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El PSC se encarga de proyectar una capital subyugada a la españolidad, sin alma y, sobre todo, sin conflicto. Y los macroeventos son el vehículo para proyectar una grandeza vacía, una ciudad desnacionalizada, sin carácter, sin historia y sin ningún vínculo con el resto del país. En la mente de la gente del PSC, Barcelona es poco más que una imagen comercializable, un escenario para hacer cuatro chavos a disposición del sector turístico que les cobrará. El problema de validar el discurso de que la capital del país necesita este tipo de saraos es que parte de un complejo de inferioridad que nunca la hace estar plenamente a merced de sí misma. Si el valor que damos a la capital depende de quién la compra, la condenamos a estar perpetuamente en venta. 

El discurso de la grandeza moldea Barcelona para convertirla en un producto comercializable en el que la pertenencia, la catalanidad o la capitalidad no salen a cuenta. No sé ni si hace falta escribir, pues, hasta qué punto esta retórica del regateo y esta política del mercadeo interesan al españolismo. Cuando Collboni asegura que el Tour es "el evento más importante que ha vivido Barcelona desde los Juegos Olímpicos del 92", lo que hace es categorizar todo lo que ha pasado entre un evento y el otro —sobre todo, lo que ha tenido que ver con la política y, por lo tanto, con los autóctonos— de molestia, de suciedad, de lastre. Confunde deliberadamente atención mediática con admiración y virtud para justificar un gobierno de puertas afuera —un gobierno que favorezca siempre el modelo socioeconómico que, proyectando una Barcelona vacía, la vacíe aún más—. Así, pretende alimentar un falso orgullo que nos sirva de placebo mientras la ciudad se nos deshace en las manos

Los macroeventos son el vehículo para proyectar una grandeza vacía, una ciudad desnacionalizada, sin carácter, sin historia y sin ningún vínculo con el resto del país

Todo aquel que no entienda que lo que nos define y nos definirá a la larga no es el grado de proyección hacia el mundo, sino la soberanía con la que podamos decidir cómo nos proyectamos —y cuál queremos que sea nuestro lugar—, le hace el juego a la provincialización. La Barcelona pacificada de Collboni es una Barcelona desprendida de todas y cada una de las luchas políticas que la han hecho y de la violencia que ha soportado. Es una ciudad que ya no recuerda el uno de octubre ni las protestas del diecinueve, pero también es una ciudad empobrecida, donde las perspectivas de los barceloneses de labrarse un futuro resultan cada día más borrosas. La que debería afirmarse desacomplejadamente como capital del país va por el camino de convertirse en un parque de atracciones hostil para cualquier catalán que pretenda formar una familia o, más osadamente todavía, sentirse parte de la misma comunidad que la ha habitado durante siglos.

La Barcelona de los macroeventos niega la identidad que ha hecho a Barcelona verdaderamente grande. El provincianismo provincializa y el sucursalismo sucursaliza. Extirpar la ciudad de la lengua, de la nación, de la historia, de la tradición y de la naturalidad con la que, considerando las anteriores, debería ejercer de capital del país, es una acción interesada que corre en paralelo al revestimiento artificial que se hace de Madrid para convertir la capital de los españoles en el depósito legítimo del poder político sobre los catalanes. Si venimos de ninguna parte, no tenemos derecho a nada. Si Barcelona es poco más que una ciudad que existe por casualidad, con independencia de quién y qué la ha hecho, si solo es una marca, si solo es una idea superficial elogiable, en tanto que turistificable, la justa y fundada aspiración de proyectarnos al mundo como un Estado libre e independiente solo puede ser vista como un sinsentido.