Lo más interesante en Hungría es lo que ha ocurrido alrededor de los candidatos. Péter Magyar ha agrupado todo el voto en una mayoría de distintas fuerzas políticas a su favor. El hijo político de Fidesz ha arrasado en un referéndum entre autocracia o democracia. Un movimiento de base ideológica amplio que, con todas las diferencias, se ha dado ya en la segunda vuelta de las elecciones francesas para evitar a Marine Le Pen. La caída de Orbán es también la derrota de su entorno de aliados y la esperanza de un péndulo que puede empezar a caer. “Si Viktor Orbán puede perder, entonces sus admiradores rusos y estadounidenses también pueden perder”, sentencia Anne Applebaum. Hay muchas claves internas que explican el desmoronamiento de Viktor Orbán: la corrupción rampante; un sistema judicial y de medios bajo control, ineficaz para bloquear el cambio; el derrumbamiento económico, y la falta de expectativas de futuro bajo el régimen de Fidesz.

Aun con todo, el mayor impacto es global. El posible desbloqueo de una UE que vuelve a europeizarse en su momento de mayor debilidad. Un presidente húngaro que, como Donald Tusk en Polonia, gana imponiendo el cerco a la ultraderecha y aislará a los Patriots en el Consejo Europeo. Y el fin de la correa de transmisión del trumpismo en Europa. En cada manguerazo de queroseno al polvorín de Ormuz de Trump o en su guerra cultural contra los burócratas de Bruselas —en palabras de JD Vance en la campaña húngara—, Trump se queda solo con Israel mientras el resto de aliados miran con lupa y recelo cada paso e intento de acercamiento. Sin Orbán, a Trump solo le queda Putin.

La victoria de Magyar se ha celebrado sin fisuras. Salvo las de Vox y la incapacidad del PP para elevarse en la agenda internacional. En el aterrizaje nacional, Santiago Abascal pierde a su financiador, a su padrino, a su héroe y único anclaje europeo. Poco desgaste ha tenido para Abascal abandonar a Giorgia Meloni por Orbán. Ahora, solos en Europa y con un puñado de acuerdos autonómicos de gobierno, Vox camina hacia las generales más como un activo tóxico que un partido transversal que ascendía sin techo. El momentum se ha roto antes del icónico 20%.

Tuvo un frenazo en Castilla y León. El 18% es una base fuerte, tanto como el apoyo en Extremadura y Aragón, pero por debajo sus expectativas en una comunidad donde tenía todo a favor. Lo más interesante puede ocurrir en Andalucía. Las encuestas le dan un 15%. Si queda por debajo, se consolidará la tendencia a la baja. Los síntomas de desgaste son muchos y acaban de empezar. Una avalancha de críticos y fundadores del partido acusan al partido de financiación opaca, de ser un chiringuito familiar, una timba de cuatro que se lo llevan crudo. Federico Jiménez Losantos, el creador del mote de los bebelegías, ya ha sentenciado una guerra civil de difícil solución. 

Ni España es una autocracia ni Sánchez es el Orbán del sur

Feijóo tendrá que agarrarse a la victoria andaluza mientras las encuestas en medios conservadores le siguen mordiendo escaños. No capitaliza la caída de Vox, tampoco la agenda judicial que mancha al PSOE, ni es capaz de encajar un posicionamiento sólido en una actualidad marcada por lo internacional donde Sánchez se mueve con soltura. Titubeó y corrigió su postura en Venezuela tras la salida de Maduro. Rectificó como pudo el “No a la guerra y no a Sánchez”. Y por no molestar a Israel, acaban haciendo el ridículo arropando las palabras de su portavoz Ester Muñoz comparando la detención del casco azul en el Líbano con controles de tráfico que supuestamente ha sufrido. En esta ocasión, gana su homólogo en Hungría y la primera celebración del PP es una traducción chusquera del debate nacional. Ni España es una autocracia ni Sánchez es el Orbán del sur. Tampoco debería ser la próxima victoria del PP, como aventura Feijóo, saltándose a sus colegas de Chipre y Noruega. Y luego está el lazo, ese que María Guardiola dice que falta para cerrar el acuerdo de gobierno con Vox en Extremadura. Después vendrán Aragón y Castilla y León. Y vuelta a la mayor contracción del PP. Reconocer a un Orbán como un iliberal y ser el único partido conservador europeo que defiende sin matices un pacto orgánico de coalición con la ultraderecha. Ni ganando, consigue ganar.