Un árbol sin ramas es una simple tronco desnudo. Unas ramas sin tronco, no se sostienen en ninguna parte. El árbol es la independencia de Catalunya. Las ramas serían aquellas estructuras de Estado que todo país necesita: sanidad, enseñanza, transporte público, medio ambiente, lengua, vivienda, cultura... y no pueden flotar en el aire sin ninguna raíz que las sostenga. No tiene mucho sentido manifestarse por unos trenes dignos (ramas) sin reconocer que se necesitan competencias íntegras (árbol) y que estas no llegarán sin un Estado propio. Quien quiera echar a Renfe, debe echar a España, sea o no independentista.
El Estado español es el responsable único (a través de Renfe, Adif y los gobiernos de turno en Madrid) de la desinversión sistemática que causa el drama ferroviario. El causante del problema no puede ser quien ahora aporte la solución. Demasiados años perdidos. Ninguna credibilidad. Hay que echar a Renfe de nuestras vidas, no es una cuestión únicamente de retrasos sino de supervivencia, como personas y como país. Desvincular la independencia de la lucha por las comunicaciones es eternizar la carencia y no querer reconocer la realidad. Porque no queremos que los trenes circulen como antes, queremos que circulen como nunca lo han hecho: a la hora y con seguridad (cosa que sí hacen los Ferrocarrils de la Generalitat). No podemos volver a la normalidad que ellos prometen porque su normalidad es el caos continuado.
Desvincular la independencia de la lucha por los trenes es no querer reconocer la realidad. A la manifestación que excluye de la ecuación la variable nacional, ya se han sumado los cínicos del PP y VOX
Para el próximo sábado, día 7 de febrero, hay convocadas dos manifestaciones en Barcelona: la de la Assemblea (ANC) y el Consell de la República, a las 12 h, y la de las plataformas ciudadanas, a las 17 h. La de las entidades independentistas fue la primera que se convocó y se abrió a todo el mundo. La otra, capitaneada por las plataformas de afectados y los sindicatos, apareció después, a remolque. Dirás que no tiene mucha lógica organizar dos manifestaciones por una misma causa. Sobre todo porque la primera ya englobaba la segunda. En todo caso, es la segunda la que se desmarca de la primera. Y si, aun así, querían hacer una a parte, tenían 364 días más. Una lástima.
Sea como sea, nosotros —los que apostamos por la soberanía de Catalunya— podemos ir a las dos convocatorias porque nos cobijan todos los lemas. No todo el mundo puede decir lo mismo. Al contrario: a la manifestación que excluye de la ecuación la variable nacional ya se han sumado el PP y VOX (cínicos miserables) y ahora ve y échalos. Esto, en la nuestra, es imposible. Dicen que la de la tarde es más transversal, cuando no hay cosa más transversal que el abandono y el expolio de España hacia Catalunya, porque afecta tanto a quienes defendemos la independencia como a quienes la combaten, directa o veladamente. Quizás causaba temor que el independentismo volviera a la calle con fuerza.
No dudo de la buena voluntad y la gran tarea de las plataformas ciudadanas (yo misma he sido portavoz durante siete años de una de ellas, la del Ebro, que allí abajo ya sabéis que los trenes son un drama). Simplemente da pena que algunos hayan caído en la trampa del autonomismo y la falsa unidad, cuando la respuesta a tanto desbarajuste debe ser estructural (un nuevo país) y no parcial (seguir desgobernados por los mismos con una empresa que cambia de nombre). Porque en el anuncio del 1 de octubre ya se nos formulaba una pregunta: naciste con la capacidad de decidir, ¿renunciarás a ella? Porque en la foto de aquella publicidad ya había dos vías y elegimos la ganadora, a pesar de que después algunos descarrilaron. Y porque ya no nos alimentan migas, ya queremos el pan entero. Ya no nos sirven ramas, ya queremos el árbol completo.
