No es bueno que un país no tenga presupuestos. Menos aún si esto se produce una segunda vez, como puede pasar en Catalunya. Son la plasmación de un proyecto político, y no disponer de ellos condiciona y distorsiona la acción de gobierno, por muchos juegos de manos que se puedan llevar a cabo. Además, supone una bofetada política para el ejecutivo que los propone, pues evidencia que su proyecto no tiene suficiente apoyo parlamentario. Por ahora, este es justamente el escenario al que la Generalitat se aboca: un segundo ejercicio sin presupuestos. Faltan los votos de Esquerra Republicana, partido determinante a la hora de convertir a Salvador Illa en president, pero que ahora rechaza dar luz verde a las cuentas ante el hecho incontrovertible de que no se ha cumplido una de las condiciones para aquella investidura: que Catalunya recaude íntegramente el IRPF de sus ciudadanos.
Si las cosas siguen igual, sin ningún movimiento, Catalunya ni cobrará el IRPF ni tampoco tendrá presupuestos para 2026 (obsérvese que estamos a principios de marzo hablando de unas cuentas que, para ir bien, habría que haber aprobado a finales del año pasado). La transacción presupuestos a cambio de IRPF es, desde mi punto de vista, particularmente compleja por varias razones, una de las cuales —al margen de que supone modificar al menos tres leyes importantes— es que no se trata de un intercambio entre dos actores, en este caso el gobierno Illa y ERC, sino a tres bandas, es decir, gobierno Illa, ERC y gobierno de Pedro Sánchez. Efectivamente, Esquerra accedió a convertir a Illa en president a cambio de una concesión (el IRPF) que no está en manos de Illa. Está en manos de Pedro Sánchez y su gobierno. Los republicanos —que en aquellos momentos atravesaban una convulsa situación interna— aceptaron investir a Salvador Illa a crédito, confiando —como se supone que también Illa— en que Sánchez pagaría ese crédito. Ya lo arreglaremos. Como es palpable hoy, Sánchez y su vicepresidenta y ministra de Hacienda, la sevillana María Jesús Montero, se niegan a pagar, o sea, a dar a la Generalitat la recaudación del IRPF. Dado que Illa ya está investido y esto no tiene marcha atrás, Esquerra, como represalia, se niega a apoyar los presupuestos del PSC, cosa que sí hacen los comunes.
Esquerra accedió a convertir a Illa en president a cambio de una concesión, el IRPF, que no está en manos de Illa
A la vista del bloqueo —sería clamoroso, lamentablemente clamoroso, que Illa no consiguiera aprobar tampoco esta vez los presupuestos—, se ha decidido que hacía falta más tiempo. Así es que se ha situado el aterrizaje de los presupuestos de Illa en el Parlament para el próximo 20 de marzo. De aquí a allá, ERC espera que Sánchez les ofrezca algún tipo de garantía de que Catalunya tendrá el IRPF. A pesar de que Salvador Illa haya dado reiteradamente su palabra de que Catalunya tendrá el IRPF, Esquerra no le cree. Y no le cree con toda la razón: el IRPF solo puede darlo quien lo tiene: el gobierno español. No hay que olvidar que los republicanos han aceptado un modelo de financiación muy alejado del que ellos querían y, también, que compiten con Junts per Catalunya en, digámoslo, firmeza negociadora con el PSOE. Para dar credibilidad a su amenaza, ERC se apresuró a presentar una enmienda a la totalidad a los presupuestos de los socialistas catalanes. El PSC se limita a hacer lo que puede hacer y, supuestamente, trabaja discretamente —no sé si se le puede llamar ‘presiona’— para que Sánchez contente o al menos apacigüe a Junqueras.
Los socialistas españoles, por su parte, no se plantean ceder a la Generalitat el IRPF en los términos que ERC reclama. Como mucho, estarían dispuestos a una especie, han dicho, de recaudación en red (de todas las autonomías) del IRPF. Una salida por la tangente como otra. Los socialistas de antes y de ahora no quieren salirse de un esquema que sea igual para todos. Así ha ocurrido con la financiación, que, en vez de ser “singular”, pasó a ser general. Para dar más café a Catalunya —tampoco tanto—, lo que hicieron fue poner sobre la mesa una cafetera más grande y llenar más todas las tazas. El segundo factor es político, y pasa sobre todo por las elecciones andaluzas, donde justamente Montero es la presidenciable del PSOE. Sencillamente, Montero —tampoco Sánchez— no puede competir en Andalucía habiendo dado el IRPF a Catalunya. Más aún: Sánchez se encuentra —actualmente todavía con más fuerza— tratando de resistir el empuje electoral de la derecha. A este propósito lo encamina todo, desde desclasificar los documentos del 23F hasta lanzar la idea de incluir el aborto en la Constitución, ¿se acuerdan? Pero sobre todo se esfuerza por erigirse en el gran referente político anti-Trump. Rechazo a contribuir con más dinero a la OTAN, condena de la devastadora ofensiva de Netanyahu en Gaza y desautorización del ataque a Irán —"no a la guerra". Naturalmente, enfrentarse a Donald Trump no busca solo singularizarse internacionalmente, sino, antes que nada, movilizar al electorado español abonando la polarización. En el esquema que presenta Sánchez, se trata de elegir entre Trump, bando en el que estarían también PP y Vox, o bien apoyarle a él y al PSOE. El bien contra el mal. Un relato tan viejo —y efectivo— como la historia de la humanidad. No parece que se incline, en las condiciones actuales, por dar a Feijóo y Abascal la oportunidad de jugar otra vez, a cuenta del IRPF, la siempre rentable carta del agravio territorial y la catalanofobia.
