"Tenemos que cuidarlo y darle visibilidad. Es lo más moderno. Es nuestra identidad y nuestra cultura. Y esto no va de una zona de Galicia, estamos hablando de algo plurinacional donde todos… yo (mismo) me siento parte de Catalunya, Euskadi, Extremadura y Andalucía". Palabras del actor Javier Gutiérrez, citadas por Iván Redondo en La Vanguardia (“Rondalla plurinacional”), como ejemplo de una persona sensible, abierta, moderna y plenamente integradora. Bonito, ¿verdad? Una declaración que podría enviarse con corazones y estrellitas en una carta perfumada. Pero basta mirarla desde cierta distancia para ver que es, literalmente, un desastre conceptual: si Extremadura es contada dentro del concepto de plurinacionalidad, el propio término queda vacío, ridículo e incluso insultante. Extremadura ni es ni quiere ser una nación. Andalucía, históricamente, tampoco demasiado. Todo ello envuelto en la retórica amable del “somos todos, somos plurinacionales”, para que entendamos que estamos todos en el mismo barco, compartiendo proyecto dentro de la legendaria pluralidad cultural española.
El articulista, el plurinacionalísimo Iván Redondo, añade con su naturalidad habitual: “Las rondallas, cómo no, también forman parte de la cultura popular de Castilla, Catalunya, Aragón, la Comunidad Valenciana o Murcia, incluso de la América española hasta Filipinas.” Cualquier región o territorio, incluidas las colonias históricas, puede ser incluido en la fábula plurinacional: no es que Colombia (por poner un ejemplo) sea una nación independiente, es que forma parte de la rondalla sobre la extensa plurinacionalidad de la identidad española. Y Catalunya, el País Vasco y Galicia quedan diluidos en una narración infantil donde todo el mundo cabe y, al final, nadie tiene una identidad propia ni nacionalmente diferenciada. Verdaderamente conmovedor.
Catalunya, el País Vasco y Galicia quedan diluidos en una narración infantil donde todo el mundo cabe y, al final, nadie tiene una identidad propia ni nacionalmente diferenciada
Para que un Estado fuera realmente plurinacional, no basta con declaraciones bonitas ni con ponerse una banda condescendiente de “inclusión” y “concordia”: harían falta medidas concretas y efectivas. Se me ocurren algunas muy básicas: reconocimiento del derecho a la autodeterminación; competencias exclusivas en lengua, enseñanza y cultura; financiación basada en la recaudación de todos los impuestos con una cuota de solidaridad pactada; selecciones deportivas reconocidas; pasaportes y documentos de identidad nacionales para Catalunya, Galicia y el País Vasco; instituciones políticas con plenos poderes legislativos en materias clave; relaciones internacionales soberanas o reconocimiento internacional de las naciones existentes; y un respeto efectivo, con el máximo cuidado, por las lenguas, la historia y los símbolos de cada una. Eso, más o menos, y no rondallas.
Este cuento amable, progresista, pretende hacernos sentir comprendidos y no se da cuenta de que lo que sentimos es que nos toman el pelo. Nos dicen “plurinacionalidad” y, al mismo tiempo, nos tratan como espectadores de un teatro en el que no tenemos ningún poder real. La ironía es demasiado brutal: ni por la vía de la izquierda, ni con los Iván Redondo de turno, ni con los progresistas más amables, hay manera de que los catalanes tengamos un encaje real en España. No es ninguna novedad, cierto, pero verlo tan claramente es como recibir un regalo de Navidad muy bien envuelto pero lleno de carbón: nos recuerda exactamente qué podemos esperar, por muchas cartas a los Reyes que nos permitan escribir.
El máximo exponente del concepto plurinacional, que Pedro Sánchez persigue para llevarlo por esta senda, ha demostrado que para él el concepto es un cuento para niños antes de ir a dormir. Pero nosotros somos mayores, más que mayores: tenemos mil años. Estamos acostumbrados a las rondallas, pero exigimos realidades y respeto. El teatro benevolente de la izquierda española nos ignora, nos banaliza y nos insulta.
Conocemos perfectamente el final de la rondalla. Y, aun así, Gutiérrez y Redondo se han encargado de repetírnosla como si fueran los fantasmas de las Navidades pasadas y de las Navidades futuras. Nada nuevo: tanto por la vía de la derecha como por la de la izquierda o del supuesto progresismo español, la comprensión es imposible. Verlo tan claramente, en voz alta y sin maquillaje, es útil: nos permite entender qué podemos esperar y, sobre todo, hacia dónde debemos encaminarnos irremediablemente. Feliz año a todo el mundo.
