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He visto las fotografías del abrazo del Papa y Pedro Sánchez, y parecen dos colosos aguantándose el uno al otro para no caer. Como se inclinan mucho hacia delante, incluso parecen un poco jorobados, como si les pesara la historia, especialmente los siglos XIX y XX. Yo no entiendo de teología, y supongo que la Iglesia ya habrá pensado en ello, pero Dios también existe y crece a través de nosotros, como un padre con un hijo, o un artista con su obra —aunque sea a otro nivel—. Si el hombre no participara de la Creación, si no fuera responsable, el mundo sería como un algoritmo o como aquella atracción de Disney que se llama It's a Small World.

Hay una escena de Breaking the Waves que me ha venido a la cabeza viendo el abrazo de Sánchez con el Papa. La protagonista empieza a rezar como una loca porque su marido está enfermo, y todo va de mal en peor, pero Dios no le dice nada. Finalmente, cuando Dios responde, ella le reprocha, angustiada: "¿Dónde estabas?". Y él le dice, con una ironía que me pareció genial: "No puedo atenderte solo a ti, que tengo mucho trabajo". La idea de que Dios no lo puede ocupar todo, porque si anulara al hombre, anularía su obra y se anularía a sí mismo, toca el tuétano de la Divina Comedia, por decirlo con el viejo Dante, y también de la Comedia humana, por decirlo como Balzac.

Los artistas saben mejor que nadie que el hombre no es un figurante de la Creación, sino un colaborador libre, peligroso, capaz de elevar o de rebajar la obra de Dios. Por eso Gaudí no hizo una iglesia como las demás, sino un templo nuevo, casi irreverente, pensado para renovar el catolicismo y la fe que los catalanes habían perdido persiguiendo los espejitos del oro americano y encajando las crueldades de la geopolítica. Gaudí pensaba que la Iglesia se condenaría o se salvaría en Catalunya, porque ningún pueblo de Europa estaba tan presionado y tan confundido por las locuras del mundo moderno.

Como ocurre ahora, la Catalunya de Gaudí se encontraba perdida en un mundo polarizado por poderes del sur que se aguantaban sobre la desesperación de los pobres y poderes del norte que se aguantaban sobre la avaricia de los ricos. El arquitecto intentó adaptarse a su sociedad. Pero al final se concentró en pasar por encima de su tiempo. A su alrededor solo veía pactos entre colosos descreídos que chupaban el alma de su gente. Fuera a causa del concordato entre el Vaticano e Isabel II para blindar la unidad de España, o del pacto entre la burguesía catalana y los Borbones para blindar la monarquía a cambio del mercado peninsular, cada intento de salvar el orden enredaba más la madeja.

La Sagrada Família es un intento de levantar una forma que no se aguante sobre ninguna mentira. Sale de la voluntad de religar a los catalanes con un símbolo internacional que no se pueda pervertir. Por eso, Gaudí aceptó que no acabaría nunca el templo, y por eso su obra ha sobrevivido a los incendiarios de la Guerra Civil, a la represión franquista y a la explotación turística potenciada por la hipocresía de la izquierda. Si la Sagrada Família ha llamado la atención de los japoneses —otro pueblo amenazado por la fuerza del espejismo americano—, es precisamente por la devoción a la pureza que traspira. Gaudí quería inspirar a los catalanes y llamar un poco la atención de Dios para que se ocupara de su país.

No hace falta explicar cómo acabaron los esfuerzos de Gaudí. Yo apenas estoy bautizado. En mi casa no querían saber nada de los curas, por el apoyo falsario que el Vaticano dio a Franco, y no hacían muchas diferencias entre las sotanas y los incendiarios de la FAI. Ha costado mucho volver a levantar la cabeza, recuperar la sensación de continuidad que hace posible la esperanza. La Sagrada Família siempre ha estado allí, dando calor, creciendo con las aportaciones anónimas del pueblo, mientras el catolicismo oficial perdía fuerza a medida que Europa se democratizaba. Solo hace falta viajar a Nápoles y Palermo para entender el desencanto y la miseria que los pactos geopolíticos entre Roma y Madrid han traído a nuestra parte del Mediterráneo.

El catalán es la lengua de la Sagrada Família porque los catalanes somos hijos de Dios como cualquier otro pueblo

Si el Papa bendice la Sagrada Família en castellano, no traicionará solo a Gaudí. Traicionará la función histórica y moral del propio templo. El catalán es la lengua de la Sagrada Família porque los catalanes somos hijos de Dios como cualquier otro pueblo, y porque Gaudí no levantó aquella obra para que acabase sirviendo de decorado a la misma mentira política y religiosa que había querido superar. Gaudí no fue detenido durante la dictadura de Primo de Rivera porque quisiera hacerse el héroe. Evitaba el castellano incluso cuando se dirigía al rey por el mismo amor al detalle y a las raíces que ha hecho posible la Sagrada Família.

Las mentiras de los partidos que administraron el 1 de Octubre y el cinismo de los que votaron el 155 se cargaron la democracia que tanto había costado crear. Por eso ahora el Papa va al Congreso de los Diputados a hacer el papelón, en un acto político sin precedentes. Con la Sagrada Família el riesgo es más profundo, porque no es político, es espiritual. Si el templo de Gaudí se bendice en castellano —la lengua que el Estado intenta imponer a Catalunya desde los tiempos de la Contrarreforma—, no será solo un insulto para los catalanes. Será una oportunidad histórica de reconciliación perdida. La propia Iglesia católica y el Gobierno de España se pondrán bajo la mirada divina que Gaudí quería invocar.

Quizás recordarán a los catalanes que las acciones tienen consecuencias y que Dios, de vez en cuando, nos mira e incluso nos necesita, aunque tenga mucho trabajo y no pueda venir a sacarnos las castañas del fuego.