Si estuviese en la sala de máquinas del Partido Popular, me preguntaría cuál es el mejor curso de acción en este momento como principal partido estatal. No estoy ni se me espera ahí, pero eso no impide analizar lo que pasa y cómo debería actuarse.
Lo primero sería separar la ansiedad de la estrategia. La ansiedad empuja a moverse y a producir un efecto inmediato; la estrategia pregunta qué movimiento acerca al objetivo y cuál, aun pareciendo brillante a corto plazo, fortalece al adversario. Si el objetivo del PP es gobernar sin depender de la extrema derecha, la pregunta central no es cómo desgastar más a Pedro Sánchez —esa tarea ya la hace el propio Gobierno—, sino cómo convertir ese desgaste en una alternativa amplia, transversal y creíble, capaz de permitir una mayoría estable, aunque seguramente no absoluta.
La tentación de una moción de censura es comprensible —escándalos, fatiga, sensación de final de ciclo—, pero la mejor jugada no es la que más ruido hace, sino la que obliga al adversario a consumir sus fuerzas mientras uno prepara la posición decisiva. Una moción hoy, seguramente, está condenada al fracaso, y fallar reforzaría al Gobierno. Sánchez tiene una habilidad singular para convertir cada ataque en oportunidad narrativa y cada derrota parlamentaria en resistencia frente a una derecha que, según su relato, nunca aceptó la legitimidad del “Gobierno más progresista de la historia”. Se le ofrecería en bandeja el papel del dirigente asediado, justo el marco épico que necesita.
Su problema no es que le falten adversarios, sino que le falta proyecto. Necesita ordenar el caos, recomponer a los suyos y replantear la política como batalla existencial entre progreso y reacción. Una moción fallida sería suministrar adrenalina al paciente cuando la lógica aconseja dejar que la enfermedad siga su curso: cada semana, cada nuevo caso de corrupción —y vendrán más—, cada contradicción y cada grieta en la coalición lo desgastan de manera natural. Precipitar un acto que le permita recolocarse sería difícilmente defendible.
Eso no significa renunciar a la iniciativa, sino concentrarla donde produzca efectos reales. El primer terreno fértil es Andalucía: un laboratorio estratégico estatal donde se juega la posibilidad de demostrar que el PP puede construir mayorías propias, gobernar desde la moderación y reducir la utilidad política de Vox.
Las urnas dejaron a Juanma Moreno a dos escaños de la mayoría absoluta y las encuestas dicen que una mayoría absoluta de andaluces querría un gobierno en solitario. La lectura cortoplacista invitaría a buscar el apoyo de Vox; la estratégica, si el objetivo es una alternativa autónoma de la extrema derecha, lleva a otra, consistente en no aceptar el atajo y forzar una repetición electoral. La política, pensada en ciclos y no en momentos, exige riesgos calculados. En unas segundas elecciones, Moreno acudiría con un argumento difícil de combatir: pidió mayoría para gobernar en solitario, no la obtuvo por poco, no quiso depender de Vox y vuelve a pedirla para mantener una línea moderada, autónoma y sin servidumbres.
El votante moderado lo entendería. Y una parte del electorado de centroizquierda —desencantado con el sanchismo, abrumado por la caída a los infiernos de Zapatero y sin referente socialista sólido en Andalucía— podría encontrar ahí un puerto temporal; no por conversión ideológica, sino por ver en Moreno una opción de estabilidad frente a un PSOE en descomposición y un Vox innecesario. El PP no necesita convertirse en otra cosa para atraer ese voto huérfano: necesita parecer capaz de gobernar sin depender de quienes producen rechazo en el centro y viven de la confrontación, pero no de la construcción de un proyecto real. Ese voto no busca adhesión emocional al PP, sino garantía de normalidad.
Una mayoría absoluta del PP en Andalucía, sin Vox, marcaría además el techo de la extrema derecha. Vox necesita al PP para mantener relevancia institucional, pues su fuerza reside menos en sus votos que en su capacidad de condicionar gobiernos. Si el PP demuestra que puede gobernar solo y con solvencia, muchos votantes concluirían que Vox ya no es imprescindible. El distanciamiento no requiere grandes discursos, puede hacerse con hechos. Gobernar solo en Andalucía, tras rechazar la dependencia, sería un mensaje estatal más potente que cualquier declaración: que el PP puede ser mayoría sin asumir la agenda del extremo y que existe alternativa a la política de bloques cerrados que ha asfixiado la vida pública.
Andalucía no es solo una batalla autonómica, sino la prueba general de una estrategia estatal. Si el PP demuestra allí que puede gobernar sin Vox, podrá empezar a construir, en el conjunto del Estado, una mayoría menos dependiente del bloque de la derecha extrema.
El segundo elemento es el valor del tiempo: en política es un recurso. Sánchez, en su proyecto personalista, no tiene incentivos para convocar elecciones inmediatas, por lo que intentará resistir. Queda legislatura por delante, quizá más de un año. Usado para insistir en una moción imposible, será tiempo perdido; usado para preparar una alternativa amplia, será tiempo ganado.
Esa preparación debería tener tres tareas: consolidar el espacio propio en el centro, demostrar autonomía respecto de Vox y reconstruir, paciente y profesionalmente, las relaciones con los actores independentistas decisivos en una futura investidura. La geometría política estatal hace muy difícil que el PP alcance la mayoría absoluta en solitario. Puede ganar las elecciones —ya lo hizo en 2023— y aun así no poder gobernar, si queda atrapado en una suma insuficiente con Vox. La cuestión no es solo ganar, es poder gobernar.
