Me pareció bastante sintomático que la gala de celebración de los veinte años de Polònia culminara con la aparición del president Artur Mas, quien, talmente como un DJ, disparó una nueva versión del celebérrimo Mas Style con notorias modificaciones. Toni Soler es un hombre inteligente y debió pensar que la letra original de este himno paródico (en el que Bruno Oro emulaba a un Molt Honorable, el 129, que no parecía convergente, porque pedía a los catalanes una mayoría absoluta para “alcanzar el Estado propio”) causaría una cierta vergüenza ajena entre la concurrencia del Teatre Victòria y los hogares del país. Pero, a pesar de la variación de este número musical —todavía con Duran i Lleida pero sin Oriol Pujol y con una letra donde se aludía al estancamiento del autogobierno—, el efecto fue igualmente perturbador. Producía un cierto escalofrío ver a todo el mundo aplaudiendo alegremente la imitación de aquel gran embaucador de piel curtida que nos prometió unas estructuras de Estado inexistentes y un viaje a Ítaca que ya sabemos cómo ha acabado.
La imagen final de esta gala es, desgraciadamente, un espejo perfecto de lo que es ahora mismo Catalunya. Nuestro país es un lugar repulsivo, donde la casta periodística, las estrellas tevetresinas y la élite política del país se va al teatro para acabar aplaudiendo ante la farsa más grande que se ha vivido en Europa. La escena, insisto, es tan reveladora que —si la gente fuera mínimamente sensata, que no es el caso— no haría falta ni explicarla; he aquí, repito, el gran tahúr convergente —con la cara bronceada y la salud de hierro— recordándonos cómo bailamos todos encantados sus nauseabundos castillos de naipes; y he aquí la audiencia aplaudiendo de una forma absolutamente delirante, de la misma forma que sería delirante ver a hembras maltratadas ovacionando a sus agresores o a las víctimas de una catástrofe climática orgasmando ante un empresario petrolero. Esta es la realidad que nos regalan los veinte años de Polònia, cuatro lustros con Soler al frente de nuestro imaginario humorístico.
Un programa que celebra la aparición sorpresa de Pedro Sánchez como si fuera una redención del artículo 155, representa la forma de felación más descarada a la clase dominante que nos castra la sonrisa
Justamente porque Polònia ha tenido grandes actores y guionistas, y justamente porque Toni Soler no es un tonto como Antoni Bassas o la pobre Terribas, hay que destacar más su pérfida inocentada. Un programa que celebra la aparición sorpresa de Pedro Sánchez como si fuera una redención del artículo 155, representa la forma de felación más descarada a la clase dominante que nos castra la sonrisa. Un espacio que compró al pie de la letra el discurso victimista de los presos políticos mientras estos pasaban unos años en la cárcel para evadir las responsabilidades que habían adquirido con sus electores, es una broma de mal gusto. Un producto humorístico que solo osó criticar a Puigdemont, Junqueras y compañía cuando estos ya habían iniciado su decadencia política es, en definitiva, un ejemplo de cobardía vomitiva. Yo he reído con algunos gags de Polònia, faltaría más, y este hecho me convierte en uno más de los imbéciles que Toni Soler ha podido embaucar con sus chistes de ir tirando.
Días antes del 1-O, Toni Soler y el Olimpo periodístico de este país sabían perfectamente que nuestros líderes tenían previsto no aplicar el resultado del referéndum. Pero la mayoría de ellos decidió hacerse el loco, continuar con la fiesta, y mantener la caja bien llena. A mí me da igual que Toni se haya hecho rico vendiendo Polònia a TV3 durante tantos años; lo que me jode es constatar que la gente se venda el alma para poder comprarse una masía y enviar a los niños a colegios de pago mientras tienen los santos cojones de seguir fingiendo que trabajan para despertar a la peña. Cuando ves una platea repleta de políticos contentos de ser parodiados y cuando uno contempla cómo su maestro de ceremonias vive contento entre la casta, puedes estar seguro de que hay una verdad sempiterna que se mantiene inalterada; a saber, que el bufón de la corte siempre ha acabado trabajando para la corte. El país debe tener mandamases, comediantes y tiquismiquis como servidor; pero deberían ganarse el pan con decencia.
Dicho esto, feliz cumpleaños y seguro que cumplís muchos más, Toni, porque la siesta catalana continuará necesitando sus chistes y el autonomismo depende en gran medida de sus payasos.