Recordarán ustedes aquel chiste de Eugenio (o una fábula-cuento, como le gustaba decir) en el que un hombre cree que habla con una paloma que le dice “hola, maco” y acaba con los niños gritando “el papà està boig!”. Algo grave y peligroso se esparce por el aire cuando el padre, o el progenitor, presenta síntomas aunque sea de simple inestabilidad. El suelo tiembla y el cielo se oscurece. El miedo se apodera de los corazones y, muy pronto, de las mentes.
Durante décadas, el mundo ha funcionado (con todas sus injusticias) como una familia disfuncional pero previsible. El padre no siempre era justo, a menudo era autoritario, a veces violento, pero mantenía cierta coherencia. Ahora, sin embargo, la sensación es otra: el padre parece haber perdido la cabeza. Y no hablamos de un padre cualquiera, sino (“ladies and gentlemen”) de los inefables Estados Unidos de América.
Da miedo cuando una superpotencia muestra síntomas de desequilibrio. No tanto porque cometa errores (todas las potencias los han cometido), sino porque lo hace de manera errática, impulsiva, contradictoria, incluso casi semanal. El problema no es que el padre grite: es que hoy abraza, mañana amenaza, pasado mañana desaparece y al día siguiente vuelve con un arma cargada.
La política exterior estadounidense actual se parece demasiado a una sucesión de arrebatos emocionales. Un día proclama y reclama el Premio Nobel de la Paz, al siguiente secuestra a un presidente en Venezuela, luego llega a acuerdos con Putin o arremete contra la OTAN y se burla de las conversaciones privadas que mantiene con los líderes europeos. Condena invasiones en unos lugares mientras tolera (o impulsa) otras. Reclama lealtad a los aliados, pero los humilla públicamente. Predica estabilidad mientras exporta tensión.
El ejemplo de Ucrania es paradigmático. El apoyo militar y diplomático ha sido clave para frenar una agresión intolerable, pero el discurso fluctúa: de la defensa heroica de la soberanía a la tentación del cansancio, del “hasta el final” al “ya veremos” y al “después de Venezuela, miro hacia Groenlandia y Cuba”. Europa, como un hijo adolescente, observa al padre con una mezcla de dependencia y desconfianza, preguntándose si puede seguir confiando en él cuando el tono de voz cambia cada mes.
Tal vez el mundo haya llegado a la edad adulta y debería aprender a vivir sin un padre omnipresente. Pero la transición no está siendo ordenada ni madura
En Oriente Medio, el cuadro es aún más inquietante. Estados Unidos reclama moderación mientras entrega armas masivas, apela a la paz mientras bloquea resoluciones internacionales, exige respeto al derecho internacional mientras lo interpreta a conveniencia. El mensaje implícito es devastador: las normas existen, pero no son para todos.
La rivalidad con China tampoco ayuda a recuperar la calma. Por un lado, se habla de competencia estratégica; por otro, se calienta el lenguaje hasta límites que recuerdan a la Guerra Fría. Sanciones, vetos tecnológicos, retórica
beligerante sin llegar a las manos. El padre ya no educa: advierte, castiga, levanta muros. Y el comedor global se llena de un silencio tenso.
Lo más inquietante no es solo lo que hace Washington, sino cómo lo hace. Las decisiones parecen cada vez más condicionadas por la política interna, por los ciclos electorales, por la necesidad de satisfacer audiencias domésticas polarizadas. El mundo queda reducido a escenario secundario de un drama interior. Y cuando el padre actúa pensando solo en su propio espejo, los hijos pagan las consecuencias.
No se trata de un antiamericanismo fácil, porque quien escribe es más bien un admirador de Estados Unidos. Al contrario: da miedo precisamente porque Estados Unidos ha sido, con todas sus sombras, un eje de orden y de prosperidad. Cuando ese eje tambalea, cuando el liderazgo se vuelve imprevisible, el sistema internacional (y la democracia) entra en una fase de vértigo. El problema no es que el padre sea imperfecto. El problema es que parece desorientado.
Tal vez el mundo haya llegado a la edad adulta y debería aprender a vivir sin un padre omnipresente. Pero la transición no está siendo ordenada ni madura. Es brusca, caótica, llena de portazos. Y mientras el padre grita desde la cabecera de la mesa, nadie sabe muy bien quién pondrá la mesa mañana.
Y eso, en un mundo con armas nucleares, crisis climática y conflictos enquistados, no es solo inquietante. No debo de ser yo quien ha oído a la paloma decirme “hola, maco”. Creo que a día de hoy la oímos todos, y empieza a dar miedo de verdad.