En casa miramos con mucho interés la gala de la Noche de las Letras Catalanas, transformación de la antigua Noche de Santa Lucía con la cual Òmnium y el Institut d’Estudis Catalans han pretendido organizar una orgía televisada de premios para excitar el monedero de la tribu de cara a la ingesta de Sant Jordi. En cuanto a la superficie del invento en cuestión, la nueva efeméride certifica que los catalanes —de organizar galas— no tenemos ni la más reputa idea. Servidor añadiría que el hecho es toda una suerte, pues esto de montar fastos solo lo dominan los pueblos grandilocuentes y un poco chabacanos de estética (lo certifican nuestros adorables enemigos y también los americanos). Dicho esto, el tinglado fue bastante bien como para recordar que la Sala Oval del Menac resulta un lugar tan suntuoso como de imposible sonorización y también para patentizar que —con la Llacha jubilada— el lagrimal nacional es patrimonio de las cancioncitas de Ginestà.

En estas condiciones bastante difíciles, y dada la incoherencia de transformar una gala literaria en una versión de los Goya (pero con la gente todavía peor vestida), hay que agradecer la labor de sus tres presentadores a la hora de intentar salvar un poco los muebles. Elisenda Pineda importa un bledo lo que haga, pues su correctísima pronunciación de nuestra fonética le debería regalar inmunidad parlamentaria de por vida. Graset tiró de oficio y continúa fingiendo que lee con mucha gracia (Xavier, muy a favort de cascarse un versito cuando sea oportuno, pero ten la bondad de decir el heptasílabo de Carner como Dios manda o te enviaremos los tanques a casa). Alba Riera convirtió su pequeño espacio (¡esto de La Illa de les lletres me gustó; si alguna vez hago un pódcast de libros le pondré un título parecido, reina!) en una réplica del plató de La Turra con preguntas gozosamente inframentales, bien llenas de castellanismos.

Esto de nuestra literatura siempre debe incluir un cierto lloro rabioso por el estado de la lengua y de la nación. En este sentido, celebro que —entre tantos discursos sobre el belicismo y la sordidez del mundo— nuestro gran Ramon Monton (que ha versionado Joseph und seine Brüder del pesado de Mann para que cuatro chalados podamos leérnoslo en catalán; ya voy por el tercer volumen, Ramon; ¡muy buen trabajo!) tuviera la bondad de recordar que, de entre los peores totalitarismos que vemos en el mundo, está el de los españoles con nuestra gente. También lo recordó un literato fantástico como es Carles Rebassa, que tuvo la gracia de equiparar la voluntad de exterminarnos del enemigo con la traición de los virreyes nuestros y de los botiflers procesistas. Todo esto está de puta madre, queridísimos colegas; pero vuestro discurso ganaría en solidez y peso moral cuando no aceptéis galardones de los colaboracionistas del club de Òmnium.

No hace falta ser un genio del análisis editorial para ver cómo esta Nit de la literatura y la política cultural de nuestro Gobierno bilingüe continúan solidificando el oligopolio editorial de Penguin Random House, el Grupo 62 y Abacus

Pero todo esto, decía antes, forma parte del universo de la piel y muy a menudo (en esto no compro la ética planiana) la verdad se encuentra en la osamenta sistémica que descansa bajo las apariencias. Porque no hace falta ser un genio del análisis editorial para ver cómo esta Nit de la literatura y la política cultural de nuestro Gobierno bilingüe continúan solidificando el oligopolio editorial de Penguin Random House, el Grupo 62 (comandado por Planeta) y el nuevo prota de este trifásico, también engrasado por los socialistas; hablo de una cooperativa (sic) llamada Abacus que, en caso de recibir más millones de euros de la cosa pública, conseguirá que a Oriol Soler y a Roures les vuelva a crecer la cabellera. Si nadie reacciona, dicho conglomerado se cargará el sistema de editoriales independientes, auténtico motor de nuestro renacimiento literario (fijaos por ejemplo cómo el galardón al autor novel es un ataque directo a Documenta, publicado por L’Altra).

Entiendo que el lector pueda sentirse confuso ante estas enmiendas, porque en Catalunya a menudo prestamos más atención a la brillantina de una celebración televisada que a la mierdecita que se esconde bajo la alfombra y, aparte de eso, nos faltan periodistas culturales para quienes el trabajo vaya más allá de hacerse selfies en la Sala Oval. Pero ya sabéis que en casa nos gusta certificar el cinismo que descansa bajo nuestros encuentros de tres al cuarto, sobre todo cuando estos quieren hacerse pasar por una celebración encendida de la propia letra, protagonizada —en este caso— por una organización que, ante el Supremo, siempre declara en español y que, terminada la lucha emancipadora, acostumbra a irse a reposar a Suiza o a vivir muy feliz mientras se engordan los imperios de las editoriales españolas. Dicho esto, una última recomendación; si queréis leer la novela del año, devorad los Escenaris de Sala.

Felicidades a todos los premiados y perdonen las molestias.