Hay un enorme bol de palomitas sobre la mesa de la política catalana (y española) que se llama Junts per Catalunya. De hecho, el bol de palomitas se lo están comiendo sus adversarios, así como enemigos acérrimos, analistas de parte y los no-los-puedo-ver-ni-en pintura. Todos ellos se imaginan y desean —a partes iguales— su hundimiento a través de las encuestas. Este bol de palomitas, sin embargo, está basado en sondeos, a casi dos años de las elecciones al Parlament, y con la realidad notoria de que —de todos los partidos— el único que no puede disponer de un liderazgo con plenitud es el de Carles Puigdemont. No puede hacer preguntas al president, no puede intervenir en el pleno y luego hacer vídeos virales en TikTok y no se puede pasear por las calles de Catalunya.
En este sentido, pues, la represión española sí que ha hecho su trabajo porque en la práctica ha neutralizado la capacidad política del principal partido de la oposición y, hoy por hoy, principal alternativa al bloque de izquierdas que lidera el PSC. El resto de formaciones, simplemente, están sacando provecho de esta desventaja que hoy en día todavía mantiene viva la justicia española que —sencillamente— se niega a aplicar la ley de amnistía aprobada por las otras dos patas del Estado, el ejecutivo y el legislativo.
Con una mano se reivindica el espacio político, con la otra se brinda por su desaparición
El caso es que mientras con una mano se reconoce, se reivindica e incluso se intenta la apropiación cultural del espacio histórico que en su día tuvieron los predecesores de Junts (CiU, y particularmente la figura de Jordi Pujol) con la otra mano se está brindando anticipadamente por su desaparición. La principal beneficiada es Aliança Catalana, a quien le pasa exactamente lo contrario que a Junts, esto es, una líder con plena capacidad operativa, mediática y política. Como el crecimiento de Sílvia Orriols comporta un debilitamiento de Junts, no hace falta ser muy experto en política, sino más bien en matemáticas, para llegar a la conclusión de que favorecer un ascenso de Aliança es la vía más rápida para conseguir el descenso de Junts. Y si además Aliança es presentada como el demonio contra el que hace falta un antídoto para hacerle frente, cuanto más crezca Orriols, más fácil será presentarse a las elecciones como único remedio.
El plan para los adversarios de Junts, pues, parece infalible. Pero hay un gran pero: si se desactiva Junts no se desactiva su cúpula, sino que se inhabilita un espacio tan central e indispensable para Catalunya como el que durante años (a veces en el gobierno, a veces en la oposición) ha sido clave para los grandes temas de consenso del país: la inmersión, el modelo de país, el estatuto o el paso del autonomismo al soberanismo. Es el espacio de quienes no comulgan ni con la extrema derecha ni con la izquierda más ideologizada. Y en el caso de Catalunya, es un carril central enorme. Dicho de otra manera: si nadie quiere a Junts y a la vez nadie quiere llegar a acuerdos con Aliança, el grueso del catalanismo quedará descabezado y la gobernabilidad de la Generalitat quedará reducida a dos opciones: o un tripartito permanente o una inestabilidad crónica, aquello que tanto detestan los prohombres de este país.
El PSC prácticamente desapareció en favor de Ciutadans, que ahora no existe
Durante el procés hubo otro bol de palomitas. En este caso se lo comían quienes iban viendo cómo se reducía el número de diputados del PSC hasta llegar a los 16, ahora justo hace diez años, justamente los mismos 16 que, por la franja baja, pronostica el CEO para Junts. Aquel desmoronamiento del PSC no fue en favor de opciones independentistas, sino que de la barrida salió vencedor Ciutadans, que obtuvo 9 diputados en 2012, 25 en 2015 y 36 en 2017. En las elecciones de 2024 Ciutadans desapareció de la cámara sin haber gobernado nunca nada. Nadie quería pactar con ellos, ni siquiera PP, Vox o el PSC. Los socialistas catalanes, en cambio, en estas mismas elecciones han ido recuperando terreno, pero sobre todo capacidad de gobierno hasta el punto de que aquel 2024 recuperaron la presidencia de la Generalitat después de 14 años. Durante todo este tiempo, Catalunya ha perdido la capacidad de influencia que ejercía este espacio político de centroizquierda porque estaba enmascarado tras Ciutadans, que también disponía de un liderazgo carismático, populoso y con buena oratoria (primero Albert Rivera, después Inés Arrimadas).
Que le pregunten al PSC cuál fue el coste de aquel bol de palomitas que se comieron sus adversarios que veían en directo cómo se acercaban a una desaparición que nunca acabó pasando. Quizás así, todo el mundo, no solo los socialistas, será consciente de qué precio tendrán las palomitas que ahora se están comiendo los que disfrutan de las encuestas que hunden a Junts. Porque solo hay una cosa peor que pagar un precio demasiado alto por un bol de palomitas: que, además, provoquen indigestión la noche de las elecciones.
