Como dije la semana pasada en un tuit en la red social X: creo que lo que está subiendo no es la extrema derecha, sino la indignación. No soy de hacer análisis políticos, básicamente porque soy filóloga y no politóloga y porque la política me aburre un poco, pero hoy daré mi humilde opinión de lo que creo que está pasando en nuestro país (Catalunya). Antes que nada, disculpad que me meta donde no me llaman, pero creo que es necesario que alguien de la clase media (una clase en proceso de aniquilación) explique su punto de vista, porque hay gente de las altas esferas que, al parecer, no tiene ni idea de lo que pasa en otros estratos sociales. Mi humilde opinión se basará en una pequeña investigación de campo que he hecho en los últimos años, que ha consistido en leer noticias, analizar lo que dice la gente en las redes sociales, en los bares, en la calle…; en definitiva, en escuchar y observar sin prejuicios y sin juzgar a la gente (una mirada lo más objetiva posible, teniendo en cuenta que somos humanos y que tenemos un inconsciente que siempre hace de las suyas).
No hace falta ser muy inteligente ni haber estudiado ciencias políticas para ver que basar tu estrategia política en ser un mal menor (¡sería mucho peor que nos gobernara la extrema derecha!), no es la mejor manera de hacer política. Es decir —que dicho así queda muy suave y, de suave, no tiene nada—, es inaceptable que en una democracia un partido político continúe gobernando después de que hayan salido a la luz no sé cuántos casos de corrupción y de acosos sexuales entre los círculos personales y de los principales colaboradores del presidente del Gobierno (el caso Begoña Gómez, el caso del hermano de Sánchez, el caso del ex fiscal general, el caso Ábalos, Koldo, Cerdán…; necesitaría todo un día para citarlos todos). La oposición —hasta hace poco— más fuerte en el ámbito estatal, el PP, tampoco se queda corta (empezando por Carlos Mazón con la DANA, pasando por los casos de acoso sexual y acabando con el caso Gürtel, entre otros, obviamente). Cada día que pasa aparece un nuevo caso de acoso, de corrupción; choca algún tren de nuestra querida Renfe; se deteriora más y más la infraestructura ferroviaria de Adif sin que nadie haga nada, o hay alguna nueva incidencia en Rodalies.
Eso sí, acojamos a más gente, sobrecarguemos aún más el sistema, que, si no, no podremos cobrar las pensiones
En Catalunya, a todos estos casos de acoso, de corrupción y de mala gestión, hay que añadir el hecho de que los partidos que nos habían prometido la independencia —Junts y ERC, principalmente; dejo al margen a la CUP porque durante el procés se dedicaron a boicotear cualquier intento de independencia y porque son más extremistas que los que ellos llaman de extrema derecha, hablo por experiencia propia— y que no pactarían nunca con los partidos que activaron el 155 —el PP con la ayuda del PSOE, un partido teóricamente de izquierdas y tolerante con las diferencias culturales, sobre todo si se encuentran en algún país musulmán a cientos de kilómetros de España—, responsables, todos ellos, de que apalearan a los catalanes —gente mayor incluida— que fueron pacíficamente a votar —los familiares de los propios juntaires y republicanos también estaban allí, lo que acentúa aún más el patetismo de todo el asunto—, pactaron con el PSOE y no declararon la independencia —más allá de un espectáculo teatralizado de treinta segundos que nos hizo saltar el corazón a todos los catalanes. Pues bien, el coitus interruptus de aquel 27 de octubre de 2017 fue el inicio del descontento de los catalanes, de la sensación de haber sido estafados, engañados y maltratados no solo por España —que era de esperar—, sino —lo que es peor— por los nuestros. Si no puedes cumplir tus promesas —no pactar nunca más con el PSOE o declarar la independencia, por ejemplo—, no las hagas, es muy feo, sobre todo si has tenido todo el apoyo de cientos de miles de catalanes, que cada dos por tres salían a la calle con lacitos amarillos y lo que hiciera falta (enriqueciendo así a unos cuantos oportunistas) y que aguantaron un chaparrón de porrazos para hacer realidad su sueño de ver una Catalunya independiente. Es completamente lógico que después de tropezar tantas veces con la misma piedra, no se vuelvan a creer ni una más de tus promesas.
Pero la historia continúa: a todo esto hay que sumar que durante el Gobierno del PSOE —repito, un partido de izquierdas, que teóricamente se preocupa por el bienestar de sus ciudadanos—, a pesar de cobrar a tocateja todos los impuestos, han dejado que la sanidad, la educación, el AVE (del que están tan orgullosos por la longitud de sus vías) y todo el sistema ferroviario, los servicios sociales, la seguridad de los ciudadanos… hagan aguas. Un par de puntualizaciones para que se entienda mejor cómo actúa el PSOE (las diferencias entre lo que dicen y lo que hacen). En su programa electoral de las elecciones generales del 2023 dice: “Apoyo a las empresas y autónomos en su proceso de modernización, impulsando el emprendimiento y el crecimiento empresarial”. Que le pregunten a un autónomo si se puede modernizar mucho con lo que paga de cuota de autónomos y si está contento con la jubilación que le quedará a pesar de ir ahogado cada mes. Y la segunda: en el mismo programa electoral dice (leedlo todo porque ni Berlanga lo superaría): "Avanzamos hacia una España más verde, más digital y cohesionada, un país en el que la movilidad y el transporte serán herramientas decisivas para la igualdad de oportunidades de las personas". ¿Tengo que decir qué pienso de la calidad del transporte en España y en Catalunya? Estas —¡lo repito!— son las izquierdas de nuestro país, el mal menor, los que nos tienen que salvar de la terrorífica extrema derecha que asoma la cabeza en toda Europa.
Ante esta perversidad y esta clara manipulación discursiva, ¿qué puede hacer un ciudadano? ¿A quién debe votar? ¿Debe votar? ¿Adónde va a parar el dinero que tan amablemente entrega —junto con el resto de ciudadanos— para tener una sanidad, una educación, un sistema ferroviario, unos servicios sociales —y tantas otras cosas— como Dios manda? ¿Quién se lo queda? Como muy bien dijo un miembro de la familia Zamorano-Álvarez (la familia que perdió a cuatro familiares en el accidente ferroviario de Adamuz —habrá que ver si ha sido o no un accidente, porque hay muchos testigos que dicen todo lo contrario—): “¿No se os cae la cara de vergüenza? En vez de arreglar lo nuestro, con nuestros impuestos […] y son responsables de unos asesinatos […] le pido ayuda a todos los ciudadanos, a todos los españoles, para echar de una vez, que se vayan este grupo de Gobierno, que se vayan desde ya”. Eso sí, acojamos a más gente, sobrecarguemos aún más el sistema, que, si no, no podremos cobrar las pensiones. Al paso que vamos —entre los accidentes ferroviarios, las danas, las listas de espera en los hospitales, los jóvenes que emigran porque aquí no se pueden ganar bien la vida, la delincuencia que hay en las calles (aunque mucha gente de las altas esferas la niegue porque supongo que donde viven no la hay), los asesinatos por parte de las parejas…— quizá no nos hará falta pensar en las jubilaciones porque no llegaremos a ellas. Pero sobre todo votadnos, porque, si no, subirá la extrema derecha. ¿Hay alguien al volante en este país?
