Este fue uno de los gritos de guerra que se escucharon delante de la sede nacional de ERC en la calle Calàbria. El malestar de fondo era el bloqueo de la negociación entre juntaires y republicanos, consecuencia de una negociación que los de Puigdemont siempre han afrontado de mala gana y con el paso cambiado. Como comprenderán, no es casualidad un tuit que corrió como la pólvora a cargo de Josep Alay, director de la Oficina (autonómica) del president Puigdemont, atizando con "un golpe de calle" cuando se hizo público que ERC optaba por gobernar en solitario.

"¡Junqueras, traidor, púdrete en la prisión!" fue una de las consignas que se pudieron escuchar de los concentrados, un centenar, respondiendo a una convocatoria hecha a través de las redes. También gritaban "Botiflers!" y todo tipo de insultos y descalificaciones, todo aliñado con un significativo "¡Puigdemont, nuestro president!". No es la primera vez que lo vemos. De hecho, una convocatoria similar asaltó la sede de ERC en 2018, causó destrozos, amenazó a trabajadores y dejó nuevamente su firma. Insultos a chorro y una reivindicación del entorno nacionalista.

Enarbolaban esteladas y decían ser la representación del pueblo de Catalunya. La pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿qué diríamos si un grupo de personas hubiera hecho lo mismo entrando en Calabria, con insultos y enarbolando banderas españolas bramando "¡Puigdemont, a prisión!" o "¡Junqueras, traidor, púdrete en la prisión!"? No habríamos dudado en denunciar el carácter fascista de la protesta. Nos habría dado asco.

Hay un independentismo que se ha olvidado del Estado. Porque es consciente de que ahora no sabe cómo derrotarlo, ni como enfrentarse a él

Da mucha pena lo que se vio el lunes en la calle Calàbria, delante la sede de ERC. Nunca se ha visto nada parecido, afortunadamente, delante la sede de Junts per Catalunya. Hay un independentismo, muy presente en las redes, que ha perdido el norte y que invoca a Puigdemont como un tótem.

Hay un independentismo que se ha olvidado del Estado. Porque es consciente de que ahora no sabe cómo derrotarlo, ni cómo enfrentarse a él. Sólo hay que ver como vendemos como un gran hito un carné de bambú. Sólo pueden vender humo o magnificar iniciativas como esta, que pueden ser muy respetables, pero que no aportan nada en el terreno político. Ante esta ausencia de algo tangible han transformado su impotencia en cólera, en rabia desbocada, que canalizan buscando culpables. Preferentemente ERC. Aunque también la CUP. O incluso el PDeCAT. Y a menudo, genéricamente, los partidos son los culpables. Porque han vendido al pueblo. Todos son unos traidores y unos botiflers. Esta manera de ver el mundo hace mucho ruido en las redes sociales y tiene una notable acogida entre algunos cuadros de Junts. O incluso en sus listas electorales. Ahora, el enemigo es interno.

Todo ello me temo que nos empuja a un escenario dantesco. Y a la repetición electoral. Junts no investirá ni por las malas a Pere Aragonès. Con esta pulsión en sus filas es inviable. Y eso me hace sentir molesto, decepcionado, engañado y con profunda vergüenza hacia cierta clase política que han convertido en un juego de mal perder los resultados de las elecciones catalanas. El infantilismo político de los que se comportan como el adolescente maleducado de casa buena al que los "papas" nunca le tienen un "no" por respuesta. Así es como me siento y lo que siento hacia aquellos embriagados por sus delirios de grandeza que han decidido hipotecar la vida de la gente y dilapidar el proceso de emancipación nacional del país.

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