Este pasado sábado, un grupo de unos quinientos compatriotas igualadinos decidieron que quizás era buena idea expulsar a los simpatizantes de Aliança de una comida popular, bajo la excusa de estar luchando contra el fascismo. El punto álgido de la performance se produjo cuando uno de los miembros más osados de la résistance vertió una bolsa de sal en el arroz que estaba cocinando uno de los supuestos mariscales de la dictadura aliancista. Desconozco los detalles y el contexto profundo de esta pugna entre independentistas; en primer lugar porque, en el bosque del Alt Empordà donde me encuentro, se empieza a notar un aire la mar de delicioso y me da todavía más pereza ocuparme de cualquier caso que pase en el entorno de una reunión. En segundo lugar, en casa siempre me han dicho que hay que desconfiar de las peripecias de la calle y más aún si tienen relación con la gente que se reúne para comer. Dicho esto, la calidad política de la tribu es la que es, y esto nos aboca a gastar párrafos de nuestro talento comentando trifulgas de gente desocupada.
Me gustaría empezar explicando una idea bien sencilla a los héroes igualadinos que luchan contra el fascismo, sobre todo para evitarles un cierto ridículo existencial. No sois quienes creéis ser, queridos: en primer término porque, si este grupito de Aliança hubiera sido una formación mínimamente parecida a un fascio di combattimento o cualquier expresión política por el estilo, antes de que pudierais verter un gramo de sal en la paella en cuestión... os habrían cosido la cara a hostias. De hecho, en la próxima ocasión que se os presente, si necesitáis saber qué o quién es una encarnación del fascismo, podríais preguntarlo a los numerosos ancianos que estaban en la reunión en cuestión, hombres y mujeres conocedores de qué significa el concepto —porque lo han vivido durante décadas— y, justamente por este motivo, sabedores de que no se puede combatir con una pancarta o haciendo el imbécil. También os podrán decir, de paso, que si allí se manifestó una forma de intolerancia radicó en el hecho de que no se respetó el libre derecho de opinión y de reunión.
Con acciones chabacanas como estas, que criminalizan las convicciones de un grupo de independentistas tan legítimo como cualquier otro, lo único que se consigue es una inflamación victimista que se extiende como el polvo
Todo esto son cosas muy básicas que deberían aprenderse en la escuela, pero en Catalunya nos hemos vuelto una turba demasiado sentimental como para ver mínimamente claro. Yo no comparto las ideas de la señora Orriols (y de su militancia) en temas como la inmigración o la cagalera por una hipotética sustitución demográfica de los catalanes. No obstante, me complace combatirla con argumentos, porque la considero una política valiente que, a diferencia del de Waterloo y del mossén republicano, al menos ha tenido la bondad de no tomarme el pelo, haciéndose la complaciente. Dicho esto, no he oído nunca a ningún miembro de Aliança poniendo enmiendas al sistema de representación parlamentaria que rige nuestro país, así como tampoco he visto ningún documento programático de este partido que apueste por la violencia. No soy votante de los aliancistas, disfrutaré mencionando parte de su ideario desde donde me plazca y, por el mismo motivo, espero que lo puedan exponer con toda la libertad.
Dicho esto, y dado que con vistas a la Diada del próximo septiembre ya hay gente que trabaja para impedir manifestaciones de Aliança en el Fossar de les Moreres, abordaré la explicación de la segunda idea básica. Aparte de ser unos antifascistas de pacotilla, manifestantes que lanzáis sal a las paellas, sois tremendamente burros. De hecho, fijaos si sois tontos que, seguramente contra vuestro albedrío, encarnáis la sal que necesita Aliança (preguntaos por qué, de entre las principales fuentes de votantes de Orriols, se encuentran antiguos supporters de la CUP). Con acciones chabacanas como estas, que criminalizan las convicciones de un grupo de independentistas tan legítimo como cualquier otro, lo único que se consigue es una inflamación victimista que se esparce como el polvo. Pensad en cómo, antes del Brexit, hubo mucha gente interesada en llamar paletos y totalitarios a los que querían pirarse de la UE, inicialmente minoría; recordad también cómo acabó aquella brillantísima estrategia de comunicación, ¡pandilla de cerebritos!
Si queréis seguir siendo la sal que necesita Aliança, aprovechad la mínima ocasión para chafarles el chiringuito, impedidles desplegar una paella (un arma de destrucción masiva difícilmente igualada, en efecto) en cualquier rincón del territorio, convertid todas las noticias que no pasarían de un breve en portadas de periódico o de telediario, y haced todo lo posible para que Josep Rull siga interrumpiendo a Sílvia Orriols en el Parlament. Y sobre todo, olvidaos de los españoles, que con estos fascistas siempre os da un poco de pereza coger la pancarta y haceros los valientes con el recetario. ¡Esta es una táctica que se ha demostrado extraordinariamente fructífera! Si perpetráis todas estas acciones tan bellas y efectivas, podréis volver a casa diciéndole a papá que habéis luchado contra el fascismo; si lo oís reír desde la cocina, no os extrañéis... y sobre todo no le preguntéis qué votará, que todavía se llevarán la sorpresa de tener al mismo Hitler dando vueltas por casa.
