El catalán debe servir para algo más que para hablar de sí mismo. El catalán da un acceso único y completo al mundo igual que cualquier otra lengua. No es necesario añadirle adjetivos, porque en general la necesidad de añadirlos bebe de los prejuicios que sobre el catalán han vertido los españoles. No es necesario que sea “fácil” ni “la lengua más bonita del mundo”. Basta con que sea la nuestra y que, sabiéndola nuestra, hagamos el ejercicio de entenderla desprendida de todos los significados con los que la preeminencia del castellano la ha ido llenando. En este sentido, hay dos fenómenos que, sin pretenderlo de entrada, ofrecen soluciones que no lo son, de soluciones, porque parten de una idea equivocada. O de un marco lingüístico sometido a la lengua castellana, consciente o inconscientemente. Me explico.
Entre las novedades televisivas de estos últimos días, cuento un programa sobre recién llegados que han aprendido catalán y una segunda temporada de un programa sobre catalanidad. Si queréis los nombres, leed los medios. De vez en cuando va bien salir de la cueva. El primer problema de fondo que detecto en este tipo de producciones es que refuerzan un marco autorreferencial que nos encierra en nosotros mismos. Me hacen pensar en aquello que dijo Quimi Portet en Col·lapse hace cosa de un año: “Hay gente muy valiente que hace una carrera de resistencia por la lengua, por la cultura y por el colectivo. Tienen que estar y son admirables. Pero también debe haber gente que esté más flipada. Y que creen una cultura que se pueda defender. Que no toda la cultura sea defender la propia cultura”.
Siempre me ha dado la sensación de que con una serie de buena calidad netamente en catalán se pueden despertar más hablantes potenciales que con un programa sobre el catalán mismo
Con ciertos programas de televisión, y con ciertas consignas, e incluso con ciertos libros, me pesa que pienso que a veces es más útil utilizar un catalán trabajado desacomplejadamente en un ámbito concreto que ir produciendo libros, o programas, o canciones sobre el catalán mismo. Que quizás vale más la pena mostrar en la práctica hasta qué punto el catalán es una lengua con todos los registros y que da acceso a todos los ámbitos que no hacer programas, y canciones, y libros en los que el mensaje explícito sea este. Quizás porque el contenido en catalán sobre el catalán al final acaba sirviendo sobremanera para reforzar el carácter militante de aquellos que ya se lo sienten suyo, pero sospecho que no hacen de bisagra para que aquellos que lo ven como algo ajeno puedan, a través de un programa, o de una canción, o de un libro, empezar a adquirir referentes de catalanidad en catalán. A veces, casi, de manera accidental. Siempre me ha dado la sensación de que con una serie de buena calidad —o de masas, que no es lo mismo— netamente en catalán se pueden despertar más hablantes potenciales que con un programa sobre el catalán mismo, porque en el primer caso se presenta la lengua con una utilidad probada.
El segundo problema de fondo es que de la catalanidad como voluntad de ser hemos sacado una noción de deber únicamente individual que no tiene consecuencias políticas, y por lo tanto no tiene consecuencias jurídicas que lo hagan una necesidad. A menudo, la reivindicación explícita que se hace del catalán en todos los ámbitos —audiovisual, musical, literario, cultural, a grandes rasgos— acaba exonerando indirectamente la castellanización de Catalunya que promueve el Estado español, así como la falta de una respuesta política y jurídica real por parte de los partidos catalanes. En último término, desescala la vocación de necesidad del catalán haciéndola solo voluntad. Esto convierte a los catalanohablantes en activistas, tanto en el ámbito público como en el privado; a los recién llegados que dan el paso de hablarlo, en gente con quien estamos en deuda y a quien, tratándolos con excepcionalidad, continuamos excluyendo de la comunidad; y a los catalanes, en gente que piensa la nación con el país de los ochenta en la cabeza, más que en actores políticos capaces de asumir que, sobre todo demográficamente, el escenario político ha cambiado mucho. El país del Digui, digui no es el nuestro.
De buenas intenciones, el infierno está lleno. Si cada vez que un político de los Comuns o del PSC dice que el catalán debe ser una lengua atractiva nos echamos las manos a la cabeza, pero todo lo que hacemos con vocación de ocupar un espacio mediático o cultural trabaja sobre esta idea, estamos formando parte de nuestra propia caricaturización. Además, estamos validando automáticamente el marco ideológico que dice que el catalán va de capa caída por cuestiones orgánicas y esenciales del propio catalán, o por una cuestión de carácter de los catalanes, y no por el genocidio lingüístico y cultural que promueve activamente el Estado español, a menudo usando la ola migratoria como arma arrojadiza. A los españoles que viven en Catalunya les encanta hablar del catalán como lengua impuesta en términos negativos, como si fuera un artificio ya obsoleto y la castellanidad, la naturalidad, porque saben que en el momento en que invertimos los esfuerzos en imponerlo de verdad en vez de en hacerlo atractivo, habrán perdido el combate. Si la intención es la de disputar espacio mediático o cultural a los referentes españoles y al castellano, pero de lo único que hablamos es de nosotros mismos, nos tratamos con la folklorización que hace la boca agua al PSC.