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Yo también he pasado veranos sin vacaciones. Cuidando a mi abuela. Abortando. Pariendo. Aprovechando agosto para pintar la casa, hacer mudanzas, vaciar armarios o intentar poner un poco de orden en una vida que, precisamente durante ese mes, parecía tener aún menos orden que de costumbre. Intentando trabajar en agosto —sin mucho éxito—, porque parece que durante quince días nadie quiera comprar nada, contratar nada ni contestar ningún correo. O haciendo de sirvienta, conviviendo con la familia de mi ex y soñando con volver a trabajar porque, paradójicamente, trabajar me parecía, en comparación, descansar.

También he intentado no gastar dinero en vacaciones y, al final, me he acabado gastando más dinero haciendo cualquier cosa en Barcelona para tener la sensación de que yo también estaba haciendo algo. Porque el verano es muy largo cuando no te marchas. Y es verdad que, con la edad, quizás te gusta menos. El calor, especialmente para la gente mayor, puede llegar a ser insoportable. Y existe esa sensación extraña de que todo el mundo se lo está pasando bien menos tú. Que la ciudad se ha quedado vacía. Que todos están en viajes alucinantes. Que todo el mundo tiene una segunda residencia, un amigo con piscina, una casa en el pueblo o alguien que les espera con una copa de vino en la mano frente al mar. Y, sobre todo, las redes sociales como el escaparate permanente de vidas felices en las que parece que nadie tenga una factura pendiente, una discusión de pareja, una nevera que limpiar o un domingo por la tarde preguntándose qué narices está haciendo con su vida.

Antes también nos pasaba. Lo veíamos en las revistas, con las celebrities fotografiadas en mansiones, yates y playas imposibles. Pero existía una distancia y no lo llevábamos siempre en el bolsillo. La vida de los famosos era tan lejana que, de algún modo, sabíamos que era otro mundo. Con los influencers ha ocurrido algo distinto. Nos los vendieron como gente como nosotros. Personas normales que, de repente, tenían una vida extraordinaria. Y quizás por eso nos comparamos más. Al final, todo se basa en algo tan sencillo y tan poderoso: dónde pones tu atención. Incluso cuando es para criticar. Porque hay gente que dice que no soporta a los influencers y, sin embargo, parece que no pueda dejar de mirarlos. Una especie de adicción disfrazada de superioridad moral. Y no, no todos los influencers son creadores de contenido, ni todos los creadores de contenido son influencers. Pero esa es otra guerra.

Es mucho más fácil tirar la piedra cuando no hay que dar la cara

La que hoy me interesa es la de los haters. La gente que te critica habitualmente en X y, cuando vas a su perfil, no hay foto, ni nombre real, ni casi nada que te permita saber quién está detrás. Cuesta mucho más insultar cuando tienes una cara delante. Es mucho más fácil tirar la piedra cuando no hay que dar la cara. El otro día tuve la oportunidad de ver el perfil de persona amargada que puede estar detrás de uno de estos comentarios. Quizás era porque era agosto y estaba en Barcelona. Quizás porque se había pasado toda la comida sin hablar con su pareja. Quizás porque había salido de casa ya enfadado con el mundo. O quizás porque hay personas que necesitan encontrar a alguien más a quien hacer sentir peor para soportar un poco mejor cómo se sienten ellas mismas. Gente que te da lecciones morales antes de salir a fumar. Gente que entra en internet solo para ver dónde puede dejar su deposición. Y lo más curioso es que a menudo el blanco perfecto es alguien que sabe que probablemente no contestará. Y muchas veces, una mujer. Una mujer que pedirá perdón antes de saber exactamente qué ha hecho mal. Que intentará entender al otro. Que mirará hacia otro lado porque no quiere entrar en conflictos. Que intentará aguantarse las lágrimas hasta llegar al lavabo. Porque detrás de muchos ataques no hay tanto una opinión como una voluntad de impactar. De encontrar el punto débil. De analizar quién es más sensible del grupo y pulsar exactamente allí donde más dolerá. Una forma de violencia psicológica de baja intensidad pero de alta reiteración. Como si hacer daño a los demás fuera un modo de rebajar el malestar propio. La técnica más antigua del mundo para sentirse un poco mejor: si yo estoy jodido, intento joder a alguien más. En teoría, la cadena de castigos baja el cortisol. Pero es, sin duda, una estrategia bastante primitiva de conseguirlo.

Me hace mucha gracia cuando alguien me dice que no me soporta sin tener que soportarme. Es una frase que me parece surrealista. El verdadero poder de un hater es lograr que pienses en él más de lo que él piensa en ti. Por eso he aprendido que no todo merece respuesta. Que no todo comentario merece una explicación. Confucio decía: "No te preocupes si no gustas a la gente; preocúpate si a ti no te gusta la gente". O la frase "Lo que dice Juan de Pedro dice más de Juan que de Pedro". Porque hay algo que he aprendido tanto en la vida como en el trabajo: la manera como tratamos a los demás dice mucho más de nosotros que de ellos. Lo ves en un negocio, en una reunión o en una conversación familiar. Quizás la diferencia no sea lo que decimos, sino desde dónde lo decimos. Y quizás mientras algunos estamos intentando descansar, trabajar, criar, sobrevivir al calor o, simplemente, llegar enteros al principio de curso, hay quien está haciendo vacaciones de otra forma. Hacer hate también es un modo de ocupar el verano. Yo prefiero una terraza, una copa de vino y un poco de silencio. Y, si puede ser, sin internet.