El Govern de Salvador Illa ha encontrado finalmente el plan que lo caracteriza: el plan EquivoCAT. Tiene presupuesto, responsables políticos, propaganda y actividad no le falta, ya que cada semana, por un motivo u otro, tienen la manía de activarlo. Según qué cosas, más vale tomárselas un poco a broma. Y el Govern de Illa da material abundante. Pero cuando hablamos de emergencias, la cosa cambia. Aquí prefiero diez avisos que acaben en nada que un aviso que no llegue y no evite una desgracia.
En el caso de las emergencias, pienso que la crítica al Govern debe ser prudente. Porque una desgracia para el Govern en este ámbito es también la desgracia de todos. Por eso, ante la duda y en los tiempos que corren, entiendo que se opte por la prudencia. Ahora bien, la prudencia también tiene límites. Si cada previsión de lluvia acaba con una alarma en el móvil, restricciones y recomendaciones de quedarse en casa, corremos el riesgo del cuento de Pedro y el lobo: cuando llegue el aviso importante, quizás no nos lo creamos. Las alertas parten de predicciones meteorológicas cada vez más precisas, pero siguen siendo predicciones. Y el clima actual nos está enseñando que los fenómenos pueden evolucionar con una rapidez, intensidad y singularidad difíciles de prever. Por eso sería absurdo juzgar cada decisión únicamente por el resultado final. Si se activa una alerta y después no ocurre nada, no significa necesariamente que se haya hecho mal. Hay que saber qué se sabía en aquel momento y qué consecuencias podía tener no actuar.
Pero tampoco podemos paralizar medio país cada vez que hay una previsión de lluvia intensa. Cataluña tiene que funcionar. Debemos aprender a convivir con episodios meteorológicos más extremos sin convertir cada tormenta en una paralización general preventiva. Lo que sí resulta indignante es que la lluvia siga teniendo una consecuencia casi constante: socavones en las vías. Aquí ya no hablamos de predicciones meteorológicas, sino de infraestructuras. Y aquí sí queremos explicaciones y soluciones.
Hemos entendido el país con un Govern que gobierna. Que toma decisiones, asume responsabilidades y también riesgos. Gobernar no consiste en esperar a que desaparezca cualquier incertidumbre antes de actuar. Eso, en una emergencia, simplemente no existe. Pero tampoco podemos convertir al Govern en el responsable absoluto de nuestra seguridad. La autoprotección es, en primer lugar, individual. Podemos exigir información, protocolos y servicios públicos eficientes, pero no podemos delegar completamente la prudencia en los políticos. Si llueve torrencialmente, no hace falta esperar un mensaje en el móvil para no cruzar una riera inundada. Si hay fuertes rachas de viento, no hace falta una orden del Govern para evitar determinados riesgos. Una sociedad madura también es aquella que sabe reaccionar sin esperar instrucciones para todo.
Debemos aprender a convivir con episodios meteorológicos más extremos sin convertir cada tormenta en una paralización general preventiva
Nos falta, probablemente, una cultura de las emergencias. Saber qué significa cada alerta, qué debemos hacer, qué no debemos hacer y qué riesgos corresponden a cada situación. Del mismo modo que hemos aprendido otras rutinas de seguridad, tendremos que aprender a convivir con estas. Esta cultura también permitiría reservar las medidas excepcionales para situaciones excepcionales. Una alerta debe generar atención, no indiferencia. Si abusamos de los avisos o no explicamos bien sus criterios, la herramienta más importante que tenemos puede acabar perdiendo eficacia.
Lo más cómodo es esperar a que pase el episodio y criticar al Govern si se ha excedido o si se ha quedado corto. Lo más responsable es construir un sistema que aprenda de cada emergencia, revise cada decisión y mejore los protocolos después de cada error. Podemos seguir bromeando con el plan EquivoCAT cuando el Govern se equivoque en otros ámbitos. Pero ante un clima que ya nos ha demostrado que puede provocar desastres, más valen diez alertas de más y ninguna desgracia que una alerta de menos y una desgracia. Y, sobre todo, aprender de cada error para que cada vez haya menos.
