pactadas. Sería una entrevista sincera y normal”. Esa es la diferencia. La diferencia entre un periodista libre y un poder que solo sabe señalar, descalificar y mentir para generar odio. Porque eso es exactamente lo que han hecho Sánchez e Iglesias esta semana: mentir. Mentir por omisión, ocultando que decenas de medios publicaron lo mismo que Iker. Mentir al convertirle en el único responsable de una confusión colectiva alimentada por fuentes institucionales. Y mentir con un objetivo muy concreto: generar odio contra un periodista para disciplinar al resto. Para que todos entiendan el mensaje: esto es lo que te pasa si te sales del guion. Eso no es izquierda. No tiene nada que ver con la izquierda. La izquierda de verdad luchó para que todos pudiéramos hablar, para que ningún poder decidiera quién tiene derecho a informar y quién no. Lo que estamos viendo es el manual del autoritarismo envuelto en papel de celofán progresista. Y hay que decirlo sin complejos: es un comportamiento fascista. Porque, cuando el poder político quiere decidir por ley qué periodistas pueden ejercer y cuáles deben ser silenciados, estamos ante la definición más pura de lo que durante décadas nos dijeron que combatían.
Mi lealtad y mi respeto hacia Iker Jiménez son absolutos. No porque piense como él en todo, sino porque, en un país donde el periodismo se ha arrodillado, Horizonte sigue siendo un espacio donde se investiga, se pregunta y se busca la verdad sin pedir permiso. Y defenderle hoy no es solo una cuestión de justicia. Es defender el derecho de todos nosotros a escuchar, a pensar y a decidir por nosotros mismos. Que es, al fin y al cabo, lo único que de verdad los aterra.