Cómo la han liado. El resumen es el siguiente: España organiza un partido de fútbol en Catalunya para alegría y apoyo de los catalanes españolistas y de los catalanes que todavía piden perdón. Acuden los catalanes que se sienten muy españoles. Miles de personas profieren gritos racistas contra los musulmanes e insultos contra Pedro Sánchez y amenazas de muerte a Puigdemont. Los mismos que lo han organizado todo se echan las manos a la cabeza. Unos vuelven a casa después de esta incursión en tierras catalanas. Y los de la República del Sosiego no saben de dónde sale ese “a por ellos”.
Podemos añadir más detalles. El partido ya había arrancado con silbidos al himno de Egipto por parte de una parte del público. En un partido amistoso… Tanto la federación española como la catalana hicieron un papelón durante los 90 minutos. No tuvieron bemoles de detener ni suspender el partido, más allá de un mensaje en el marcador con más timidez que otra cosa y casi pidiendo perdón.
Más. El líder de la selección española, Lamine Yamal, ha nacido en Mataró y, como se sabe, es musulmán practicante. No saludó a su propia afición al final del partido. A la afición de España. El país que organizará el Mundial de 2030. Con Marruecos. Está en juego, todavía, dónde será la final, por cierto.
Miles de personas profieren gritos racistas contra los musulmanes e insultos contra Pedro Sánchez y amenazas de muerte a Puigdemont
Y más aún. La Federación Española de Fútbol se enfrenta a un partido de sanción y una multa de más de 20.000 euros. Por una pachanga. Pero lo peor es la imagen internacional. Y, para acabar de rematar el espectáculo, en la rueda de prensa había un periodista hooligan enojado por el debut de Joan Garcia. Entre silbidos. "Usted sabe que hacer debutar hoy a Joan Garcia no es gratuito y para mucha gente es una burla hacia la afición del Espanyol. Podría haberlo hecho en otro momento y lo ha hecho precisamente aquí. ¿Por qué?".
Los Mossos han abierto una investigación. No hace falta ir a desiertos demasiado lejanos, que decía aquel de la guerra santa. Si los grupos de animación del Espanyol estaban diseminados y Barcelona con la Selección se desmarcó enseguida de los gritos, quizá deberían empezar la investigación en la calle Tuset. Todos los partidos condenaron los hechos. Salvo Vox.
El Espanyol, por cierto, publicó un comunicado condenando el comportamiento de parte de la afición. Dice que no representan los valores del deporte y que deben ser erradicados. Y que el RCDE Stadium ha sido y seguirá siendo un recinto moderno, integrador y acogedor. Y que así lo avalan sus casi diecisiete años de historia. No sé si Iñaki Williams, Gerard Piqué y los jugadores del Barça piensan lo mismo. Pero esto que escribo debe de formar parte de la campaña de desprestigio que denuncian. Claro que no puede generalizarse. Claro que en toda sociedad, también en la catalana, y en todos los clubs y en todas las aficiones, anida el racismo. Pero es desde la autoexigencia y autocrítica desde donde se hace limpieza. Por ejemplo, analizando si la trazabilidad de las entradas vendidas es la correcta.
