La desinformación, según la Unión Europea, es la información falsa o engañosa publicada con la intención de sacar algún beneficio económico o con el objetivo de sacar una ventaja.

Desde la generalización de internet y de las redes sociales, la desinformación se ha convertido en un fenómeno creciente que cada vez afecta más a la vida de los europeos, ya que las noticias falsas influyen en nuestras decisiones.

En el momento actual de la pandemia de la Covid-19, la sobreexposición informativa sobre el coronavirus está llena de noticias falsas, rumores o teorías conspirativas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) puso en marcha un programa piloto denominado EPI-WIN y las autoridades sanitarias de nuestro país y de todo el mundo hacen un esfuerzo ingente por informar a la ciudadanía sobre la pandemia del coronavirus y su evolución. Es difícil, sin embargo, hacer frente a las fake news, que, en general, son más compartidas que las noticias verídicas.

La OMS nos ha declarado víctimas de la infodemia, es decir, de una gran cantidad de información no fiable sobre la pandemia.

Este fenómeno tiene sus raíces en el hecho de que, en las sociedades occidentales, actualmente hay una desconfianza bastante generalizada hacia los datos objetivos y también un cuestionamiento del papel de los expertos, desconfianza inexistente a finales del siglo pasado.

Los expertos recogen los datos, los analizan con sentido crítico y después los formulan y los presentan de manera sistemática. Esto es lo que hoy necesitamos más que nunca

Podemos decir —siguiendo a William Davies (Estados nerviosos)— que hoy, en buena medida, las emociones afectan al reducto de la verdad. Según el mismo autor, los sentimientos y las emociones dominan el mundo individual y colectivo.

Pero estas emociones, estos sentimientos en todos los ámbitos, también en el de la desinformación, se tienen que confrontar con la ciencia, con los científicos, que son las personas con capacidad para distinguir aquello que tiene que ver con los hechos, de aquello que está relacionado con las emociones, la opinión o la ética.

Los políticos, los periodistas, los jueces y otras élites están hoy en el punto de mira, pero eso no tendría que afectar a los científicos, los expertos.

Los científicos son, o tendrían que ser, capaces dejar de lado sus propias emociones cuando se introducen en un área de análisis como la actual pandemia.

Los expertos recogen los datos, los analizan con sentido crítico y después los formulan y los presentan de manera sistemática. Esto es lo que hoy necesitamos más que nunca.

Los científicos tienen que ser intermediarios transparentes, honestos y neutrales entre aquellos que hacen las comprobaciones científicas y aquellos que diseñan y aplican las políticas públicas.

En la economía de la atención, en la que las emociones atraen más miradas que la racionalidad, es necesaria una perspectiva reflexiva, analítica y al mismo tiempo —y eso creo que es fundamental— consensuada de la comunidad científica, de los expertos, que aporte al conjunto de la ciudadanía aquella información basada en hechos verificados que permita hacer frente a la desinformación y a la desconfianza que esta desinformación genera en la ciencia y en la narrativa oficial.

 

Roger Loppacher es presidente del Consell de l'Audiovisual de Catalunya