Hoy se cumplen cincuenta años y dos días que dura la memoria de Josep Carner, uno de los mejores catalanes que parió madre. Literariamente fue tan desconcertante, ambiguo, misterioso, como políticamente se comportó justo al contrario, quiero decir que fue tan claro como el agua, como el buen tiempo. Por este motivo, cuando le dijeron e insistieron que no valía la pena continuar viviendo en el exilio si, en definitiva, la dictadura no le reprochaba delitos de sangre, encontró aquella famosa salida según la cual “aunque no quedaran contra Franco más que una prostituta y un ladrón, yo estaría contra Franco!” Ni Josep Pla ni Salvador Espriu, siempre calculando, siempre retorciéndose aquellos dedos como sarmientos, supieron ser tan nítidos, ni nunca tuvieron un espíritu tan libre ni independiente, tan espontáneo como el príncipe de los poetas. Hoy, claro que sí, aún quedan detractores de Carner que no pueden con él, que se han acostumbrado tanto a los escritores paleolíticos que publican sermones para sentirse mejores personas que, por el camino, han acabado abandonando la alta exigencia de la literatura, del cine, de la ficción. La sagrada ley me parece que es ésta: no hables de lo que, de hecho, no sabes. Son los malos escritores de siempre que a la hora de verdad, a la hora de la política que tenga que ir más allá de las palabras, a la hora del compromiso público y cívico, son tan cobardes y tan equívocos, tan cínicos que incluso dan penita. “La primera institución republicana es la voluntad popular”, dejó dicho Carner también, que pasaba por conservador porque de joven había sido un católico sentimental al modo de Chesterton y un seguidor de Enric Prat de la Riba. Ciertamente supo vivir con plenitud, con pasión, el siglo veinte sin caer en la tentación del comunismo ni del fascismo, sin imaginar que la solución a nuestra compleja sociedad eran la destrucción y la guerra, el asesinato y las ideas falsamente innovadoras, las ideas de la muerte. Más que conservador, visto todo lo que tuvo que pasar, parece que fue prudente y resistente a la desesperación, un hombre que desconfiaba de las soluciones mágicas que no pasaran por la cultura, por la civilización. Para la completa libertad del espíritu. Por la creatividad, por la revolución moral interior, por la democracia a la inglesa. Por libre albedrío, individual.

Cuanto mayor se fue haciendo más le pesaba la vieja religión de sus padres, y se hizo tan agnóstico, tan ateo, tan insolente, tan partidario de sus propias convicciones e incertidumbres que algunos se asustaron. Marià Manent, por ejemplo, se asustó mucho, si tenemos que hacer caso del famoso prólogo al volumen en que Josep Carner vuelve a escribir de nuevo toda su poesía, en 1957, y se convierte en otro poeta diferente, nuevo, inquietante. La reencarnación de Carner no gustó nada porque era una poesía nueva, potente, mejorada. No le perdonaban que continuara tan vivo con setenta y tres años, que continuara escribiendo mejor que ningún otro, que continuara fastidiando como había hecho de joven, a la manera de Oscar Wilde. Carner ha molestado mucho porque ha sido imprevisible. Siempre pone en cuestión el lenguaje y lo que pensamos que sabemos del mundo. Se encara con el más difícil, con lo que no queremos saber, con una actitud desconfiada, escéptica, tierna e irónica. Como se dice en La importancia de llamarse Ernesto podemos decir que piensa que: “siempre que la gente habla del clima tengo la certeza de que se refieren a otra cosa”. Así como hay escritores que se hacen los listos y los importantes, a Carner, le encanta despistar, hacerse el intrascendente, hacer ver que todo lo que dice no tiene ninguna importancia, no tiene ningún sentido, no tiene ningún valor. En todo caso, si lo tiene, es lo que el lector debe encontrar. El valor de la lectura la dan sólo los lectores, y esto es así desde que el mundo es mundo.

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