El miércoles por la noche, en la Sagrada Família, el papa León debía pronunciar las siguientes palabras, en referencia a la basílica soñada por Antoni Gaudí: “signo de concordia y unidad para toda España”. Así estaba previsto y así constaba en el texto que la organización había distribuido entre los periodistas. Sin embargo, cuando el pontífice llegó a ese fragmento, obvió la cola de la frase y dijo, solo, que el templo es un “signo de concordia y unidad”. Nunca sabremos por qué estas cuatro palabras finales no hicieron el camino desde el papel hasta la boca de León XIV, pero yo tengo mi propia teoría. Dado que estaba en el texto definitivo entregado a los medios, la explicación más factible es que el propio Papa, allí mismo o unos instantes antes, considerase que no era oportuno hacer referencia alguna a la unidad de España dentro de la basílica. No solo era totalmente innecesario; también levantaría una polvareda y mancharía una ceremonia que fue brillante desde casi todos los puntos de vista. La única nota discordante, claro, fue el encapsulamiento y la expulsión de unos 600 cantantes que querían cantar, fuera de programa, “Els segadors”, exhibiendo algunas esteladas. Alguien tendrá que dar explicaciones sobre esta actuación policial inaudita y desproporcionada, más propia de tiempos pasados.
Durante su pequeño pero intenso periplo catalán, el Papa se ha sumergido en la cultura, la tradición, la historia y la cosmovisión catalanas. No solo ha ido a Montserrat y a la Sagrada Família, auténticos templos de nuestra identidad, sino que por todas partes ha escuchado “El Virolai”, ha visto castells y ha visto decenas de banderas catalanas y esteladas en los actos y en las calles. También, según me consta, algunas personas que han tenido la oportunidad de hablar con él le han hecho saber algunas cosas que han sucedido en este país en los últimos años. Hay que sumarle, por supuesto, que León XIV es un ciudadano estadounidense nacido en Illinois, sin prejuicios, que hizo de misionero en Perú, donde aprendió quechua. Por lo tanto, no tiene ninguna animadversión hacia la cosa catalana ni se ha dejado influir demasiado por determinados estamentos ultramontanos de la Conferencia Episcopal Española. Será interesante ver a qué arzobispo de Barcelona escoge el Papa en los próximos meses; los días del cardenal Omella al frente de la archidiócesis barcelonesa están contados porque ya debería haberse jubilado hace cinco años.
Todo el mundo ya sabe, sin ninguna sombra de duda, que Gaudí no solo era catalán, sino catalanista. Y que la Sagrada Família es mucho más que una basílica; es un símbolo nacional
Todo habría ido muy distinto si los catalanes no hubiéramos protestado cuando supimos que el Papa hablaría más en castellano que en catalán, y que utilizaría la lengua castellana durante la inauguración y bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Família. En los textos que debía pronunciar, había apelaciones a la unidad de España, como hemos sabido. Pero el país respondió a la manera de José María Aznar: “quien pueda hacer, que haga”. La mayoría nos quejamos en las redes sociales o en los medios de comunicación. Algunos obispos y personas con mayor capacidad de acceso al Vaticano también hicieron llegar su decepción. También lo hizo nuestro Govern, con mayor o menor firmeza. Y las organizaciones de la sociedad civil también hicieron su parte. Por eso, y no por ninguna otra razón, el Papa ha terminado hablando más catalán que castellano durante sus dos días catalanes. Tal y como algunos previmos, este viaje ha sido un éxito para el pontífice y para la Iglesia, pero también ha sido una victoria de país y un triunfo colectivo.
Sin embargo, no es ningún secreto que los catalanes no sabemos ganar. Estamos tan acostumbrados a perder que, cuando ganamos, a veces ni siquiera nos damos cuenta. Y la visita del Papa a Catalunya ha sido una victoria clara del país, de la lengua catalana y del catalanismo. Ha sido una victoria póstuma de Antoni Gaudí, también. Ha sido un soplo de orgullo nacional y cívico. Si nada hubiera cambiado, si no hubiéramos protestado, habríamos perdido por cinco a dos; pero al final hemos ganado por seis a cuatro. Es evidente que todos, yo el primero, habríamos querido ganar por diez a cero, pero hemos ganado igualmente y lo sabe todo el mundo. En todo el planeta, los diarios han destacado que el Papa ha hablado catalán y se ha acercado a la realidad catalana. Todo el mundo ya sabe, sin ninguna sombra de duda, que Gaudí no solo era catalán, sino catalanista. Y que la Sagrada Família es mucho más que una basílica; es un símbolo nacional, como lo son la torre Eiffel, la torre de Pisa o la estatua de la Libertad. No todos los países tienen uno. Por ejemplo, ¿cuál tiene España? Yo no lo sé. Hablando de España, determinada prensa y algunos opinadores de Madrid sacan espuma por la boca, lo que siempre es muy indicativo de su percepción de las cosas. Disfrutemos, pues, del éxito y celebrémoslo. Y, si de todo lo de estos dos días recogemos más frutos en el futuro, el éxito será absoluto. Quizás el Papa haya sembrado y nos tocará recoger, si somos lo bastante inteligentes.