Ha muerto Eugeni Sallent. Sallent era uno de esos nombres que no siempre ocupan el primer plano, pero que explican cosas esenciales de las últimas décadas en este país. Sin él, y sin una manera muy concreta de entender la radio, pero también la vida, RAC1 no habría sido lo que es: una radio desacomplejada, viva, imperfecta, con ese punto desmelenado que te hace sentir que no te hablan desde un púlpito, sino desde al lado. Como un amigo que sabe mucho de lo que dice, pero no necesita demostrarlo en cada frase. Esto —saliendo como salíamos de cierta corrección acartonada— se notó en la atmósfera cultural, comunicativa e incluso política del país. De repente, podíamos hacer cosas que no creíamos que pudiéramos hacer o decir.
RAC1 triunfó porque entendió antes que nadie que el liderazgo no va de rigidez, sino de confianza. “Dejar hacer”, decían de Eugeni y de Albert Rubio (el Lennon y el McCartney de la fórmula, al parecer). Apostar por gente con criterio, con voz propia, con carácter. Y asumir que la radio es un organismo vivo, no una maqueta. Esta actitud humana, casi doméstica, es profundamente política en el mejor sentido del término: genera pertenencia, genera comunidad, genera sentido nacional sin necesidad de excesivas proclamas. El país está ahí porque la lengua está ahí, y porque está con naturalidad, sin pedir permiso ni disculpas.
Un apunte importante, aquí: hoy, sin ningún tipo de duda, la radio es el espacio más normalizado en lengua catalana de todos los que tenemos. Más que la televisión, más que muchas instituciones, más que una parte considerable del espacio digital. En la radio, el catalán no es un problema: es el propio aire. Es la lengua con la que se discute, se ríe, se improvisa, se equivoca y se rectifica. Y eso no es menor. Es una victoria cotidiana, sostenida, casi invisible. Como todas las que duran.
Pero si la radio nacional construye imaginario, la radio local construye vida. Y aquí es imposible no pensar en experiencias como Ràdio Vilablareix, una emisora ultralocal hecha con pocos medio, pero con una idea clarísima de lo que quiere ser: una voz propia para una comunidad concreta, también cercana, pero con vocación holística y alto nivel. Un reconocimiento, en este sentido, al trabajo de Dídac Romagós: el hombre que está al día de literatura, de música, de política, de creación, de empresa, y sin moverse del pueblo. Hacer radio local hoy tiene un mérito enorme, cuando todo empuja a la centralización, al algoritmo, a la voz neutra. Significa hablar de lo que pasa al lado de casa con la misma dignidad que si habláramos del mundo.
Hoy, sin ningún tipo de duda, la radio es el espacio más normalizado en lengua catalana de todos los que tenemos
Estas radios, pequeñas o grandes, son escuelas de democracia, de lengua y de mirada. Son espacios donde la gente se escucha literalmente. Donde la noticia no es abstracta porque tiene cara, nombre y apellidos. Y donde la lengua catalana no es una bandera, sino una herramienta: la forma más directa de explicarse.
La radio nos envuelve de una manera íntima y persistente. Nos acompaña mientras conducimos, mientras cocinamos, mientras trabajamos, mientras vivimos. No reclama toda la atención, pero tampoco desaparece. Es presencia, es ritmo, son constantes vitales, es latido, es sintonizar una frecuencia determinada de la sensibilidad, es compañía. Quizá por eso resiste como resiste: porque no quiere sustituir nada, solo estar ahí. Como los buenos amigos.
El día 13 es el Día Mundial de la Radio. Puede parecer una efeméride más, y lo es, pero también es una buena excusa para recordar que, en un mundo saturado de imágenes, de ruido y de velocidad pornográfica, todavía hay un espacio donde una voz puede hacer comunidad y humanidad. Hacer país, en definitiva. Hoy, pensando en Eugeni Sallent, queda claro que la radio es un medio, pero, en todo caso, un medio por el que se escurre (y se expande) el alma.
