Mientras veía la conferencia “Barcelona” que dio el alcalde Collboni en Foment del Treball (dentro de su think tank “Rethink BCN”), que más que una conferencia acabó teniendo forma de diálogo con una periodista, me preguntaba si el alcalde sabía algo. De fondo, quiero decir. Collboni era capaz de afirmar que la nueva colección Thyssen nos aportará un “período de la historia del arte que no está representado en la ciudad” (alcalde: el MNAC destaca, entre otras cosas, por su colección de pintura modernista) o que “el metro tiene que llegar a Mataró y a Castelldefels” para hacer “metrópoli de verdad” (mientras defendía, al mismo tiempo, el supuesto “derecho a quedarse” de los barceloneses). Como confunde la ampliación del Museu Nacional con conocer su contenido, y el alargamiento de las líneas de metro con la solución al drama de la vivienda, solo le salen proyectos funcionariales y tecnocráticos (La Sagrera, el Hospital Clínic, el Tour de Francia, la ampliación del aeropuerto) o bien tareas de mantenimiento (limpieza, seguridad, las mínimas constantes vitales). Ni una sola idea transformadora. Lo más ilusionante que apuntó fue la culminación de la torre de Jesús de la Sagrada Familia, que ni es suya ni habría sido nunca posible en manos de un socialista. Si fuera la monotonía de Cerdà, aún.

Collboni decía que quiere que el barcelonés se quede en el Eixample, pero durante la campaña anterior no habló ni un segundo de vivienda: todo se centró, si ustedes recuerdan, en el debate entre “Supermanzana sí / Supermanzana no” en Consell de Cent, o en si había que proteger a los patos de la Ricarda. Ahora, al parecer, el alcalde se agarra al concepto (a la excusa) de “Barcelona metropolitana”: el “cambio de paradigma” consistiría en “superar los límites administrativos” de la ciudad, lo que se da severas bofetadas con el invocado “derecho a quedarse”, sorprendentemente. Pero es que, además, el prometedor “cambio de paradigma” que apunta a las cercanías resulta materialmente imposible con la red actual de Rodalies (gestionada precisamente por sus colegas de Madrid). Un callejón sin salida, en definitiva. De hecho, no se puede garantizar el “derecho a quedarse” sin rectificar por completo la política efectuada hasta la fecha por el PSC: es decir, liberar suelo para vivienda en lugar de regalarlo como se ha hecho. Ayudaría también no asfixiar el mercado con regulaciones, hasta el punto de haber llegado a desamparar tanto al inquilino como al propietario (ambos en doble callejón sin salida, en este momento). El resto de herramientas (procurar un mercado laboral cualificado, disponer de una fiscalidad que incentive o flexibilizar el 30% para vivienda protegida) no merecen la excusa de “es que estoy en minoría”, no por parte de quien se hizo votar por el PP. Por tanto, no me extraña que, como éxitos propios, el alcalde se abrace a la Sagrada Familia, al futuro Teatre Principal o a la futura Thyssen; pero esto no es colaboración público-privada, alcalde. Esto es falta de ideas y de capacidad.

La sensibilidad es mínima, la creatividad nula, el conocimiento escaso y la única ambición es la estabilidad de los cementerios

Cabe decir que, ni en el gobierno ni en la oposición, en estos momentos brillan las ideas ni los liderazgos. En busca de la preciada “estabilidad” (una palabra que sí iluminaba los ojos de Collboni cuando la pronunciaba), hemos conseguido una atmósfera soporífera y tecnocrática que ni siquiera permite a las autoridades del país (alcalde o presidente) decirle a Aena que, ya puestos, podría convocar también un premio literario en catalán. La sensibilidad es mínima, la creatividad nula, el conocimiento escaso y la única ambición es la estabilidad de los cementerios. Menos mal de Trump, que permite al menos hacerse el valiente. Barcelona no la piensa nadie, ni la “rethink” nadie, ni parece conocerla bien nadie. El problema no es que eso difumine a los partidos, o a los líderes o a los candidatos (cuando los hay): es que acaba difuminando la propia ciudad, la vuelve intercambiable y provinciana, de modo que las tentaciones de “cocapitalizarla” con Madrid acaban convirtiéndose en pura inercia.

Algún día saldrá alguien a hablar de la ciudad genuina. La capital de un país ocupado puede tener pocas competencias, pero puede tener criterio, tradición, carácter y una manera propia de hacer. No hace falta ser independentista para preferir que las cosas de aquí se decidan con criterios de aquí: eso lo suscribe todo el mundo. La ampliación del MNAC, más que ejecutarse, debe entenderse (no hemos oído al alcalde con el asunto de Sijena, por ejemplo). Lo mismo con la Fira, la Sagrada Familia, el Clínic, La Sagrera y la Rambla: no son obras, no son grúas ni diseños. Son marcas de capitalidad, como podría haberlo sido el nombre del aeropuerto. Esta ciudad solo se entiende con sentido de la imaginación y de la audacia, y no con el ir tirando burocrático e infértil. Ni Barcelona ni Catalunya han sido nunca un tema de pura gestión o de puro desarrollismo desbocado, impersonal, gubernativo. Quizá sea eso lo que buscan, y quizá eso sea lo que nos merecemos: la gente, cuando se siente manipulada y no ve ideas alternativas promovidas por ninguna parte, acaba por no creer en nada. Por eso la Copa América embarrancó. Por eso una cena de celebración en el Park Güell anunciada como “popular” acaba teniendo al pueblo en contra. Por eso no pensar, y no actuar, tiene un precio tan alto.