La política catalana de los últimos años ha normalizado el acto del pressing como una forma dudosamente efectiva de ahogar a los compañeros de militancia indepe. Durante muchos años, el recipiente predilecto de este tejemaneje fue la CUP, que sufrió la asfixia político-mediática para que se invistiera a Artur Mas y también con los intentos posteriores de perpetuar el poder convergente dentro del soberanismo, especialmente con la fallida opción presidencial de Jordi Turull. Pero, si hilamos más fino a nivel histórico, la diana predilecta del pressing ha sido Esquerra y, más en concreto, su líder (¿vitalicio?) Oriol Junqueras, quien se tragó el alehop de Mas para convertir el 9N en una macroencuesta llena de esteladas y durante la consiguiente creación de Junts pel Sí, ese artefacto lleno de ingenuidad y de teóricos líderes de convicciones sólidas como Gabriel Rufián que tenía el objetivo de alcanzar la secesión dentro del marco de la autonomía.

Este ritornello nacional ha vuelto a resucitar con el desafío de Salvador Illa a Oriol Junqueras a raíz de la aprobación de los presupuestos que el Govern está a punto de ultimar de cara a su tramitación parlamentaria. Las motivaciones del Molt Honorable son diáfanas; después de unas semanas de clarísimo desbarajuste, poner orden a los números de la tribu sería una forma maravillosa de volver a la pax autonómica y, a su vez, el president podría regalarse el placer de dar lecciones de estabilidad a su mentor Pedro Sánchez. No es nada extraño que, en conversación con Ricard Ustrell, el capataz de Esquerra haya anunciado tranquilamente la intención de enmendar totalmente los presupuestos; y aún lo es menos que, en un homenaje muy consciente a Freud, Junqueras haya afirmado que, después de aguantar cuatro años de prisión, su carcasa es capaz de poder resistir cuatro semanas de presión.

La idea precedente no es casual, y va mucho más allá de una reticencia republicana a renunciar a la cesión de recaudar el IRPF o de la necesidad de diferenciarse de los Comuns de cara a futuras rencillas dentro del electorado progre. Apelando a sus años recluido en la cárcel, Junqueras está diciendo a Sánchez que —a pesar de las intenciones rufianescas de crear un marco republicano estatal que supere las siglas de ERC para integrarse en el magma del Congreso— él no tiene ninguna intención de abandonar la política y que, dicho de una forma más cruda, todavía no ha renunciado a la presidencia de la Generalitat. De hecho, dicen las lenguas informadas que el sumo pontífice republicano se ha paseado por Madrit más de una vez, a menudo acompañado de empresarios muy bien conectados con la capital del kilómetro cero, con el objetivo de establecer un diálogo cálido con el presidente para que el PSOE le aplique un indulto a perpetuidad.

Junqueras ha afirmado que, después de aguantar cuatro años de prisión, su carcasa es capaz de poder resistir cuatro semanas de presión

El espantajo del pressing a Junqueras no solo será la enésima prórroga presupuestaria, sino también un adelanto electoral que —de momento— no parece entrar en los planes del PSC y de un president que acaba de declarar tener un proyecto de país desplegable en una década. No obstante, las cosas a menudo se aceleran por inercia y, contagiado por el guerracivilismo español, Salvador Illa podría acabar empujado a convocar elecciones para situar al electorado catalán ante lo que podría explicarse como plebiscito entre su gestión tranquila y el auge de Aliança Catalana. Estos hipotéticos comicios pueden parecer una barbaridad, porque cogerían a parte del electorado socialista encajado en los vagones de Rodalies, pero también pondrían a la mayoría de las formaciones a contrapié, incluida la de Sílvia Orriols, la cual, como decía ayer acertadamente Enric, parece que vaya desenfocándose dentro del tedio político catalán.

Continuando con la cosa freudiana, si la barriga de Junqueras ha podido digerir las mentiras del 1-O y el hecho de pringar muchos días en la cárcel mientras Puigdemont se hacía la estrella en el Parlamento Europeo… no es nada casual que una prórroga de las cuentas o un adelanto electoral le parezcan un simple vermut para calmar el estómago. Se acercan tiempos de incertidumbre máxima, y el líder de Esquerra quizás barrunta que —mientras todo el mundo va desgastándose o cayendo en la carrera de la frivolidad española— la única forma de sobrevivir es no ceder ante los caprichos socialistas y recaudar cuanta más pasta mejor, para hacer frente al batacazo económico que nos espera.