No se trata de coaliciones estables ni de compartir programa con fuerzas independentistas, sino de crear condiciones para una investidura: un voto favorable o una abstención que abra la puerta a una mayoría simple. Esa posibilidad no se improvisa, se trabaja antes. Aznar lo entendió y también distintos gobiernos socialistas sin mayoría absoluta. La política española ha funcionado muchas veces sobre la base de acuerdos con fuerzas nacionalistas. Eso no es renunciar a las propias posiciones, sino reconocer la realidad plural del Estado. La política útil no niega la aritmética, la convierte en gobernabilidad.
Si el PP trata a Junts y al PNV como enemigos, solo le quedará Vox
Si el PP trata a Junts y al PNV como enemigos, solo le quedará Vox. Si se desacompleja y los acepta como interlocutores parlamentarios, pese a las profundas discrepancias, se abre un espacio distinto, que no cómodo, pero políticamente fértil. La clave es ofrecer garantías, respeto institucional y una agenda negociable que no obligue a renunciar a lo esencial.
En todo caso, esa reconstrucción no puede hacerse como si nada hubiese ocurrido. Si el PP quiere cicatrizar heridas, debe entender que se parte de un terreno devastado por años de negación y de lectura exclusivamente penal del conflicto catalán. Después del 1 de octubre de 2017, optaron por tratar al independentismo no como adversario político con base social real, sino como anomalía a reprimir, aislar o derrotar judicialmente. A ello se suma la ley de amnistía, concebida para cerrar la persecución penal y devolver el conflicto al terreno político, que sigue sin desplegar todos sus efectos por su inaplicación o bloqueo desde determinados órganos judiciales. Cualquier recomienzo exigirá garantías de que no se pretende prometer diálogo mientras se mantiene intacta la lógica de la excepción y la judicialización permanente.
Abrir una etapa nueva exigiría un mensaje distinto: no de adhesión al independentismo ni de renuncia a los respectivos proyectos, sino de reconocimiento de que los conflictos políticos no se resuelven por la vía penal, de que Catalunya no puede ser tratada como problema de orden público y de que cualquier mayoría estable debe asumir la pluralidad nacional de la actual configuración estatal como realidad, no como concesión vergonzante. Reconocer la naturaleza política del conflicto no equivale a aceptar la solución independentista. Equivale, simplemente, a admitir que un problema político no desaparece por ser trasladado a los tribunales. Recomenzar no significa olvidar, sino recordar lo suficiente para no repetir los mismos errores.
Aquí aparece la pregunta central: ¿quiere el PP gobernar con independencia de la extrema derecha o condicionado por ella? Gobernar con Vox cierra la puerta al centro, rigidiza la política, dificulta los acuerdos territoriales y convierte al PP en rehén de una fuerza, cuya utilidad consiste precisamente en condicionar. El PSOE paga hoy el precio de haber buscado su supervivencia en los extremos y de haber abandonado el centro; sería paradójico que el PP cometiera el mismo error en sentido inverso. Las mayorías sólidas se construyen desde el centro, dado que los extremos movilizan, pero rara vez ensanchan, y, sin ensanchar, se puede ganar, pero no siempre gobernar.
La gran oportunidad del PP está, sobre todo, en los errores ajenos: corrupción del PSOE, proyecto personalista, Gobierno sin rumbo y agotamiento ciudadano por la confrontación permanente. Pero esa alternativa no puede limitarse a negar a Sánchez, tiene que ofrecer estabilidad, moderación, gestión solvente y una idea reconocible de proyecto político. Si el PP se deja arrastrar por la urgencia o por el abrazo identitario de Vox, desperdiciará la mejor oportunidad estratégica en años. Si administra el tiempo, consolida Andalucía como ejemplo de autonomía, reconstruye puentes con el independentismo y se presenta como fuerza capaz de gobernar sin extremismos, puede convertir el desmoronamiento del sanchismo en una mayoría de cambio real.
Desde fuera, la conclusión parece clara. Al PP no le conviene precipitarse ni regalar a Sánchez una moción fallida, ni quedar atrapado en la dependencia de Vox, ni abandonar el centro cuando empieza a quedar disponible, ni descubrir, tras ganar unas generales, que no tiene con quién construir una investidura fiable.
La paciencia, en política, no es pasividad, es una forma superior de iniciativa. Consiste en saber cuándo no moverse para moverse mejor después; en permitir que el adversario se desgaste sin ofrecerle una tabla de salvación narrativa; en preparar las condiciones de la victoria antes de proclamarla. Y, sobre todo, en entender que gobernar no es solo sumar escaños, sino construir legitimidad para ejercer el poder sin quedar preso de quienes pueden hacerlo inviable.
Construir el futuro exige dejar atrás los miedos del presente y saber qué Estado se quiere y, también, qué país quiere cada actor, con quién y a qué precio. Si yo estuviese en la sala de máquinas del PP, empezaría por ahí, por decidir si quiere ser una alternativa de gobierno o solo una alternativa de bloque. Porque no es lo mismo. Y, en el estado actual de la política estatal, esa diferencia puede decidirlo todo.
